Descripción del Templo de Santa Sofía, Pablo Silenciario

Fue compuesta y declamada por Pablo Silenciario (hacia 500-575), poeta y dignatario de la Corte de Constantinopla, con ocasión de los magníficos festejos que tuvieron lugar para la segunda inauguración de la gran iglesia bizantina, en Noche­buena del año 562. El templo, fundado por Constantino y dedicado a la «Divina Sabiduría» fue reconstruido por Justiniano, después de haber sido in­cendiado en el 530 en la revolución llama­da de Nica, y por el mismo emperador fue reconstruido todavía con más lujo, des­pués que el terremoto del 558 destruyó el ábside central, el tabernáculo y el ambón.

El pequeño poema consta de 1.029 versos (140 trímetros y 889 hexámetros) para la descripción de la iglesia, a los que hay que añadir otros 304 versos (29 trímetros y 275 hexámetros) para la descripción del púlpito o ambón. Tras un largo exordio cor­tesano, alabando al Emperador y al patriar­ca Eutiquio, que presenciaba la inaugura­ción, expresa la general consternación de los ciudadanos por la ruina de la parte oriental de la cúpula en el terremoto del año 558 y la alegría que penetró en los ánimos con la nueva y más espléndida re­construcción. Describe, después, minuciosa­mente, la gran iglesia, cuya construcción encargó Justiniano a los insignes arqui­tectos Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles. De esta descripción resulta que delan­te del templo se extendía un amplio atrio, flanqueado de pórticos, atrio que tenía en medio una fuente de mármol que dejaba caer el agua en grandes pilones. Nuevas puertas daban acceso al sacro edificio y lle­vaban a la nave central rematada por una enorme cúpula que se apoyaba en cuatro arcadas, que a su vez se apoyaban en cua­tro pilastras colosales. Dos de estas arcadas se cerraban por un muro sostenido por dos filas de columnas. Sobre otros dos arcos, se apoyaban dos medias cúpulas que soste­nían la cúpula central. En el fondo, había tres ábsides: el medial miraba hacia Orien­te y contenía el altar y el santuario.

Los laterales se abrían en columnatas de dos pisos, y de estos pisos, el superior, estaba reservado a las mujeres. Pero lo que más impresionaba al poeta — cosa natural en un bizantino para quien el gusto reside en el lujo y la magnificencia — era la espléndida decoración del templo. Cerca de doscientos versos se ocupan de la descripción de los mármoles policromos que recubrían los mu­ros del templo, de los mosaicos que reves­tían las bóvedas, las cúpulas y los ábsides; de los mármoles y los mosaicos del pavi­mento; de las altas columnas de pórfido, de mármol blanco y mármol verde, de los trabajos de cincel en las planchas de plata del pavimento; de las telas tejidas con seda y oro. No olvida tampoco el poeta la ilu­minación fastuosa del templo: lámparas en forma de naves, candelabros en forma de árboles que se iluminaban como si flore­cieran, linternas que al separarse de la base circular de la cúpula lograban que «la no­che espléndida riese como el día, y apare­ciese también la de los pies de rosa». Apar­te se describe el púlpito o ambón, gran tri­buna que se elevaba en el centro del edifi­cio bajo la cúpula, sostenido por ocho co­lumnas. A él se ascendía por medio de dos escalas. Estaba también ornado de mármo­les policromos y de maravillas de arte. La descripción carece ciertamente de grandes méritos artísticos; es una declamación re­tórica llena de todos los recuerdos clásicos, y sobre todo épicos, comunes a todos los poetas del tiempo.

Pero, sin embargo, es de notable importancia como documento para la historia del arte, porque ella, junto con la descripción contenida en el tra­tado de Los edificios (v.) de Procopio de Cesarea, constituyen el testimonio más de­tallado de un contemporáneo que tuvo la visión directa del monumento, descripción que puede servir en nuestros días para la reconstrucción de la gran iglesia, que me­recidamente fue el orgullo de Bizancio y el mayor y más significativo monumento del arte bizantino.

S. Impellizzeri