Escultores Florentinos del Renacimiento, Wilhelm von Bode

[Florentiner Bildhauer der Renaissance], Obra publicada en Berlín en 1902. El volumen, que es una ampliación de otro anterior, Italienische Bildhauer der Renaissance, editado en 1887, reúne once tratados monográficos sobre es­cultores y grupos de obras plásticas del siglo XV florentino y el fruto de la dila­tadísima experiencia de conocedor que Bode adquirió al reorganizar las coleccio­nes berlinesas y al constituir el «Kaiser Friedrich Museum».

Deseando enlazar his­tóricamente los resultados obtenidos en el campo de la escultura del siglo XV floren­tino, basa el desarrollo de éste sobre dos hechos principales: una libre visión sobre la vida humana y un conocimiento cada vez más profundo del arte clásico. Estos dos factores determinaron, en un conoci­miento artístico superior, la creación de Donatello, que Bode coloca en el centro de su tratado» intentando perfilar su indi­vidualidad frente a sus colaboradores e imitadores. Distingue luego, junto a éste y a Ghiberti, a otro gran iniciador del Renacimiento: Luca della Robbia, y nos enseña cómo en la obra de dicho maestro, que en este libro adquiere por primera vez una sistematización orgánica, se obtienen de los mismos principios consecuencias distintas hacia una acabada y afinada eu­ritmia. Ésta se convertirá en la finalidad artística de la siguiente generación: la de Rossellino y Desiderio de Settignano. De­dicando a Desiderio dos estudios (Desiderios Marmorrelief der Madonna in der Samml Dreyfuss. — Desiderio da Settigna­no und Francesco Laurana), Bode consigue importantes resultados filológicos, porque elimina una antigua confusión entre la figura de Desiderio y la de Laurana.

Los capítulos siguientes muestran como este naturalismo, cada vez más afinado, a me­nudo va a parar en el gusto por el tema y el cuadrito de género que caracteriza a de­terminados aspectos de la producción del siglo XV. Se mantenía como centro de la tendencia clasicizante más erudita la corte de los Medici, para la cual trabajó mucho el escultor y medallista Bertoldo di Gio­vanni. Éste, discípulo de Donatello, pro­porciona los primeros conocimientos a Mi­guel Angel; por tanto, es uno de los conductos que llevan de la gran línea tradicional a aquella individualidad, po­derosa, sí, pero no como cierta crítica que­ría, absolutamente autóctona. Por el con­trario, Bode insiste sobre su entronque con Donatello, precursor de toda la plástica florentina del XV que tiene en el joven Miguel Ángel su propio epílogo. La pro­paganda religiosa de Savonarola induce a partir de entonces a rechazar como pro­fano todo libre naturalismo y a crear se­veros tipos de genérica piedad, los cuales, difundidos por artistas como Giovanni della Robbia, abren el camino a la idealización del siglo XVI.

Bode, cuyos méritos son in­mensos como investigador y ordenador de material artístico, al estudiar la escultura se propuso finalidades similares a las de Cavalcaselle en el campo de la pintura. Pero sus resultados no pueden compararse con los de este último, porque demasiado a menudo el «connaisseur» erudito queda al margen del hecho puramente artístico y, colocando en el mismo plano argumentos morfológicos, iconográficos y culturales, no siempre consigue una segura valoración filológica. Por la misma razón el hecho histórico no se perfila de una manera es­pontánea como resultado de un pleno co­nocimiento crítico de las obras en particu­lar, sino que a menudo queda arbitraria­mente relacionado con hechos extrínsecos, culturales y políticos que escapan de la órbita del arte. Lo que continúa siendo un gran mérito de Bode, es el haber introdu­cido en la historia, con una primera siste­matización orgánica, un material vastísi­mo, en gran parte desconocido. Por tanto, su obra sigue siendo básica para el estudio de la escultura florentina.

L. Becherucci