La Unidad de la Vida del Espíritu, Rudolf Eucken

[Die Einheit des Geistesleben in Bewusstsein und Tat der Menschheit]. Es la obra científica fundamental del filósofo ale­mán Rudolf Eucken (1846-1926), publicada en Leipzig en 1888 y a cuya comprensión contribuyen sus ulteriores trabajos, titula­dos: La lucha por el contenido espiritual de la vida [Der Kampf um den geistigen Lebensinhalt, Leipzig, 1896], Líneas funda­mentales de una nueva intuición de la vida [Grundlinien einer neuen Lebensanschauung, Leipzig, 1907], aparte otros escritos de divulgación.

Eucken, que en la Concepción de la vida en los grandes pensadores (v.) trazó la línea ideal en el desenvolvimiento del pensamiento especulativo como conciencia de la naturaleza y del cometido espiritual de la humanidad, y que en Las co­rrientes espirituales del presente [Die geisti­ge Strömungen der Gegenwart, Leipzig,1897] hizo resaltar los profundos y esenciales conflictos a través de los cuales se desen­vuelve nuestra cultura, en La unidad de la vida del espíritu aspira a trazar las direc­trices de una concepción universal en la que logre su conclusión el proceso de la tradición filosófica, y la crisis contemporá­nea alcance un significado positivo. Con su profunda e ineludible dialéctica interior nos muestra un hecho esencial: que es ne­cesario penetrar hasta el fondo de aquellos conflictos, dirigir nuestra atención sobre el principio que les sirve de base y sobre su unidad viva. Éste es el espíritu absoluto viviente.

Su presencia se muestra en toda la vida humana como su íntimo trascender­se, su aspiración a manifestarse más allá de sí mismo y de las propias formas determi­nadas; en otras palabras, en la actualidad inagotable de los valores ideales, como eter­nas ideas que dominan y teológicamente significan toda la vida. Libertad y amor son las formas de esta inmanencia del espíritu como infinita superación de toda forma finita, y su unidad ideal en un tono cada vez más vasto. La vida del espíritu abarca no solamente la humanidad, sino toda la realidad que sostiene la humanidad y con ella comunica en incesante relación y tiene su perfección en la conciencia humana de la propia espiritualidad, ya que la actuali­dad del espíritu está en la unidad activa de la persona. Toda persona es un centro libre del que emana en una infinita produc­tividad la energía espiritual; y adopta dos formas, como lucha en el mundo y como una elevación sobre el mundo mediante una vida espiritual más amplia y elevada.

En su actividad las personas se comunican con el espíritu universal del mundo: gra­cias a ello se constituyen las comunidades de cultura que crean la atmósfera espiri­tual en la que se abren paso nuevas ener­gías espirituales. Nada hay aparte del es­píritu; y lo que parece estar fuera de él es solamente un grado inferior de espiri­tualidad que debe ser superado. Así el mundo va espiritualizándose cada vez más, y el hombre posee su dignidad y su gran­deza colaborando en tal proceso de la reali­dad. De aquí la necesidad de educar la energía espiritual, el valor de una ética heroica, activa, que una inmanente religio­sidad impulsa más allá de todo límite, que la filosofía ilumina con su verdad. Rudolf Eucken puede llamarse el último heredero del idealismo alemán: un idealismo cósmico que se desenvuelve en un energetismo espi­ritual y en activismo eticorreligioso, abierto al futuro.

El esquema metafísico de su pen­samiento es simple, e ignora gran parte de los problemas especulativos, pero el en­tusiasmo espiritual y el sentido heroico y generoso de la vida que brotan de él y que señalan más allá de la crisis a un mundo renovado de humanidad, conservan, en la forma limpia y cálida de expresión, toda­vía hoy su valor de persuasión, de incita­ción y de esperanza. (Premio Nobel 1908.)

A. Banfi