Lucinda, Friedrich Schlegel

[Lucinde]. Novela de Friedrich Schlegel (1772-1829), publicada en 1799. Animado por el ejemplo de Goethe en sus Años de aprendizaje de Wilhelm Meister (v.) (según la teoría de los románticos, la novela era el género literario por exce­lencia, y el Wilhelm Meister era la «novela de las novelas»), también Friedrich quiso escribir los «años de aprendizaje de la virilidad», y el resultado fue Lucinda. Pero no se trata de una verdadera novela, sino más bien lo que los antiguos llamaron idilio y no narración, desarrollándose por episodios; o también la filosofía de una historia de amor; y, al mismo tiempo, un producto del «Witz» (humorismo), y de la «Willkür» (capricho) del poeta, que no tolera leyes ni vetos. Alternan cartas de amigos, capítulos cinicoeróticos, a menudo escabrosos (las «experiencias» del protago­nista con una virgen y con una cortesana), todo ello en una serie de cuadros que Walzel definió como mimicoimpresionistas; hasta que Julio encuentra a Lucinda, pin­tora culta y mujer apasionada, y el amor alcanza aquella mezcla esteticorreligiosa de la sensualidad y de la inocencia, gra­cias a la cual «las mujeres que aprecian los sentidos, la naturaleza y la virilidad» con exaltadas sobre las «que han perdido toda inocencia íntima y experimentan remordi­mientos por los placeres de la carne».

Frie­drich había sacado del «Sturm und Drang» (v.) sus teorías del amor libre y de la emancipación de la mujer. Como de cos­tumbre, las había revestido con formas paradójicas y audaces, llegando hasta el famoso fragmento 34.° del «Athenaeum»: «No se ve lo que se puede objetar a un matrimonio a cuatro». Por este freudismo anticipado, por el pésimo gusto de descu­brir demasiado evidentemente en el perso­naje de Lucinda a su propia amante y des­pués mujer, Dorotea Veit, la novela levantó protestas de los mismos románticos; decía incluso el íntimo amigo del autor, Novalis, que era deplorable que Friedrich hubiese elegido la plaza pública para cuarto nup­cial. Goethe y Schiller lanzaron pullas mor­daces contra la desdichada obra; más tarde, Heine escribió que quizás su autor consi­guiera el perdón de la Virgen, pero nunca el de Venus Afrodita. En los días de mayor agitación la defendió Schleirmacher en las Cartas confidenciales sobre Lucinda (v.).

B. Allason