Escrito de Heráclito de Efeso, filósofo griego, descendiente de una antigua familia de reyes sacerdotes, que vivió entre los siglos VI-V a. de C.
Han llegado hasta nosotros fragmentos dispersos en citas de Aristóteles, S. Clemente de Alejandría, Diógenes Laercio, Hipólito, Plutarco, Estobeo y otros, habiendo resultado vana toda tentativa de reconstruir sobre estos fragmentos el esquema originario de la obra perdida, llamada por los antiguos De la Naturaleza y subdividida en tres partes: del Universo, política, teología. Despreciador del vulgo, sentencioso y obscuro, Heráclito pertenece al hilozoísmo jónico pre- socrático, por cuanto reconoce una esencia primera (el fuego), de la cual se engendran todas las cosas por la evolución circular del estado gaseoso al líquido (agua) y luego al sólido (tierra) y viceversa.
Al contrario de Parménides, para el cual «el ser es, el no ser no es», Heráclito concilia el ser y el no ser en una «concordia discors», en cuyo recíproco transformarse y oponerse las cosas tienen y pueden tener realidad. «La guerra es la madre de todas las cosas»; «todo pasa», (pero esta infinita multiplicidad dinámica se resuelve en la unidad del Xóyoc; que es suprema sabiduría, la única divinidad (que quiere y no quiere ser llamada Zeus), y en tanto participa del mundo como el fuego, que uniéndose a los aromas toma su denominación según el nombre de cada uno de éstos, es a la vez ley y medida, distinta de las cosas, que todo lo gobierna.
Espíritu esencialmente intuitivo, afanoso de captar las tensiones de la vida del universo, conscientemente saturado de contradicciones, afirmadas como leyes de la verdad, su pensamiento, sea por la forma fragmentaria de los pasajes conservados y por la arbitrariedad de las citas, sea por la insuficiencia del ambiente en que este pensamiento se desenvolvió, presenta gravísimas dificultades de interpretación, la cual es siempre acogida con la mayor desconfianza crítica; pero el fulgor relampagueante de su acento no deja dudas sobre la íntima y unitaria concreción de su principio esencial, y constituye un reactivo fecundísimo de sugestiones para los espíritus más diversos.
Su dinamismo, aun quedando aislado frente a la tendencia predominante del período clásico de la filosofía griega, ejerció fuerte influjo, aunque éste no sea hoy fácil de apreciar exactamente, sobre el Estoicismo (v.), además de influir sobre la filosofía moderna, en particular sobre Hegel, que expresamente reconoció haber tomado de él su motivo inspirador.
L. Vertova

