Libro Del Buen Amor, Juan Ruiz, Arcipreste De Hita

Extenso poe­ma Del Español Juan Ruiz, Arcipreste De Hita (Provincia De Guadalajara), quien vivió entre la primera y la segunda mitad del siglo XIV. La parte narrativa o exposi­tiva se desarrolla en cuartetos monorrimos de versos divididos en dos hemistiquios y que oscilan entre las catorce y las dieci­séis sílabas, mientras las partes líricas están escritas en múltiples combinaciones de me­tros y estrofas. Es la obra más discutida de toda la literatura española, y a su alre­dedor la crítica moderna ha emitido las más extrañas hipótesis y los más variados jui­cios. Como se declara en el prefacio en prosa, inmediatamente después de la ple­garia a Dios (cuartetos 1-10), el poeta se propone llevar a sus oyentes al conocimiento del buen amor, en cuya virtud todo indi­viduo recibe para obrar en la vida las aptitudes o virtudes que le son más útiles. «Intellectum tibi dabo et instruam te in vía hac qua gradieris» («Te daré la inteli­gencia y te enseñaré el camino que debes recorrer»).

Este sujeto en acción es un alma, o sea un «spiritu de Dios criado e perfecto e bive siempre en Dios»: un espí­ritu que, sumido en lo sensible y por lo mismo agobiado por el peso de la antigua concupiscencia, tiende espontáneamente, con su entendimiento, su memoria y su volundad, a las cosas, y las desea y las ama: «loco amor del mundo» que lo hace esclavo de los acontecimientos y dé las circunstancias y lo pone a veces al servicio de las fuerzas ciegas del universo. El poeta se ocupará de este loco amor que es en nosotros natu­raleza y que nos impulsa continuamente a la acción, una acción por cuyo medio nos colmamos en la existencia como inteligencia y voluntad en vista de lo que la deleita. Ahora bien, en el orden de la acción, la inteligencia, que es un don de Dios, nunca trabaja sola, sino siempre dependiendo de la voluntad y de las naturales disposiciones del querer: amor que la inspira y que la somete a su capricho y que, por lo mismo, es bueno o malo según que el sujeto realiza o no inmediatamente, «hic et nunc», la in­tención o idea por la que espontáneamente se pone en movimiento.

El buen amor de que el Arcipreste de Hita se hace maestro en este poema suyo «que los cuerpos alegre e a las almas preste» se reduce, por lo tanto, a aquel amor que en la práctica de la vida, donde nos guía el loco amor del mundo, logra, mediante la inteligencia, al­canzar su fin: un fin actualmente querido por nuestra persona incomunicable. Consi­derado, pues, en su unidad y a través de la variedad de sus episodios, el poema resulta ser un «ars amandi», pero en un sentido perfectamente cristiano. Ya que este loco amor, que palpita en nosotros como sed insaciable de vida y belleza, da origen a un orden al cual todos los seres deben so­meterse (cuartetas 71-76), un orden meta- físico que subsiste en las cosas pero del que sólo Dios es plenamente consciente en cuanto todo procede de su verbo creador (cuartetas 123-149). Todo el mundo com­prende que este orden inmanente al loco amor, que es tendencia de la naturaleza uni­versal, no se puede hacer conocer más que como razón inteligible en sí misma; y por lo mismo tal que sólo puede presentarse «exemplariter», mediante apólogos o fábu­las, al modo mismo como en el Calila e Dimna (v.), en las Fábulas esópicas, en la Disciplina clericalis, en los «fabliaux» (v.) o en el Conde Lucanor (v.) de Juan Ma­nuel.

Son éstas las fuentes a que se remonta el Arcipreste de Hita, además del Pamphilus medieval y los dísticos del Pseudocatón, pero presuponiendo en el lector una inteli­gencia que no se detenga en la opaca ma­terialidad de las imágenes, sino que sepa captar dentro de éstas y por medio de ellas la razón poética o verdad moral que de este modo es objetivado (cuartetas 44-70). De este modo sacará de ellas alimento vital: un motivo de experiencia que profundizará tanto más cuanto más rico sea el conoci­miento de los hombres y de las cosas. Del mismo modo tienen valor de apólogo las aventuras de amor de que el Arcipreste se hace protagonista, narrándolas en primera persona, «no porque le hayan sucedido», sino «por dar ensyemplo» (cuarteta 909), o sea para objetivar en su verdad funda­mental — una verdad en sí inteligible — una tendencia propia de la naturaleza hu­mana. Por lo demás, no se trata de notas autobiográficas en el sentido material o verístico que la crítica moderna ha sospe­chado hasta ahora: lo demuestran la de­claración explícita del autor y la distancia que éste pone entre él y su representación imaginaria, presentándola como casuística de una experiencia vital para sacar de ella motivo de risa y sonrisa y deducciones mo­rales prácticas.

El Libro del buen amor es esta casuística de experiencias individuales, a cuyo través se capta una razón que las justifica todas en sí mismas, porque todas están determinadas por aquel loco amor del mundo que anida en nosotros, en los plie­gues más profundos de nuestra individuali­dad material «que más aparejada é incli­nada es al mal que al bien, é á pecado que a bien». Y ya que el Arcipreste de Hita sabe que el hombre es esta naturaleza débil, habitada por una energía divina («Intellectum tibi dabo») cuya virtud se perfecciona para su debilidad, puede contemplar ima­ginativamente en su poema este loco amor del cual descienden todos los vicios capi­tales (217-320), y escuchar con una sonrisa sus voces secretas, sus consejos maliciosos y sus enseñanzas llenas de engaño (376 sgg.). Y puede también individualizarlo concreta­mente en otra criatura, para verlo operar con maestría, siempre sutilmente astuto e ingenioso, despreocupado y burlón. Y siem­pre es el amor quien triunfa (el «buen amor»), porque en todas sus acciones sabe dominar la inteligencia del sujeto, haciendo servir a su propio fin aquello que en él es un don de Dios.

