Marco Bruto, Francisco de Quevedo y Villegas

Obra política de Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), es­crita ocho años antes de su encarcelamien­to (1639) por un memorial contra el duque de Olivares, y publicada en Madrid en 1644. La idea de la obra pudo sugerírsela a Quevedo el Rómulo, del marqués de Malvezzi, que aquél tradujo al español en 1631, pero el ejemplo directo debieron ser en realidad los Discursos sobre la primera dé­cada (v.) de Maquiavelo, autor que, con­denado por la Curia romana, no era lícito citar siquiera por entonces.

La obra co­mienza con un «Juicio que de Marco Bru­to hicieron los autores en sus obras», es decir, que refiere algunos testimonios de autores clásicos (Séneca, Cicerón, Tácito, Dante) sobre la figura de Bruto. Sigue la descripción de una medalla de Bruto y una advertencia al lector, en la que declara no escribir una historia, sino un «discurso con tres muertes en una vida, que a quien sepa leer le proporcionarán muchas vidas en una muerte». Traduce luego el texto de Plutar­co de las Vidas paralelas (v.), haciendo se­guir a cada párrafo un discurso eticopolítico que comenta las figuras y los acontecimien­tos e ilustra asimismo las circunstancias históricas con la ayuda de otros autores clásicos. El comentario no propone una nue­va interpretación del arte político y asume una función esencialmente moralizadora dentro de los límites de la declaración aca­démica. Crítico costumbrista y analizador de los hechos morales, Quevedo, como en todas sus restantes obras, halla su morda­cidad en la interpretación despechada y sarcástica de los hombres y de sus actos.

Las dos figuras de César y Bruto, dentro de la tendencia a moralizar de los estoicos, son individualizadas con la agudeza del po­lítico, el primero como el «tirano que tiene algo bueno en que se disculpe y se des­figure»; el otro, como el «celoso que tiene algo malo en que se pierde»; es decir, Cé­sar como el hombre de acción, que del obrar deduce la propia norma moral, y Bruto como el idealista incapaz de atener­se a la realidad, determinando su propia ruina y la de la República. Es el maquia­vélico vivir en la realidad efectiva lo que resuena en las sentencias del estoico, quien en el discurso retórico disfraza sus resen­timientos de cortesano fracasado y da salida a su amarga y misantrópica melancolía, siempre pronta a desatarse con ímpetus agresivos. Pero también en tales momentos la escritura halla su ritmo hecho a base de disonancias, antítesis y de aquella fú­nebre agudeza que, según Menéndez Pelayo, hacían aparecer el estilo de Quevedo como «una perpetua danza de la muerte». El Mar­co Bruto fue la última obra de Quevedo, quien la juzgaba como su mejor libro; pro­metía una segunda parte, en la que el au­tor trabajó durante los últimos meses de su vida, si bien nunca llegó a publicarse.

C. Capasso