[Principia Philosophiae]. «Tratado sistemático y definitivo de los principios del conocimiento» como lo definió su autor, René Descartes (1596-1650), publicado por él en latín en 1644, y en francés en 1647, como expresión más madura de su pensamiento, después del Discurso del método (v.), que había sido su propedéutica, y las Meditaciones metafísicas (v.).
Después de haber iniciado al estudioso en la comprensión de los fundamentos de la filosofía y de explicar sus puntos principales en las Meditaciones, Descartes dio «a luz este libro, dividiéndolo en cuatro partes, la primera de las cuales contiene los principios del conocimiento humano — filosofía primera o metafísica —; las otras tres partes contienen las cuestiones generales de la física, como la explicación de las primeras leyes o principios de la naturaleza, y de la composición del cielo, de las estrellas fijas, de los planetas, de los cometas y en general de todo el universo, y después, en particular, la naturaleza de la tierra y del aire, del agua, del fuego, del imán, así como las cualidades que advertimos en dichos cuerpos: luz, calor, gravedad y otras semejantes. Por ello — continúa —’creo haber iniciado, en este orden, la explicación de toda la filosofía».
Es necesario, afirma Descartes en la primera parte, la más importante, que quien busca la verdad dude, al menos una vez en su vida, de todas las cosas en que encuentre aunque sea una mínima sospecha de incertidumbre y que considere lo dudoso como falso; sin que esta duda influya, sin embargo, en la conducta de su vida, para la cual basta lo verosímil. Y no sólo de lo sensible, sino que podemos dudar incluso de las demostraciones matemáticas; y lo podemos porque estamos dotados de la libertad de prestar nuestro asentimiento. Sólo nos es imposible dudar de que existimos como seres que dudan, y del pensamiento con el que dudamos, y de la distinción de la materia cuya propiedad no podemos atribuirnos; por pensamiento se entiende inteligencia, voluntad, imaginación, sensación. Conocemos el alma con intuición más segura que la materia, cuyo conocimiento presupone aquélla, más evidente y directa.
Entre varias ideas, la mente posee la de un ente de suma inteligencia, poder y perfección, y reconoce que en la idea de infinita perfección está contenida la de existencia\de dicho Ente perfectísimo; en cambio, los conceptos de las demás cosas no implican una existencia necesaria, sino sólo contingente. Cuanto mayor es la perfección objetiva de una idea nuestra, tanto mayor ha de serlo la de su causa. Así, pues, sólo la idea de un Dios realmente existente puede haber producido en nosotros la idea de un Ente Supremo. Y no sólo la idea de Dios proviene de Él, sino también nuestra misma existencia, y su breve duración proclama la debilidad y fragilidad de nuestro ser y su fuerza al conservarlo. En la idea, de Dios, ingénita en nosotros, encontramos comprendidos todos sus atributos: eternidad, omnisciencia, omnipotencia, etc.; y hemos de excluir de Él las ideas mezcladas con imperfecciones, como la materia que implica divisibilidad, la sensibilidad que implica pasividad, el mal moral que es una privación de ser, no una realidad. Dios creador es infinito; nosotros criaturas somos finitos; no debe, pues, extrañarnos el hecho de que las cosas creadas y reveladas por Dios superen nuestra comprensión y exijan nuestra fe. Sólo Dios es infinito, porque carece de límites; a todo lo demás podemos calificarlo de indefinido.
No presumamos de investigar las causas finales de las cosas, es decir los decretos de Dios, sino sus causas eficientes, limitadas a la luz dada por Él. Dios no puede ser el autor de errores en nosotros; así, pues, cuanto percibimos con claridad y distinción es verdadero, y nuestros errores no dependen de la inteligencia, sino de la voluntad: las dos operaciones de nuestra mente, la primera de las cuales no existe sin la segunda, cuya actividad domina a la de la operación intelectual. Las causas de los errores no son imputables a Dios ni a nuestra naturaleza, sino a defecto de nuestra acción y abuso de nuestra libertad, cuya noción es innata y de las más comunes. Aunque todas las cosas estén predeterminadas por Dios, ello no contradice nuestra voluntad de querer. El consentimiento dado a cosas ni clara ni distintamente percibidas genera siempre un juicio erróneo, aunque por casualidad acertemos la verdad. Para corregir nuestros prejuicios conviene examinar las nociones simples sobre las cuales se basan y ver si son claras y distintas.
