[De magistro liber]. Diálogo didáctico entre San Agustín (Aurelio Agustín, 354-430) y su hijo natural Adeodato, entonces de dieciséis años de edad, escrito dos años después del bautismo de entrambos, en 389. De su hijo e interlocutor dirá más tarde San Agustín en sus Confesiones (v.): «Tú (Dios mío), lo habías formado bien: a quince años ya superaba en ingenio a hombres graves y doctos… Reconozco tus dones…
En el libro De magistro él es quien habla conmigo; y Tú sabes que todo cuanto se atribuye allí a mi interlocutor representa sus sentimientos. He sido testigo de muchas cosas maravillosas de su parte. Su precoz ingenio me asusta…». Dos años más tarde, San Agustín había de perder a su hijo. En la Verdadera religión (v.), escribirá al año siguiente: «No quieras salir fuera de ti: vuelve a tu interior; la verdad habita en lo más íntimo del hombre». Este carácter de interioridad es, por lo tanto, declarado esencial para el sistema educativo. Con un largo y agudo análisis según el método socrático, San Agustín hace que su hijo Adeodato descubra que no son las palabras del maestro las que enseñan la verdad. Las «palabras, sonido y rumor de palabras» no significan nada, a menos que se conozca de antemano su contenido: las cosas que significan o las ideas que quieren expresar y que trascienden a ellas. Por esto unas mismas expresiones tienen sentidos distintos según los diversos espíritus. Es la verdad que nos habla dentro, la que nos hace reconocer en las palabras un medio o instrumento apto a expresarla. «Acerca de todas las cosas que entendemos consultamos aquella verdad que preside interiormente nuestra propia mente, y no ya a aquél que nos habla y cuya voz suena, exteriormente, con palabras’ que tal vez nos exhortan a consultarla.
Pero el que’ es consultado e instruye verdaderamente es aquel Cristo interior que habita en lo más íntimo del hombre, esto es, la Potencia y la Sabiduría eterna de Dios a la que en realidad se vuelve toda alma en ansia de consejo, pero que se manifiesta a cada uno en proporción mayor o menor según su propia buena o mala voluntad». En cuanto a las disciplinas enseñadas por los maestros, evidentemente no se identifican con las ideas personales de éstos, y «cuando éstos hayan explicado con palabras todas las enseñanzas que aseguran dar, incluyendo la virtud y la sabiduría, aquellos que se llaman discípulos reflexionan en su interior si lo que se les ha dicho es o no verdad, refiriéndolo, en la medida que sus fuerzas se lo permitan, a aquella verdad interior. Entonces empiezan a aprender, porque si después de este examen interior encuentran que se les dijo la verdad, la alaban, sin darse cuenta de que más que a los instructores alaban a los instruidos. Y los hombres se engañan cuando llaman maestros a aquellos que no lo son, por la razón de que, con la mayor frecuencia, entre el momento de la lección y el de la comprensión no hay distancia de tiempo… y por ello se creen haber aprendido de aquel que les instruyó».
De ahí que cada hombre sea, en realidad, bajo la palabra sugestiva del maestro, el verdadero maestro de sí mismo, y más bien discípulo de la verdad que «dicta por dentro». Adeodato, preguntado al final de la discusión acerca de lo que piensa de todo este discurso — visto que, si éste es cierto, no ha sido San Agustín quien le ha enseñado lo que había dicho, a .menos que él, Adeodato, lo haya reconocido por verdad — contesta: «De las consideraciones de tus palabras he aprendido que las palabras no hacen otra cosa que estimular al hombre a aprender, y que es muy poco lo que en el discurso aparece como pensamiento del que habla; y así sólo debe ser llamado maestro de verdad Aquel que nos reveló que Él habitaba dentro cuando hablaba fuera. Con el favor de Aquel, tanto más ardientemente le amaré cuanto más adelante en aprender». En el Modo de catequizar a los ignorantes [De cathechizandis rudibus liber], Agustín completará este concepto didáctico («Ama et fac quod vis») indicando que en el amor del maestro por el discípulo reside el secreto de la actividad y eficacia educativa.
Sólo el amor puede establecer una íntima comunión de espíritu entre maestro y alumno, de modo que aquél, humillándose, se enriquezca profundizando el conocimiento de lo que enseña y vibrando con la emoción del discípulo, el cual así pasa a ser. en cierto modo, maestro a su vez; y ambos se funden y unifican en la comprensión de aquella verdad que trasciende a uno y otro en su soberana universalidad. [Trad. española de los PP. Fray Victorino Capánaga. Fr. Evaristo Seijas, Fr. Eusebio Cuevas, Fr. Manuel Martínez y Fr., Mateo Lanseros en Obras de San Agustín, tomo III (Madrid. 1951)].
G. Pioli

