[Essais de Théodicée sur la bonté de Dieu, la liberté de l´homme et Vorigine du mal]. Obra del filósofo alemán, publicada en francés en Amsterdam el 1710. Bayle había criticado el optimismo leibniziano contraponiéndole la existencia del mal; con tal motivo así como por la insistencia de Sofía Carlota, reina de Prusia, respondió el autor con esta obra, que es la más vasta e importante entre las que publicó. Contiene un «Prefacio», un «Discurso de la conformidad de la fe con la razón» y «Ensayos» propiamente dichos, un resumen de la controversia y varios apéndices. El «Prefacio» insiste sobre la idea de que la posición religiosa es amor a la par que inteligencia: el intelecto que admira en el mundo la sorprendente construcción del Creador, se ve impulsado a amarlo, y en este recíproco contentamiento de razón y sentimiento encuentra la felicidad.
El «Discurso» preliminar desarrolla el tema del necesario acuerdo entre la razón y la revelación, en cuanto la primera es idéntica a la divina y, en consecuencia, lo mismo que la Revelación, es don de Dios; de este modo Leibniz persiste en su ideal de unificación de las iglesias cristianas, por el cual abajó también en su calidad de diplomático; pero sin quererlo sienta las bases del movimiento de los librepensadores, que se desarrolló en alemania paralelamente al de Inglaterra, surgido a su vez de análogas premisas de Locke. Los «Ensayos» son extensos, prolijos y, en gran parte, polémicos, abordando dos temas fundamentales entre innúmeras digresiones: el de la libertad del hombre y el de la economía de la arquitectura divina. La acción humana es contingente, y por ello podría ser, sin contradicción, distinta de lo que es: la presciencia divina no la hace necesaria. Pero de este modo la libertad, como «liberum arbitrium indifferentiae» no está exenta de peligros; en último análisis, la acción depende de la esencia de la personalidad misma, y ésta, por tanto no puede ser otra cosa de lo que es. Así Leibniz abre el camino a esa idea personalista de la ética, que será desarrollada por Schelling y, en nuestros días, por Simmel .(v. Intuición de la vida) y por Scheler (v. El formalismo en la ética).
Judas cometió su traición no porque un hado le obligase a ello, sino porque en esencia, antes de traicionar, era ya un traidor. Pero ¿por qué realizó Dios tal esencia? ¿Por qué convirtió Dios en acto la simple posibilidad de ser perverso? Aquí aparece un segundo tema: Dios no podía crear otro Dios, es decir, un mundo absolutamente perfecto; todo mundo posible entraña imperfecciones; Dios, en su infinita sabiduría y bondad (he aquí un concepto fideísta justificado en el «Prefacio»), eligió un mundo en que apareciesen realizadas en grado máximo las perfecciones compatibles entre sí; éste es, por consiguiente, «el mejor mundo posible». Ante tal designio de Dios, los acontecimientos particulares pierden significado y valor y el creyente debe inclinar su frente, admirado, y amar a Dios, viendo en Él a un tiempo al Arquitecto sabio y al Legislador bueno. Con esta visión de juiciosa felicidad, cerró el siglo XVII sus prolongadas y atormentadas investigaciones sobre el problema religioso, dejando a las edades futuras el desenvolvimiento de este caudal de argumentos especulativos. [Trad. de Patricio de Azcárate en Obras, tomo V, Teodicea (Madrid, 1878) y de Eduardo Ovejero y Maury con el título La Teodicea o Tratado sobre la libertad del hombre y el origen del mal (Madrid, 1928)].
G. Preti

