Mística Ciudad de Dios, Sor María de Jesús de Agreda

Libro de Sor María de Jesús de Agreda (1602-1665), que tuvo fama de iluminada, publicado en 1668 y cuyo título completo sigue así: Mi­lagro de su omnipotencia y abismo de la Gracia, Historia divina y vida de la Virgen Madre de Dios, dictada y manifestada en estos últimos siglos por la misma Señora a su esclava Sor María de Jesús, abadesa in­digna de este convento de, la Inmaculada Concepción de la villa de Agreda.

Numero­sos congresos eclesiásticos, no pocas univer­sidades, innumerables teólogos, el mismo tribunal de la Suprema Inquisición, reyes, obispos,, cardenales y papas coincidieron en su aprecio y estimación de esta obra, tradu­cida incluso al griego y al árabe. Con todo, produce abundante reposo en el ánimo del lector la «Protesta» antepuesta al libro se­gún la cual: «El ser la Mística Ciudad de Dios manifestada por divina luz, sólo debe creerse hasta ahora con fe humana». Fe humana de la que es imprescindible usar ya en la introducción, cuando la escritora nos dice que «…El mismo Señor me obligó y compelió a que escribiera la vida de su digna Madre». De ahí que Sor María de Je­sús, aun teniéndose por «monja débil y sin virtud», tampoco se resista a la inspiración y escriba la Vida de Nuestra Señora. El modo como vino a componerla fue el si­guiente: en el año octavo de la fundación de su convento y contando veinticinco Sor María de Jesús, fue ella nombrada prelada de la comunidad.

Abrumada por esta res­ponsabilidad acudió a la Virgen, quien la consoló prometiéndole su consejo. Así sur­gió la creciente intimidad con la Celestial Señora, particularmente cordial en sus festividades. Por fin el Todopoderoso indicó a la prelada su deseo de que escribiese la secreta historia de los «sacramentos y be­neficios» que había obrado en su Madre, como lo hizo la monja, encaminada por «santos príncipes y ángeles» (especialmente por San Miguel), no sin antes desconfiar repetidamente de sus fuerzas, por ser «tar­tamuda y enmudecida mi lengua». Pero eran muchas las luces y no pocas las obe­diencias debidas (también a los bondadosos prelados), de modo que Sor María se re­signó a escribir, y lo hizo no una, sino dos veces, pues la primera, «como era la luz con que conocía los misterios tan abundante y fecunda, y mi cortedad grande, no bastó la lengua, ni alcanzaron los términos, ni la velocidad de la pluma, para decirlo todo». Encuéntrase, pues, en Sor María una ver­dadera preocupación estilística, una lucha por no pecar con el lenguaje y el ritmo. Y así, recibido nuevo auxilio sobrenatural, experimenta una gran consolación al decidirse a escribir por segunda vez y esta­blecer el esquema de su obra.

Comprende ésta tres partes: la primera abarca los quince años tempranos de la Princesa del Cielo; la segunda abarca el misterio de la Encarnación y todo el período de la vida de Cristo; la tercera, el tiempo restante de la estancia de la Virgen en la tierra, hasta su feliz tránsito, Asunción y Coronación en los Cielos. Estas tres partes se organizan en ocho libros, «para que sean más manuales». He aquí la arquitectura de la Mística Ciudad de Dios: enlazados edificios, sorprendentes e inauditas gran­dezas celestiales, prolijas, bíblicas reso­nancias, coincidencias casi demasiado literales con la cotidiana doctrina católica. Pá­ginas repletas de dulces adjetivos y bellas imágenes de los libros sagrados, que no habrían llegado a la posteridad de haber obedecido Sor María de Jesús a cierto oca­sional confesor: «Que las mujeres no ha­bían de escribir en la Santa Iglesia».

R. Jordana