Félix o Libro de Maravillas, Ramón Llull

[Félix o Li­bre de meravelles]. Novela filosófica del es­critor catalán Ramón Llull (1232/39-1315), escrita en «stranya térra» (¿París?) hacia 1288 (?). Se narran, en ella, las aventuras de Félix, el cual «iba por bosques, por mon­tes y llanos, por yermos y poblados, por príncipes y caballeros, por castillos, por ciudades; y se maravillaba de las maravi­llas que hay en el mundo; y preguntaba lo que no entendía, y contaba lo que sabía; y se metía en afanes y peligros para que se hiciera reverencia y honor a Dios». Si el Blanquerna (v.), como ya hemos visto, es una novela vertical, en la que se nos describe la línea tonal de la vida del pro­tagonista desde su nacimiento hasta la más extrema vejez, el Félix es una novela ho­rizontal, en la que el protagonista, verda­dero peregrino andante, cruza las cuatro esquinas del mundo enriqueciéndose con el estudio y la contemplación de la obra de Dios. La vida multicolor de la época queda fijada, desde el rey al más humilde vasallo, desde el eclesiástico más encum­brado a la más embrutecida ramera, en las coordenadas de la novela. El realismo, que se infiltra en el ejército de sus páginas, llega, a pesar del apasionamiento y la in­tención estrictamente ideológica que guía al autor, a situaciones de una notable e hiriente modernidad. Cada uno de los múl­tiples personajes que Félix encuentra en su largo peregrinaje por los caminos del mun­do — pastores, ermitaños, filósofos, etc. — cuenta diferentes apólogos, o eximplis, para contestar a las repetidas preguntas de nues­tro héroe. De esta suerte la novela se con­vierte en un amplio repertorio de los co­nocimientos, no sólo humanísticos, sino también científicos de la época.

La novela se divide en diez partes que versan, respec­tivamente, sobre Dios, los ángeles, el cielo, los elementos, las plantas, los metales, las bestias, el hombre, el paraíso y el infierno, cuya dimensión oscila entre los dos y los setenta y dos capítulos. La séptima parte, titulada Libre de les bésties [Libro de las bestias] e incluida, dentro del margen ge­neral de la obra, sin una suficiente justi­ficación narrativa, constituye una sátira po­lítica, amarga y pesimista, de valor autó­nomo. Por una parte, hace pensar en el Calila y Dimna (v.), muchos de cuyos apó­logos, a veces completamente transformados, han quedado prendidos en las mallas lulianas. Por otra, el nombre de Na Renart (en femenino, si bien concierta a veces con un adjetivo o participio en masculino) dado al ministro traidor, que desempeña el papel de los chacales del libro árabe, relaciona la obra de nuestro autor con el ciclo del Román du Renard (v.). Alguna huella del plaid o apelación al tribunal del rey y de la rivalidad entre Isengrin y el zorro es perceptible en el Libre, aunque substancial­mente transformada. La presencia constante del protagonista da unidad al cúmulo de episodios, situaciones y eximplis con que se fracciona la novela, la cual «es — ha es­crito Menéndez Pelayo — el más antiguo tipo de la novela episódica que los franceses llaman á tiroirs».

En efecto, las narraciones de intención moral se llaman y encadenan constantemente, amplificando y concretan­do el contenido doctrinal de la obra; a ve­ces, el plano ideal del eximpli no coincide, aparentemente, con el plano real de la ma­teria de que se trata, pero, como dice el autor, «cuanto más obscura es la semblanza, más altamente entiende el entendimiento que aquella semblanza entiende». Junto a la influencia del Calila y el Román du Re­nard, de la cual ya hemos tratado, es ne­cesario destacar, entre otras, la decisiva de los textos de la matiére de Bretaña y la espiritualidad franciscana. Pero, por en­cima de influencias y coincidencias, es ne­cesario poner de relieve la alta capacidad creadora de Llull, que le sitúa en una de las primeras cimas de la novelística me­dieval.