[Vorlesungen über die Grundwahrheiten der Wissenschaft]. Obra de Carl Christian Krause (1781-1832) publicada en Góttingen en 1829, y en la cual están reunidas y revisadas las lecciones profesadas en 1823 en Dresde; además, el autor añadió una crítica de la filosofía contemporánea y en modo especial, de Kant, Fichte, Schelling, Hegel y Jacobi.
Esta obra es, para una ojeada de conjunto al pensamiento del filósofo, la más completa y más fácilmente asequible, pues Krause renunció en ella a su especial terminología filosófica. La reflexión especulativa consta para Krause de dos momentos; el primero es el analítico, que en el examen de la conciencia subjetiva aclara su aspecto formal de certidumbre inmediata, define su principio, determina sus contenidos, y se eleva a su fundamento esencial en la idea de lo Absoluto. El segundo es el momento sintético que desde la idea de lo Absoluto, como primer principio de toda verdad, idea que es captada en una pura intención intelectual, desarrolla los elementos formalmente esenciales de esa idea — las categorías — e interpretando en la formación dé éstas los datos que el análisis ha descubierto como constitutivos de la experiencia subjetiva, construye una visión del mundo, desde el punto de vista no ya empírico, sino absoluto. En este doble procedimiento Krause vio una conciliación dialéctica del subjetivismo crítico kantiano y el racionalismo objetivo de Schelling.
La deducción de las categorías le permite constituir una orgánica sistemática de la ciencia. El Absoluto, Dios, es concebido por Krause como la absoluta sustancia incondicionada, principio, condición, vida de todo lo real, unidad, totalidad, interioridad absoluta, fuera de la cual no hay ninguna existencia, y en que toda existencia tiene su certidumbre, su orden, su significado. Es pura autoconciencia que en sí se refleja en la calma de un absoluto sentir y de un absoluto saber; una infinita difusión, y un infinito retorno; Dios es la intimidad absoluta como todo, y la totalidad interior a sí mismo, perfección y gozo sin límites, pero los dos momentos de su esencia, totalidad e interioridad, son en Dios mismo, el principio de la distinción entre la esfera de la Naturaleza y la de la razón. Así, en la absoluta sustancia se separa el Mundo que es dualidad de Naturaleza y Razón, pero es al mismo tiempo el rehacerse de su unidad en el Hombre. En relación con el mundo, en cuanto éste se pone como subsistencia independiente, Dios es la alteridad absoluta, principio de su inquietud, de su dialéctica que, sin embargo, tiene en la eterna sustancia divina, su positiva certidumbre. Esta concepción metafísica que Krause ha querido definir como panenteísmo, para distinguirla del panteísmo de Spinoza e indicar la subsistencia de lo finito y de lo individual en lo absoluto, ilumina toda su teoría de la vida espiritual, como proceso por el cual en el hombre se recompone la unidad divina, y la Naturaleza y la Razón recuperan su armonía.
Esta armonía está en el derecho como orden extrínseco de las relaciones humanas en que la dignidad de la persona es garantizada y hecha eficaz; en la moralidad como ley universal en que todas las voluntades, desligadas de su determinación finita, colaboran en el destino humano común; en la estética como presencia y revelación inmediata en toda forma de vida; en el pensamiento, en fin, como actualidad consciente de Dios que reconoce su propia unidad. Toda la vida espiritual es, por esto, en su sentido más profundo, vida religiosa, ascensión de la humanidad hacia Dios, retorno de Dios a sí mismo; cumplidas circularidades de lo Absoluto, que goza en ello de su absoluta libertad. La filosofía de Krause, que fue un espíritu solitario y rico, pero oscuro escritor, no tuvo vasto eco en Alemania ni siquiera después de la tentativa, en el primer decenio de este siglo, por algunos admiradores suyos, de publicar nuevamente sus obras, y despertar su pensamiento (Leonhardi, Rôder, Wünsche, Hohl- feld); pero sus doctrinas en cambio, y especialmente §u filosofía del derecho, que concilia los principios liberales con una directiva eticorreligiosa del Estado y culminante en una ley de la Humanidad, fueron difundidas por sus discípulos, Ahrens en Francia y en Bélgica, y Sanz del Río en España.
A. Banfi

