Colección de veinticinco poemas que tienen por tema milagros de la Virgen, precedidos de una introducción; es la obra más conocida del poeta español Gonzalo de Berceo (nacido en la Rio ja a fines del siglo XII y muerto a mediados del XIII).
Muchos han sido los críticos e investigadores que se han interesado por este primitivo monumento de la poesía española, no ya por el simple valor histórico y arqueológico que pueda tener, sino también por las evidentes cualidades literarias de estos deliciosos milagros. La edición más asequible es la que en 1934 publicó A. G. Solalinde en la colección «Clásicos Castellanos». Uno de los primeros problemas que plantean los Milagros de Berceo es el de las fuentes, fuentes a las que el poeta se refirió continuamente para dar veracidad a su obra. Berceo es fiel al manuscrito que tiene delante, y prescinde de la tradición oral cuando ésta no viene respaldada por el testimonio escrito (así en la Vida de Santo Domingo, dice: «Lo que non es escripto non lo afirmaremos»). Sobre este texto que sirvió de fuente a su obra difieren las opiniones. Algunos investigadores franceses se han empeñado en que los Milagros de Nuestra Señora deriven de los Miracles de la Sainte Vierge (v. Milagros de la Santa Virgen), obra de Gautier de Coincy, no sin reconocer que Berceo «tuvo el secreto de combinar y disponer las palabras de su lengua con rara armonía». Pero hay siete milagros en Berceo que no se encuentran en Gautier, lo que hace dudosa esta filiación, sobre todo si nos atenemos al carácter de colección que tenían estos textos en tiempo de Berceo y ‘que con ellos los autores sólo se proponían proporcionar ejemplos de edificación y de formación cristiana.
Los autores de la Histoire Littéraire de la France, dudaron ya de que Berceo hubiera imitado a Gautier de Coincy y suponían que la fuente de los Milagros era una recopilación latina. Menéndez Pelayo, en su Antología de poetas líricos ataca también la filiación francesa de esta obra del poeta riojano. Richard Becker descubrió por fin la fuente de los Milagros: el manuscrito Thott de la Biblioteca de Copenhague, texto hagiográfico en latín que coincide en temas y en orden con los Milagros de Nuestra Señora, excepto en el último milagro, que fue una adición posterior del propio Berceo. Seguramente el poeta utilizó un manuscrito emparentado con este texto de Copenhague. Becker no admite por tanto como fuente de la obra de Berceo la de Gautier de Coincy, ni la Leyenda áurea de Jacobo de Vorágine, ni el Speculum historíale de Vicente de Beauvais, obras que divulgaron por Europa todo género de milagros. Tampoco existe ninguna relación con las Cantigas de Alfonso el Sabio, a pesar de que todos los milagros de Berceo, excepto los III, V, X, XI, XII y XXV, coincidan con otros de las cantigas.
Los Milagros de Nuestra Señora se abren con una magnífica introducción de carácter simbólico en la que el poeta acaece en un prado: «Yo, maestro de Gonçalvo de Verçeo nomnado / iendo en romería caeçí en un prado / verde e bien sençido, de flores bien poblado, / logar cobdiçiaduero pora omne cansado». Este prado que Berceo encuentra durante la romería de su vida, lleno de verdor, poblado de fuentes, de árboles y flores, no es sino la Virgen — o más propiamente en lenguaje de Berceo, la Gloriosa—; las cuatro fuentes claras son los cuatro evangelios; las sombras de los árboles son las oraciones que la Virgen reza por los pecadores; las aves que allí cantan son los apóstoles, profetas, confesores, mártires, vírgenes, santos, padres, etc.; las flores son los nombres de la Virgen. Se ha intentado una clasificación de los Milagros: la primera categoría la integrarían los que tienen por protagonista a un clérigo. De ellos es ejemplo cabal «La casulla de San Ildefonso», milagro que tuvo gran difusión en toda Europa y uno de los mejores de la colección, que narra la donación milagrosa, por parte de la Virgen, a San Ildefonso, arzobispo de Toledo, de una casulla milagrosa («obra era angélica, non de omne texida») por la gran devoción que el santo le tenía.