Conocemos las cosas: sustancia, duración, orden numeral (cualidades que sirven para todas); percepción, voluntad y sus modalidades (que sirven para la sustancia que piensa); tamaño, forma, movimiento, lugar, divisibilidad (propias de la misma sustancia); pasiones, emociones, sensaciones (que derivan de la unión del espíritu con el cuerpo). Los axiomas pueden ser percibidos por todos y en todo, si no se oponen prejuicios. La definición que Descartes da de la sustancia: «cosa que existe de tal modo que no requiere nada más para existir», no conviene al mismo tiempo a Dios y a las criaturas — en realidad sólo conviene a Dios — como ocurre con el alma y el cuerpo juntos; pero el atributo principal del espíritu es el pensamiento, y el de la materia, la extensión. De dichas sustancias podemos tener ideas claras y distintas, como de duración, orden y número.
Algunos atributos se encuentran en las cosas mismas, otros sólo en nuestro pensamiento, como tiempo, número y todos los «universales»: género, especie, diferencia, propiedad, accidente. Despartes analiza entonces las distinciones: real, modal y de razón o mental; estudia el pensamiento y la extensión, constitutivos respectivamente de la naturaleza del espíritu y de la materia; y las pasiones, las sensaciones, los apetitos, a menudo mal juzgados, por cuanto juzgando de su presencia en los objetos pretendemos saber con claridad qué son en sí mismos y afirmamos su correspondencia con nuestra sensación. Las causas de nuestros prejuicios son la incapacidad de liberarnos, ya adultos, de los errores de la infancia y la falta de atención o de correspondencia entre conceptos y palabras. El autor concluye: en todas las cosas acerca de las cuales la fe divina no nos enseña nada, no corresponde al filósofo tomar por verdadero lo que no haya reconocido como tal.
De este amplio análisis puede decirse, como de toda la filosofía de Descartes, que el mérito de la duda metódica, que imprimió a la filosofía y a todas las ramas de la actividad humana un impulso de liberación y efectuó una redistribución de valores a todos los seres humanos y suprimió todo privilegio que no fuese la razón, no impide que sobre casi todos los puntos de la exposición precedente tengan que hacerse reservas, precisamente en nombre de las «ideas claras y distintas», y reconocer que el pensamiento moderno ha sobrepujado, gracias en gran parte al impulso dado por el mismo Descartes, sus posiciones.
Aún más superado ha sido el contenido de las tres partes siguientes, por muy agudos e ingeniosos que sean los análisis de las cualidades sensibles, subjetivas y relativas todas ellas, excepto la extensión y propiedades derivadas, esenciales a» la materia; del movimiento relativo de los cuerpos que rodean al cuerpo móvil, cuyas leyes quiere formular Descartes con conceptos racionales deducidos de la naturaleza de la Divinidad de donde procede; de la concepción corpuscular de la materia y de los vértices sobre los cuales basa su cosmología; de la «instantaneidad de la luz»; de la fijeza de la tierra, arrastrada por el curso vertiginoso del cielo; de la acción recíproca de todos los cuerpos del mundo sobre todos; de la gravedad, efecto de impulso y no de atracción. Siempre destaca la intención de excluir toda intervención de entidades inmateriales e intencionales y de explicarlo todo, en el mundo físico, con la extensión, reduciendo incluso la fisiología a la mecánica. [Existe una versión y refundición castellana (Madrid, 1924)].
G. Pioli

