[Meditationes de prima philosophia]. Obra del pensador francés René Descartes (1596-1650), escrita en latín, entre 1628 y 1629, publicada en 1641, traducida después al francés en 1647. Es la exposición más amplia y compleja de su doctrina — cuyos principios habían sido ya expuestos en el Discurso del Método (v.) —, dedicada a la Facultad de Teología de la Universidad de París, de la que esperaba recibir la aprobación oficial para su filosofía.
Ya en su primera edición latina, va seguida ,de siete grupos de objeciones dirigidas a sus teorías por teólogos y filósofos de varias tendencias, con las respuestas del autor. En las dos primeras meditaciones, la «duda metódica» es adoptada para hacer «tabla rasa» de todos los conceptos a los que hasta entonces se había adherido, como preliminar para una reconstrucción sobre la base intuitiva del dato inmediato de la conciencia: «cogito, ergo sum». Soy una substancia pensante, inmaterial, y este conocimiento es la idea clara y distinta inalterable, independiente de la sensible; es más, los cuerpos mismos no son en realidad conocidos con los sentidos ni con la imaginación, sino sólo con la inteligencia. A la certidumbre de la existencia real de los objetos exteriores fuera del yo, sólo se llega mediante la demostración de la existencia de Dios; porque las ideas de los cuerpos exteriores y las de las matemáticas no nos garantizan la existencia de sus objetos, sino sólo del Yo que los piensa; es menester, pues, invocar el argumento de la veracidad de Dios, quien produce en nosotros esas ideas.
Pero ante todo debo indagar si hay un Dios, y si es veraz. La premisa necesaria para la investigación es que la perfección «objetiva» de las ideas debe tener su causa en una realidad de no menor perfección «formal». De la idea que tengo del Ser perfectísimo debo asignar una causa de correspondiente perfección, esto es, Dios (argumento ideológico); mi existencia no puede depender sino de la misma causa perfectísima que ha puesto en mí la idea de Dios y de las infinitas perfecciones que me faltan (argumento cosmológico). La idea de Dios es innata; y no podría tenerla en mí si Dios, de quien tengo idea, no existiese verdaderamente (Meditación tercera). Dios no puede engañar, porque el engaño procede de alguna privación. En nosotros el error es puramente negativo; esto es, no procede de lo que hay en nosotros de real, sino de defecto de la voluntad, que contribuye al conocimiento en el juicio, y por ser más extenso que el intelecto puede dar su asentimiento hasta a lo que no es claramente conocido. No siendo privación querida por Dios, sino acto libre de nuestra voluntad, el error puede ser evitado siempre (Meditación cuarta). La tercera prueba de la existencia de Dios es el argumento ontológico. A la esencia de Dios, que es el ser provisto de todas las perfecciones, no puede faltarle la existencia, que es una perfección; luego Dios existe. En el concepto de los demás objetos, en cambio, no está comprendida la existencia como propiedad necesaria (Meditación quinta). En la Meditación sexta el autor pasa al problema de la existencia de las cosas naturales.
Alcanzada ahora la certidumbre de la existencia del espíritu, como realmente distinto de toda posible realidad corpórea, se puede examinar de dónde derivan todas las impresiones y facultades que parecen requerir la existencia de los cuerpos. La sensación, en la que estamos pasivos, nos atestigua la existencia de nuestro cuerpo y de lo que percibimos fuera de nosotros. Nuestra naturaleza resulta, pues, de la unión del alma con el cuerpo; de donde proceden las inclinaciones y tendencias que nos enseñan lo que es dañoso para el cuerpo, y los errores de los sentidos, que a veces nos hacen desear cosas dañosas, dependen de nuestro juicio apresurado, y del funcionamiento de nuestros nervios, que transmiten sensaciones particulares locales. Pero este funcionamiento, sirviendo para localizar las sensaciones, es fundamentalmente bueno, y el testimonio de los sentidos merece ordinariamente confianza. Si bien el resultado de la unión del espíritu con el cuerpo es fuente de errores, la naturaleza humana está, sin embargo, organizada de manera que provee, por lo regular, a nuestro bien, y la falta de coherencia propia de nuestra experiencia normal es lo que nos hace distinguir el sueño de la vigilia. Las objeciones de carácter general o particular, hechas a las Meditaciones, comenzaron ya viviendo Descartes; las de Johan de Kater, del Padre Mersenne, de un «célebre filósofo inglés» (Thomas Hobbes), de Antoine Arnauld, de Pierre Gassendi y de otros.
Si en Dios la existencia está conexa intrínsecamente con la esencia, ¿cómo es posible probar la primera no pudiendo nosotros conocer la segunda?; y ¿cómo tener de Dios, ser infinito, aquella «idea clara y distinta», para Descartes condición necesaria para admitir la verdad de una idea? ¿No es un círculo vicioso admitir que cualquier idea clara y distinta es verdadera porque Dios, que la produce en nosotros, es veraz, y admitir por otra parte que existe un Dios verdadero porque tenemos de él una idea clara y distinta? Y la «claridad y la distinción» de una representación o percepción, ¿puede tal vez garantizar la verdad de un juicio fundado sobre ella? ¿No es toda la historia de los errores una prueba en contrario? También se desaprueba en Descartes haber admitido la existencia en nosotros de «ideas innatas», explicando después (respuesta a Hobbes) que en sentido propio sólo la facultad de producirlas es innata, formándose ellas necesariamente en el espíritu de cada hombre. Otro punto de los más discutibles y discutido es su concepto dualista de alma y cuerpo, substancias separadas y que se excluyen mutuamente, y con todo reunidas y compenetradas en el hombre y sólo en el hombre (los animales para él son máquinas) y actuando una sobre otra de manera tan evidente como inexplicable.
La desvaloración que en el racionalismo de Descartes se hace de todas las categorías de las actividades del espíritu no reducibles a ideas claras y distintas (el arte, la historia, el instinto, la intuición) había de provocar más tarde la reacción romántica. La filosofía cartesiana de las Meditaciones está expuesta — a diferencia del Método, autobiográfico — en forma asertoria y filosófico- sistemática; y su influencia fue grande no sólo por el nuevo criterio de verdad y por haber puesto la razón en el centro de la intuición de la vida humana, contra las pretensiones de la autoridad exterior de las tradiciones y de la costumbre, sino sobre todo por los problemas que suscitó, sin resolverlos, constituyendo una levadura que había de fermentar en el pensamiento posterior, ya de sus seguidores, ya de sus adversarios: Malebranche, Spinoza, Leibniz, Locke, Berkeley, Hume, hasta la conciliación del intelectualismo y el empirismo operado por Kant. Este libro es considerado por muchos como el inicio del período moderno de la filosofía.
G. Pioli
Yo no puedo perdonar a Descartes; de buena gana hubiera querido, en toda su filosofía, poder prescindir de Dios; pero no pudo menos de hacerle dar un papirotazo al mundo para ponerlo en movimiento; después de esto ya no sabe qué hacer de Dios. (Pascal)
Descartes es una prueba de que el hombre puede ser un gran matemático sin ser por ello un buen filósofo. (F. Schlegel)