Evidentemente hay que dis­tinguir lo que el Arcipreste no confunde nunca: la operación de la inteligencia y el realismo material de la voluntad, que se inclina hacia las cosas. En su construcción poética no pierde nunca de vista la noción metafísica de naturaleza o esencia y acci­dente (140), y, de un modo particular, la noción de la naturaleza humana, en la que establece dos principios incompletos por separado pero de cuya unión nace el hom­bre. Por un lado está el alma, como forma sustancial que creada inmediatamente por Dios rige al cuerpo, donde se hace primer principio de la operación intelectual; y por otro lado está la materia de nuestra indivi­dualidad carnal, en la que el alma se hunde y vive y se agita. De aquí viene «la flaqueza de la natura humana, que es en el orne, que non se puede escapar de pecado». Y por esto el juicio que el Arcipreste de Hita hace de sus personajes es siempre un jui­cio de benévola simpatía acompañada de admiración indulgente y sonriente por lo que realizan como un arte; o sea como vir­tud intelectual que cada uno de ellos, bajo el aguijón del loco amor, va desplegando espontáneamente para realizar aquello que desea y quiere. Es la misma simpatía y la misma admiración que sentirá el autor del Lazarillo de Tormes (v.) frente a las astu­cias geniales e instintivas de su criatura atormentada por el hambre; simpatía y ad­miración que animarán a Cervantes en su Quijote (v.), contemplando en los dos pro­tagonistas el amor instintivo a lo honesto y a lo útil, defendido por uno y otro con todas las astucias y ocurrencias y súbitas iluminaciones de su singular, inteligencia.

Sólo desde esta posición — «las palabras sir­ven a la intención e non la intención a las palabras» — se puede juzgar el arte del Arci­preste de Hita y por ende la moral de sus intenciones. Hay que leer todo el poema mirando a la actividad de la inteligencia, por cuyo medio el amor teje continuamente la trama de la vida en sus experiencias de todos los días, y se comprenderán la son­risa y el humorismo benévolo del poeta y su arte al individualizar personas ricas de intensa vida interior; como la figura de doña Endrina, de la que el Arcipreste se enamora en cuanto la ve de lejos (653 sgg.), o la de Trotaconventos, la vieja medianera equívoca y astuta (697 sgg.; 1322 sgg.) que en el drama la Celestirm (v.) encontrará más neto y preciso relieve. Y por otra parte, si del orden de la sustancia se pasa al orden del accidente, el Arcipreste de Hita sabe que este loco amor del mundo es acti­vidad que procede de las potencias del alma; y puesto que cree en Dios creador siente la necesidad de invocarlo y de llamar en su ayuda a la Virgen. Por encima del orden natural está el orden de la gracia, que hay que ganar con la penitencia y al ayuno. Así, a medio poema se inserta el combate entre don Carnal, símbolo de la crápula, y doña Cuaresma, que lo vence, le obliga a confesarse y le hace vestir el sayo de la penitencia (1067-1224). Pero cuando ha pa­sado la semana de Pascua, doña Cuaresma vuelve a su peregrinación por montes y va­lles, mientras el loco amor recobra su domi­nio sobre el mundo: vida que se renueva y se edifica sobre sí misma, juntamente con toda la naturaleza que despierta de su letargo y se viste de verde y se ciñe de flo­res entre al armonioso coro de pájaros que cantan y los sones de los himnos de ’ los jóvenes y doncellas enamorados (1225 sgg.).

El autor aclara aquí, en el centro de su poema, cuál es el motivo que lo inspira: es el amor como tendencia universal que nos liga a la vida y la hace bella y agradable, tomando como único criterio de verdad las connivencias del deseo, la connaturalidad afectiva y las emociones decisivas del sentimiento. Cada uno exalta este amor como actividad que lo determina y perfecciona en la línea de su naturaleza específica (1295 sgg.). Y por esto el amor del mundo puede ser también un «buen amor», pero sólo cuando por él cada uno se realiza cum­plidamente a sí mismo, según el fin que su inteligencia le propone como bien. Así el poeta, después de haber pintado el triunfo del amor como naturaleza, puede continuar su vida pasional, dando de sí mismo nue­vos ejemplos (1315 sgg.). Como se ve, el poema carece de una sólida unidad arqui­tectónica, reduciéndose a documentar episódicamente, pero con sabia pericia psico­lógica, los distintos aspectos de este amor mundano, que tiene sus fugaces arrepenti­mientos y sus súbitas ascensiones al Dios del perdón, y sus inevitables recaídas. El pensamiento que lo informa es típicamente medieval, los esquemas didácticos son los de la literatura moralizadora contemporá­nea, los módulos fantásticos se aceptan al­guna vez pasivamente, pero aun así son notables los méritos de este poema en el que se afirman aspectos originales de la rea­lidad humana, tentativas de arte, formas nuevas de expresión literaria que han de tener largo y profundo eco en la literatura posterior, especialmente en la dramática y la novela.

M. Casella