Del Servil Arbitrio, Martin Lutero

[De servo ar­bitrio, Vom unfreien Willen]. Es la res­puesta de Martin Lutero (1483-1546) a la Diatriba sobre el libre albedrío (v.) de Erasmo de Rotterdam (1524), publicada en 1525. La cuestión de la gracia y del libre arbitrio, desde la Antigüedad, ha dado oca­sión a disputas memorables en la Iglesia, siendo la más destacada, entre todas, la de San Agustín y Pelagio. Aquélla señala, en los años próximos a 1525, la ruptura entre la Reforma y la corriente de renova­ción católica y humanística que en el de­cenio anterior había mantenido la aspira­ción común a una vida religiosa de mayor sencillez e interioridad.

Entre la espiritua­lidad de un Erasmo, nutrida por el clasi­cismo y formada en la escuela de los Pa­dres griegos, y el estrecho agustinismo de la Reforma, era inevitable una explica­ción. En las tesis teológicas en oposición, se puede apreciar, por una parte, la exigencia de racionalidad y de dignidad humana autónoma, que dos siglos después será el alma de la Ilustración, y por otra, la re­viviscencia de motivos pesimistas cristia­nos medievales y antiguos, que bajo un ropaje revolucionario constituirán la esen­cia de la Reforma. La cuestión discutida entre Erasmo y Lutero es si la salvación del alma permite deducirse, en última ins­tancia, de una libre decisión del hombre. Erasmo, apoyándose preferentemente en los Padres de la Iglesia, lo afirma. Se halla siempre dispuesto a conceder que la gracia tiene una parte importantísima en la sal­vación; pero si se negase que el hombre puede cooperar con ella, se suprimiría toda responsabilidad humana, desconociendo las innumerables exhortaciones del Evangelio, que presuponen que pueden ser aceptadas. Por consiguiente, es preferible atenerse a la simple fe del Evangelio que promover disturbios y discusiones nocivas para las almas.

Lutero contesta, ante todo, a esta ob­jeción, reprochando ásperamente a Erasmo su pusilanimidad. La verdad debe ser siem­pre proclamada, aunque el mundo entero debiera quedar convertido en ruinas. Por otra parte, la doctrina de la gracia es per­judicial tan sólo para los réprobos, mien­tras sirve de consuelo para los píos y fieles cristianos. Lutero ironiza sobre las exigen­cias modestas del libre arbitrio de Erasmo, que no puede apenas nada y es cosa tan mezquina que no merece aquel solemne tí­tulo. Es mejor admitir sin más que la vo­luntad humana, en el orden de la salvación, es completamente impotente y esclava del pecado. Para comprender esta paradoja se debe recordar que el reformador, cuando habla- del pecado, no se refiere tanto al he­cho concreto como al vicio originario, la «concupiscencia», la falta de fe en Dios, el amor propio (mientras la teología cató­lica no considera la concupiscencia como pecado en sentido propio, mientras no re­cibe la adhesión de la voluntad). Lutero no niega que el hombre sea capaz de determinarse libremente en las «cosas civiles» o de escoger entre una acción honesta y otra deshonesta. Pero, señala él, puesto que en nuestras mejores acciones se insinúan mo­tivos impuros (como el amor propio), nin­guna acción humana puede considerarse pura ante Dios, y la «servidumbre» del pe­cado se extiende hasta las más elevadas expresiones de la moralidad, que tienen necesidad de perdón.

Pero la absolución gratuita de los pecados por mérito de Cris­to, liberando al hombre del demonio del pecado y de sus consecuencias, pone como condición una «libertad» que deja de ser el «libre arbitrio», la abstracta posibilidad de elegir entre el bien y el mal, sino que es buena voluntad, capacidad de obrar por amor de Dios. En esta libertad reside el valor del hombre, y quien la conoce no tiene necesidad de la reivindicación huma­nística de la dignidad moral del hombre, porque su dignidad se halla entonces basa­da en Dios, en su gracia y en su generoso perdón. Otro motivo, en efecto, se mezcla en el libro con el de la humillación del hombre, y es la idea de Dios como volun­tad absoluta, que todo lo mueve y arrastra según sus fines. La acción soberana de Dios, que concede la gracia a quien quiere y la hace insensible para otros, se encuentra más allá de nuestras valoraciones morales, pero debe ser juzgada como supremamente justa. La exigencia religiosa de la glori­ficación de Dios sobre todo límite, se afirma en Lutero con una energía nada común, has­ta contraponerse a la exigencia moral, que plantea la existencia de una medida común entre la justicia humana y la divina. Pero precisamente el vigor innato y la intrepi­dez de expresión de la conciencia religiosa aparecen entre las más interesantes carac­terísticas de la obra.

G. Miegge