[A Defence of Poetry]. Ensayo crítico de Percy Bysshe Shelley (1752-1822), compuesto en 1821. Es la primera parte de una obra que Shelley se había propuesto escribir, contestando a un ensayo crítico de T. Love Peacock (1785- 1866), en el que se afirmaba que la poesía había llegado a la muerte, pues habiendo realizado su cometido en la infancia del mundo debía ceder ya su puesto a las formas prácticas en la edad madura. Shelley parte, en su defensa, de la distinción de Locke entre «ingenio» y «juicio», que él rebautiza con los nombres más propios de «razón» y de «imaginación», tratando de hacer derivar, de los principios sensitivos y neo- platónicos, una teoría estética que le satisfaga; sin ofrecer precisamente una síntesis rigurosa de los principios de los distintos autores, aunque no falta una síntesis provisional, poética y sentimental. El espíritu de la belleza, dice sustancialmente, informa ideas poéticas que tienen vida absoluta, pero que, al darse a conocer a nuestros limitados intelectos, deben vestirse de contingencia, y vivir encubiertas con un velo que les presta la época, bajo el cual los hombres las entrevén en proporción a su penetración y elevación espiritual.
En estas envolturas perecederas, encierra cada edad lo que el espíritu creador suscita en ella. Y gracias a estas representaciones, contemplando las cuales los hombres se sienten, en cierto modo, creadores, lo perecedero que hay en cada edad se une a lo eterno. Nace, en suma, continuamente el mundo como poesía. Siempre que una cálida ola de sangre poética penetra en las arterias de la vida, ésta se acrece; surgen entonces nuevas mitologías que todavía no son identificables con las necesidades inferiores de lo útil; la humanidad sigue orientaciones nuevas; y si en las edades decadentes, como la helenística, la poesía resulta idílica y sensual, también expresa siempre los residuos del espíritu creador, que es posible dentro de aquella laxitud. Por eso, para Shelley, como para Platón, poesía, generalmente hablando, «es toda causa gracias a la cual, lo que no es, pasa a ser»; y esto permite a Shelley el llamar a su modo poetas, además de los líricos y los épicos y todos los artistas, a los fundadores de ciudades, y a los creadores de instituciones civiles y religiosas. La imaginación es, por tanto, para él, mucho más de lo que era para Locke: simple componedora de las ideas, según gustos y afinidades, en asociaciones agradables; es fantasía creadora.
Utilizando el mito del niño y el salvaje, muestra que éstos entienden la virtud creadora, comenzando con el gesto y el discurso, a manifestar hechos expresivos. «El lenguaje es poesía — afirma—, todo lenguaje originario, cercano a su fuente, encierra en sí el caos de un poema cíclico»; esto es, cada palabra es una imagen; «hasta que las palabras llegan a ser, con el tiempo, signos de fragmentos o clases de pensamiento, en lugar de ser pinturas de pensamientos integrales; y, entonces, si no surgieran nuevos poetas para renovar las asociaciones tan empobrecidas, el lenguaje estaría muerto para todos los más nobles oficios de las relaciones humanas». Las aplicaciones pedagógicas de tales principios son bastante a menudo evitadas, y Shelley, a pesar de no pocas vacilaciones y de alguna contradicción, llega por fin a afirmar que la poesía es tanto más eficiente, cuanto más absolutamente es poesía y cuanto más lleva las nuevas aspiraciones, íntimamente transfundidas en la materia fantástica. Le parece propio de las edades débiles la superposición de intereses prácticos al impulso imaginativo; y observa que, teniendo esto en cuenta, un poeta renuncia a la cualidad de creador para conseguir la cualidad inferior de divulgador y de autocomentador. Shelley señala también la idea, históricamente errónea, de una «forma absoluta» a que todas las épocas tienden, pero que sólo concretan en un arte madre (la poesía: «ars artium») las épocas fundamentales del mundo, ligadas en un parentesco sublime.
Porque esta forma no le parece igualmente alcanzable por todas las artes, sino, supremamente, sólo por la poesía entendida en el sentido material de lenguaje rítmico. Sólo la poesía emplea una sustancia perfectamente libre: el pensamiento y la lengua; en tanto las demás artes se sirven de materia pasiva y bruta: el color, el mármol, el sonido. De aquí su errónea consideración de una función de la «técnica» en estas artes inferiores; mientras que para la poesía deja bien afirmado que las catalogaciones de léxico, las instituciones de retórica y las recetas formales, no son otra cosa que producto de la edad mecánica, falto de valor creador. En conjunto, la defensa que Shelley hace de la poesía resulta una animosa teoría de la actividad elemental creadora, y se anticipa netamente al pensamiento estético inglés de su tiempo. El estilo de la Defensa, entretejido de imágenes heroicas, soberbiamente dispuestas, es una de las más hermosas prosas poéticas del siglo XIX, que no abundó en prosas suntuosas. Shelley logra aquí verdaderamente separar de símbolos vanos, intelectualistas y retóricos, el núcleo de su pensamiento y ofrecer a menudo éste en su más cordial intimidad. La materia estudiada por él es inmediata a su «forma mentís», palpitante y dócil, bajo su entusiasmo creador.
Y si a veces el autor oscila y ondula, exagera y retrocede y parece ahora desmentir lo que una página antes afirmó, más a menudo le vemos fijar el problema del arte con ojos vírgenes, y es entonces justamente cuando sin darse cuenta filosofa de modo vigoroso y seguro. El «amor» de sus impetuosas efusiones humanitarias, el «espíritu» de las vacías elucubraciones metafísicas, revelan que lo que aquéllas significan de más verdadero y fecundo, dicen en su verdadero nombre lo que es la «poesía», y la teoría de la poesía se hace, entonces, teoría de la universal actividad creadora, que soporta y nutre a la vida; llegando así a ser el espíritu poético, nada menos que el motor primero del mundo. Tal es el eje de esta Defensa, la más vasta y definitiva que cabía esperar. [Trad. española de Agustín Esclasans (Barcelona, 1942)].
E. Cecchi