La leyenda de esta casulla que después de la muerte de San Ildefonso quiso ponerse el obispo que le sucedió, hombre «soberbio» y de «seso liviano», y que se fue estrechando hasta ahogarle, había de pasar a la literatura posterior y fue tratada por Lope en la comedia El capellán de la Virgen, por Calderón en el primer acto de Origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario de Toledo y por Valdivielso en el Sagrario de Toledo. Estos milagros que tienen por tema un clérigo se pueden dividir en dos grupos: a) milagros cuyo protagonista es un clérigo simple e ignorante, y b) milagros que tienen como protagonista un clérigo malvado y pecador. Entre los primeros destaca «El clérigo ignorante» (IX), el del «simple clérigo pobre de clerecía» que no sabía sino la misa de la Virgen; el obispo indignado le castiga, pero se le aparece la Virgen y le dice: «… Don obispo lozano, / contra mí ¿por qué fuste tan fuert e tan villano? / lo nunqua te tollí valía de un grano, / e tú asme tollido a mí un capellano»; y el clérigo simple volvió a decir «cutiano missa de la Sancta María». Entre los segundos destacan «El clérigo y la flor» (III), el del clérigo «enbevido» en los vicios seglares que por intercesión de la Gloriosa es resucitado y enterrado en lugar sagrado; «El sacristán impúdico» (II), «El prior y el sacristán» (XII), «El clérigo embriagado» (XX), «La abadesa encinta» (XXI), «El milagro de Teófilo» (XXIV), uno de los más divulgados en la Edad Media y que fue después tratado por Kutebeuf, el del clérigo que hace pacto con el diablo para vengarse de su obispo, vendiendo su alma. Una segunda categoría la forman los milagros que tienen como protagonistas a seglares. Como en el caso de los clérigos, se pueden dividir en: a) seglares piadosos, y b) seglares pecadores. De los primeros es ejemplo «La boda y la Virgen» (XV), que narra la historia del joven dedicado a la Virgen, que ella arranca del tálamo nupcial la noche de bodas, y en el que se ha querido ver una reminiscencia pagana («Assaz eras varón bien casado comigo», le dice la Virgen); «El pobre caritativo» (V), «El romero de Santiago» (VIII), «El náufrago salvado» (XXII), «La deuda pagada» (XXIII) y «Un parto maravilloso» (XIX). De entre los que tienen como protagonista a un seglar pecador, debemos destacar «El labrador avaro» (XI), el del labrador que «más amava la tierra que non al Criador» que «cambiava los mojones por ganar eredat», pero que se salva porque cada día reza a la Gloriosa; .«El ladrón devoto» (VI), «Los dos hermanos» (X), «La iglesia profanada» (XVII). Un último grupo lo forman los referentes a tema judío, como «El niño judío» (XVI), el del niño judío que comulga, y «Los judíos de Toledo» (XVIII), que narra los sacrilegios que cometieron y el castigo que recibieron.
Los Milagros de Berceo tienen una sabrosa ingenuidad, un don casi de simpatía que traslucen lo que debió ser el poeta, que se dirige a sus lectores mediante los recursos del arte juglaresco que pedían la atención del público, pero que en él tienen un tono de entrañable cordialidad. El poeta nos muestra su confianza sin límites en la Gloriosa y escribe para nuestra edificación espiritual: María es la defensora del hombre ante Cristo, para ella no hay nada imposible; si alguien ha muerto en pecado le hace resucitar y le da plazo para arrepentirse; si una abadesa está encinta hace el milagro de que el hijo nazca antes de que llegue el obispo y lo encomienda a los ángeles, etc. En esta calidad cordial de la obra de Berceo han insistido los críticos, y se ha llegado a decir que su obra es la «sonrisa de la sencillez». Su poesía no ha sido lo suficientemente valorada hasta nuestros días. Críticos, investigadores y poetas han tratado de sus poesías y evocado sus versos. Pérez de Ayala imita la introducción a los Milagros en su poema «La paz del sendero»; Rubén Darío encomia su «delicioso alejandrino», y Enrique de Mesa evoca el vaso de «bon vino». Pero los autores que mejor quizás han interpretado la obra de Berceo han sido Azorín y los dos Machado. Azorín en Al margen de los clásicos (v.) evoca al poeta escribiendo y contemplando el paisaje de su tierra natal, y en España.
Figuras y paisajes, evoca al labrador avaro del milagro XI como uno de los tipos más acabados de la sociedad española. Manuel Machado, en su «Retablo», describe a Santo Domingo y a Berceo en la gloria del cielo, «a diestra del Padre deseado», al santo como en la «sabida prosa» de Berceo, y a éste sonriendo a los que’ «andamos el camino» y mostrándonos el galardón de su destino: «una palma de gloria y un vaso de buen vino». Pero debía ser Antonio Machado el que mejor calara en la obra y en el espíritu del poeta en su composición «Mis poetas». Antonio Machado le recuerda en el prado verde, en su trabajo de poeta; compara «su verso» «dulce y grave» a las «monótonas hileras / de chopos invernales, en donde nada brilla; / renglones como surcos en pardas sementeras, / y lejos, las montañas azules de Castilla», y concluye evocándole en su fatigoso trabajo de creador «mientras le sale afuera la luz del corazón».
A. Comas
Nadie le ha calificado de gran poeta, pero es sin duda un poeta sobremanera simpático, y dotado de mil cualidades apacibles que van penetrando suavemente en el ánimo del lector. (Menéndez Pelayo)
Su arte es de un realismo minucioso e infantil que recuerda las viñetas y miniaturas de un libro de horas medieval. (Montoliu)

