Apología de Galileo, Tommaso Campanella

[Apología pro Galilaeo]. Tratado apologético de Tommaso Campanella (1568-1639), compuesto a prin­cipios de 1616 en la prisión de Sant Elmo con el título de Questione, enviado el mis­mo año a Galileo y al Cardenal Bonifacio Gaetani que lo había suscitado, e impreso en 1622 en Francfort con el título: Apolo­gía pro Galilaeo, Mathematico Florentino ubi disquiritur utrum ratio philosophandi quam Galileus clebrat javeat sacris scripturis, an adversetur. El escrito de Campanella aspira a responder a la pregunta propuesta por el Santo Oficio a sus consultores acerca de la ortodoxia de las dos proposiciones: «El sol es el centro del mundo y carece por com­pleto de movimiento local»; y, «la tierra no es el centro del mundo ni está inmóvil, sino que se mueve con toda su masa, y con movimiento diurno». En las estrecheces que estaba padeciendo Campanella sin otros recursos científicos que su prodigiosa memo­ria y el enorme material de lecturas regis­trado en ella, la Apología de Galileo com­puesta en breve período de tiempo no podía dejar de resultar inorgánica y apresu­rada, aunque erudita, combativa y persua­siva. La obra, además de documento his­tórico ligado con el primer proceso galilea- no, tiene el valor de un noble monumen­to de devoción al hombre de ciencia ve­nerado y, más aún, a la verdad, y de valor al afrontar el peligro de agravar sus pro­pios males «innumerables», que ya opri­mían al filósofo.

Va precedida de una es­pecie de dedicatoria a Gaetani, de una breve introducción y del plan del trabajo, distribuido en cinco capítulos: «argumentos contra Galileo», «Razones en su defensa», «Hipótesis fundamentales para resolver el doble requerimiento», «Respuesta a los ar­gumentos en contra», «Razones en defensa». Los argumentos favorables son, la aproba­ción de Paulo II y de los cardenales «de clarísimo ingenio» a la obra de Copérnico; y la aprobación al «doctísimo» cardenal Cusano, que abrazó esta opinión, por parte de un «autor de Ñola (Bruno), de otros que por ser heréticos no es lícito nombrar», de Kepler, del jesuita Clavio, etc. La eru­dición histórica, hebraica, clásica y patrísti­ca invocada por Campanella, es sin embar­go, menos sólida. Un párrafo va dedicado a los varios errores científicos de los Pa­dres, ya reconocidos; otro a desacreditar a Aristóteles, enumerando sus errores con­tra la doctrina cristiana («Aristóteles… en­gendró el maquiavelismo»); otro a movili­zar todas las opiniones de los Padres, favo­rables a Galileo. Por lo demás: «que la tierra sea o no sea centro del mundo no tiene ninguna relación con los dominios de la fe».

Entre las respuestas a los argumen­tos contra Galileo, se rebate la acusación de admitir la pluralidad de los mundos: puesto que él admite «no ya mundos, sino varios sistemas en este mundo…; además, no se halla ningún decreto de la Iglesia que declare falsa la existencia de muchos mundos». El último capítulo termina con la exhortación que «no se prohíba a Ga­lileo proseguir sus estudios y sus indaga­ciones, ni se supriman sus escritos», ha­ciendo «caer en ridicula apariencia a las Sagradas Escrituras», y con la declaración de someterse al juicio de la Iglesia Roma­na. Tenemos noticias del aprecio que Gali­leo tuvo por el valor histórico-filosófico y científico de aquel escrito campanelliano vastamente difundido en alemania y en Holanda. Trad. italiana de Egisto Peladini (Lanciano, 1911).

G. Pioli