Las obras del filósofo griego Zenón de Citio (336-264 a. de C. aproximadamente), se pueden reunir en tres grupos según el problema de que tratan: lógica, física y moral. En la lógica se simplificaba la doctrina aristotélica con la aceptación de las «prolepsis», esto es, de las anticipaciones empíricas: el hombre conoce los universales no por innatismo, no «a posteriori», sino porque el criterio humano se adapta a la realidad por medio de la «fantasía catatéctica». El subjetivismo empírico, con que Zenón resolvía el problema de la lógica, como forma gnoseológica, debía de reaparecer verosímilmente en otros escritos que se pueden disponer en torno a su obra central: los Universales, referentes tal vez al problema empírico de las «prolepsis»; la Vista, sobre el valor cataléctico de este sentido, el más desarrollado de todos, del que probablemente procede la expresión de fantasía cataléctica; las Soluciones, discusiones de diverso carácter, derivadas de la literatura cínica precedente. Los problemas de la física eran, en cambio, abordados en otro grupo de escritos, el más importante de los cuales es la Naturaleza. En él Zenón se fundaba en gran parte en Demócrito y Heráclito, esto es, en las doctrinas del atomismo y del movimiento.
Pero sin llegar al desarrollo atomístico del epicureismo, Zenón imagina que el mundo está formado de una materia bruta y de una fuerza constructora. Estos dos elementos necesarios e indispensables están fundidos juntos en todo cuerpo visible; del primero percibimos la substancia; del segundo, la cualidad. Con una especie de panteísmo, Zenón divinizaba todas las fuerzas de la naturaleza, y valiéndose de la antigua teología griega, las personifica con el nombre de los dioses antiguos. Por esto pertenecen a la investigación de la física, además de sus obras más propiamente científicas como Del Universo, también escritos literarios como la Teogonia de Hesíodo, Cuestiones Homéricas, y la Lectura de los poetas, por cuanto la poesía más antigua de Grecia confinaba con la teología y la teología era interpretada por Zenón a la luz de aquel racionalismo simbolizante que facilitó después las exégesis alegóricas de los filósofos de la escuela estoica. Pero mucho más interesante que la lógica y la física era su moral, expuesta sobre todo en la Vida conforme a la naturaleza. La norma que da título a esta obra está sacada de la filosofía cínica, pero aquí encuentra un desarrollo más lógico. Si la virtud consiste en seguir la naturaleza, puesto que la naturaleza del hombre es racional, la virtud consistirá en seguir la razón, esto es, el conocimiento. Se sigue de ella que sólo el sabio puede ser virtuoso, y por esto feliz. Mas para ser sabio es menester destruir las Pasiones estudiadas en un tratado aparte; hay que evitar los bajos apetitos, como él afirma en el Instinto y la naturaleza humana.
Para ser verdaderamente feliz es menester seguir el deber, que puede ser de varias especies; hay los deberes que conducen a la perfección y los que son indiferentes. La ley existe para el estoico sólo en cuanto la construye él mismo para sí; todo lo que le es indiferente, que no se refiere a su bien moral, él no debe juzgarlo; por lo tanto, el Estado, que, con todo, estaba presente en el pensamiento de todo griego, no puede ni debe interesar al estoico. Análogo agnosticismo aparece con respecto a otro problema, el pedagógico, tratado_ en La educación griega. Esta posición tan rígidamente moral por la originalidad de sus conclusiones extremistas, no podía menos de suscitar escándalo entre el público, para el cual fueron tal vez reunidas las Anécdotas morales. Con este grupo de escritos, la ética estoica quedaba oficialmente inaugurada, mientras el espíritu griego clásico se derrumbaba definitivamente.
F. Della Corte

