Epitafio de Abercio, Eusebio

Es uno de los más insignes, si no el más insigne monumento de la cristiandad pre-constantiniana. El his­toriador Eusebio nos ha conservado en su Historia Eclesiástica (v.) los fragmentos de un tratado antimontanista dirigido a un tal Abercio Marcelo, alrededor del 193. El tra­tado debió escribirse al finalizar el siglo II en el reinado de Cómodo. El Abercio al que va dirigido el tratado, podría identificarse con el personaje del Epitafio, cuyos caracte­res paleográficos hacen suponer una fecha poco posterior. Conocíamos por otra parte a Abercio, antes de que Ramsáy descubrie­ra en 1883 los fragmentos de su epitafio en Gerópolis, en la Frigia Salutaris, a través de las vidas legendarias del siglo V o del siglo VI, en las que el Epitafio, fue muy utilizado y novelescamente embellecido.

El Epitafio dice: «Ciudadano de una ciudad elegida, he hecho en vida este monumento para que un día sea en él recogido mi cuer­po. Me llamo Abercio, soy discípulo de un santo pastor que apacienta sus rebaños por montes y llanuras y que tiene grandes ojos, cuya mirada se extiende por doquier. Él me ha enseñado las escrituras verídicas». El Epitafio continúa recordando un viaje a Roma, donde Abercio contempló la ma­jestad soberana y miró la faz de una reina con vestidos y zapatos de oro. En Roma, Abercio dice haber conocido un pueblo que llevaba un sello resplandeciente. A la vuel­ta, atravesó la llanura siria, visitando Nisibi allende el Éufrates. El lenguaje figurado de Abercio, al que las novelas hagiográficas hacen obispo de Gerópolis, y los giros de las frases metafóricas dieron motivo, en los primeros años después del descubrimiento de los fragmentos de mármol, a una serie de interpretaciones alambicadas. Ficker veía en Abercio un sacerdote de Cibeles; Die­trich, creyó reconocer en él un sacerdote de Attis.

Todo esto no son sino hipótesis paradójicas. La mención del epistolario pau­lino en el Epitafio, es una indiscutible contraseña. Abercio es el dignatario cris­tiano en el que vive plenamente el misti­cismo cristiano anatólico del comienzo del siglo III, con su adhesión a la sede roma­na, que en la lucha contra el montañismo afirmó su predominio y su acendrado ma­gisterio. No sin causa el Epistolario de Abercio ha sido definido como la reina de las inscripciones cristianas. Los frag­mentos marmóreos del Epitafio, fueron ofre­cidos al Pontífice León XIII, por concesión del gobierno turco de la época, y el Papa los hizo colocar en las Galerías Vaticanas.

E. Buonaiuti