Relación de Don Juan Manuel (1282-1348), también conocida bajo el título de «Tractado que fizo Don Juan Manuel sobre las armas…», según se desprende del manuscrito en el que se conservan sus distintas obras.
El Libro de las armas está escrito respondiendo a un deseo de información particular: «Frey Johan Alfonso, yo Don Johan paré mientes al ruego et afincamiento que me fizistes…». Para que su amigo las conozca bien y no las olvide, se propone explicar en el papel tres cuestiones: A) Por qué le fueron dadas las armas (del escudo) a su padre Don Manuel, y por qué son éstas alas y leones. B) Por qué él y sus hijos legítimos pueden nombrar caballeros, no siéndolo ellos. C) La conversación sostenida en Madrid con el rey Don Sancho, poco antes de morir éste. Las otras cuestiones fueron ya explicadas al amigo, pero ahora son fijadas en el papel por deseo del mismo. («Et respóndovos que vos lo gradesco mucho.») Tras aludir a la imposibilidad- de presentarse el autor por testigo de cuanto va a contar («Bien podedes entender que non pude yo ver lo que acaesció cuando nasció mío padre…»), y al modo como ha reconstruido las noticias, a través de diferentes fuentes «crederas», procede con orden al primer tema. A) El padre de Juan Manuel e hijo del santo rey Don Fernando, vino al mundo precedido por signos que se reputaron milagrosos. Por tal motivo se pidió al obispo de Segovia Don Remón que «batease» al niño con un nombre vocacional. El cual fue hallado en el de Manuel, que quiere decir «Dios conusco».
Luego fue entregada la criatura a Don Pedro López de Ayala para que lo criara «no con tan grant locura como agora». Y llegado el día en que el rey entendió decían dársele armas, volvióse a pedir una elección al obispo. Fueron por él las armas: alas y leones, en cuarteles bermejos y blancos. Detalla Juan Manuel el simbolismo de cada elemento: en el cuartel bermejo una ala de oro ante una mano armada de desnuda espada. (El ala significa el ángel del Señor, el linaje real; la mano, la sabiduría específica del hombre…). B) En cuanto a la segunda cuestión y para justificar su facultad de hacer caballeros, empieza recordando el casamiento y descendencia del rey Jaime I de Aragón, al cual está unido el infante por línea materna. Y fue tras una serie de rivalidades entre los reyes de Aragón y los de Castilla que se otorgó a Don Manuel y a sus herederos el señorío de Elche, con algunos fueros reales. Al margen de esta relación árida y confusa, reviste interés la historia aneja de Doña Sancha, princesa que abandona la corte para servir anónimamente a los romeros, hasta que muere en el hospital de Arce. C) Por último, continuando el esquema riguroso y didáctico, aborda Juan Manuel el asunto de su conversación con el rey Don Sancho, moribundo: El adolescente Juan Manuel, victorioso en Murcia, llega a Valladolid para entrevistarse con su rey y pariente. Éste le recibe cariñosamente, le regala nuevas tierras y planea su casamiento con la hija del rey de Mallorca, Don Jaime.
Posteriormente, el rey Don Sancho se traslada a «Madrit» por consejo de los «físicos», y aquí viene a visitarlo Don Juan Manuel por última vez. El rey, en presencia de los íntimos («Como quiera que todos los míos tengo yo por vuestros, y todos los vuestros tengo yo por míos…»), le hace tres peticiones: Que se doliera de su alma; que le pesara su muerte, y que tomase en encomienda a la reina Doña María. Luego, tras lamentarse de haber perdido la bendición de sus padres, acabó dándosela a Don Juan Manuel, porque a pesar de todo son los reyes «fechura de Dios e por eso an ventaja de los otros omnes». El estilo preciso y luminoso, su exposición ordenada pero viva y anecdótica, se funcionalizan excesivamente en la segunda parte del libro. La crónica, la información, se hacen con el lenguaje y disminuyen el dibujo y la frase en sí misma significante. Y sin embargo, esta información tiene, como el propio escudo del infante (alas y leones), algo indeciblemente poético, el inconcreto aroma de una personalidad que ha hecho mucho más y marca un horizonte.
R. Jordana

