Los Fundamentos del Siglo XIX, Richard Wagner

[Die Grundlagen des XIX Jahrhunderts]. Es la obra a la cual debió su fama, por lo menos ante el gran público, el escritor alemán de origen inglés, yerno y apologis­ta de Richard Wagner, «primer evangelista del pangermanismo espiritual» en tierra ale­mana, Houston Stewart Chamberlain (1856- 1927). Publicada en 1899, examina el si­glo XIX con un tono pedantesco histórico- filosófico, considerándolo como el producto inmediato y casi el resumen y epílogo de todos los siglos anteriores y, al mismo tiempo, como una etapa en el camino de una larga ascensión. Partiendo de los conocidos principios formulados por Gobineau en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (v.), Chamberlain intenta un vasto análisis de la historia universal haciéndola converger, en la exaltación del progreso de los siglos que se ha producido en todos los campos del saber, bajo el impulso y pa­bellón germánicos. Análisis el suyo, si bien en algunos aspectos genial, en conjunto hasta tal punto arbitrario y sectario, que llega a sustraerse a toda posibilidad de examen crítico. La finalidad es sencilla, abierta y evidente: trasladar hacia el nor­te los ejes de la historia política, religiosa y civil de los dos últimos milenios: sustituir los conceptos de Edad Media y Rena­cimiento, «esquemas artificiales» por una noción más «sencilla y precisa»: el germa­nismo. El germanismo en la más vasta acep­ción de la palabra, con todas sus varieda­des norte-europeas-eslavo-celtogermánicas.

El autor afirma, en resumen, que sin los germanos una noche eterna habría descen­dido sobre el mundo después de la caída del Imperio Romano, porque fueron preci­samente las invasiones llamadas «bárbaras» las que renovaron y fortalecieron el mun­do antiguo, corrompido y falseado por la infiltración de elementos no arios, infundiéndoles sangre pura, ideas elevadas y, sobre todo, una concepción moral de la vida. Chamberlain pone como punto de partida para los fundamentos del siglo XIX el 1200, el siglo alrededor del cual «se ar­ticula la historia de Europa», porque en él «los germanos se dieron cuenta por primera vez de la misión que se les había confiado, de fundadores de una cultura y de una ci­vilización totalmente nuevas; y empezaron a ponerla en práctica». A este germanismo, examinado por Chamberlain en todos sus elementos constitutivos, tanto físicos como espirituales e intelectuales, se hacen remon­tar todos los más grandes acontecimientos, incluso el Renacimiento; a él son vinculadas todas las más grandes personalidades: Dan­te, Miguel Ángel, Leonardo, e incluso, y sobre todo, Cristo. A distancia de 30 años de la proclamación del Erich en Versalles, los Fundamentos de Chamberlain, publica­dos en un momento en que la potencia eco­nómica y política del Erich estaban en su cumbre, tuvieron en Europa una resonancia inmensa.

En la alemania de Guillermo I, se convirtieron fácilmente en una «Biblia del nacionalismo», en la cual muchos cre­yeron y se exaltaron. Fuera de alemania, la impresión fue, por el contrario, la de un imprevisto y alarmante toque de aler­ta. Y se ha dicho que la obra contribuyó al aislamiento moral de alemania en Eu­ropa no menos de lo que contribuirá, diez años después, el «golpe de Agadir» a su aislamiento político; y luego, cuando es­talló la guerra, los puntos de partida que la obra ofreció a la propaganda enemiga, equivalieron a «una batalla perdida». Pero los pueblos no aprenden nada de la his­toria. Pocos años después de la catástrofe, los alemanes aceptaron de nuevo -— y con consecuencias mucho más trágicas — una obra análoga, abiertamente inspirada en los Fundamentos, pero más desorbitada en su mística de sangre: el Mito del siglo XIX de Alfred Rosemberg.

A. Musa