La Mujer en el Siglo Diecinueve, norteamericana Sarah Margaret Fuller Ossoli

[Woman in the Nineteenth Century]. Obra de la escritora norteamericana Sarah Margaret Fuller Ossoli (1810-1850), publicada en Boston en 1844 y en Nueva York, «Tri­bune Press», en 1845.

Es el primer tratado de feminismo tomado en consideración en los Estados Unidos. La autora afirma que no tiene sobre el tema ideas radicales; no le importaba gran cosa la igualdad política, pero quería que la sociedad concediese también a la mujer las ventajas de la edu­cación, ofreciese, a quienes lo desearan, posibilidades económicas y, en fin, se pre­ocupase de mejorar la suerte de las que habían caído. En la introducción se lee: «Como Europa estuvo destinada a promo­ver la cultura del hombre, así América está destinada a desplegar una ley moral.

Lo que una vez ha sido claramente concebido por la inteligencia, no puede dejar de ser realizado más pronto o más tarde. Lo que el alma es capaz de pedir, debe alcanzarlo. Así, pues, incluso las aspiraciones puras, pedidas por la mujer, tienen derecho a con­vertirse en realidad». Fuller expone ade­más que si la naturaleza ha destinado a la mujer al círculo íntimo de la familia y de la casa hay que admitir, sin embargo, que hasta ahora las condiciones de la vida ci­vil no le han asegurado ni casa ni fami­lia. Hablando del hombre, se refiere tam­bién a la mujer porque las partes de un todo son inseparables, de modo que si no progresa una parte tampoco se desarrolla la otra.

A estas premisas sigue una serie de afirmaciones: también la mujer puede expresar la plenitud de su pensamiento sin perder nada de la belleza peculiar de su sexo. Para que la misma no sea profanada u ofuscada bastará que la mujer actúe sólo por deber moral y no por otros motivos, como la vanidad, el deseo de lucro, etc. La Fuller no se forja ilusiones acerca del pa­pel que ha tocado a su sexo. Sabe que la suerte de las mujeres es triste.

Creada para necesitar y esperar una felicidad que no puede existir en la tierra, obligada a negar las aspiraciones secretas de su co­razón, debe adaptarse como pueda a una vida de renuncias, aceptarlas serenamente. Pero si ha de vivir amando a Dios, no pue­de adorar como a un numen a un hombre imperfecto. Sabrá renunciar a tomar — co­mo hace por debilidad o por temor a la pobreza — lo que no es apto para ella. Para que pueda ofrecer dignamente su ma­no ha de ser capaz de vivir por sí sola.

Conociendo directamente todas las clases sociales, la Fuller está en situación de es­tablecer comparaciones entre las mujeres afortunadas de condición elevada que a menudo sirven de escándalo y de mal ejem­plo y las desgraciadas que la sociedad des­precia con un nombre infamante; la com­paración no es de hecho lisonjera para las primeras. «Buscad a las mujeres degrada­das, a las encarceladas — exhorta la escri­tora —, dadles vuestra simpatía afectuosa, consejo, trabajo».

El contenido de este en­sayo, que en 1844 provocó críticas y dis­cusiones sin fin por su audacia revolucio­naria, ha sido hoy en gran parte superado en los Estados Unidos, donde las ideas expresadas por la Fuller ejercieron gran in­fluencia; con él, la autora, célebre sobre todo por sus conversaciones literarias, dio la prueba más notable de su capacidad de escritora.

E. Detti