Más recientemente, el episodio evangélico fue de nuevo llevado a escena por Maurice Maeterlinck (1862-1949), en el drama en tres actos Marie Magdaleine, estrenado en 1913. Gira sobre dos situaciones que, según confesión del mismo autor, derivan de la Maria von Magdala de Heyse: la intervención de Jesús, en el primer acto, deteniendo a la multitud desencadenada contra María, y la alternativa en que la pecadora se encuentra, en el tercer acto, de salvar o perder al Hijo de Dios según consienta o no a los deseos de un romano.
En el primer acto, el tribuno Lucio Vero, de visita en casa del filósofo Anneo Sileno, en su villa de Betania, junto a Jerusalén, donde Vero está acompañado por el procurador Poncio Pilatos, que teme que se produzcan tumultos, encuentra a la bella cortesana María de Magdala, a quien él amó en vano en Antioquía, de donde desapareció sin deiar rastro. A las palabras de Vero, Magdalena se muestra esquiva e indiferente. Ha dejado Jerusalén para no asistir a los fanatismos de la Pascua, que odia y, desprecia como todo lo judío, y no vacila en acusar al Nazareno y sus secuaces, que han aparecido en Betania, de los peores delitos. Pero cuando oye hablar de los milagros de Jesús, no sabe resistir la curiosidad de escuchar su voz. Reconocida por los fanáticos está a punto de ser lapidada, cuando el Maestro detiene a la multitud con la frase: «Que aquel de vosotros que esté sin pecado arroje la primera piedra».
El segundo acto transcurre en la villa de María Magdalena. Transformada por el encuentro con Jesús, y presa de una obscura congoja, busca refugio en los brazos de Vero, a quien ahora cree amar. Vero está irritado de tener que emplear a sus valerosos legionarios para detener al Nazareno, y ambos deciden deiar aquella tierra y volver a Roma. Pero llegan Sileno y su amigo Apio, que vienen a anunciar el regreso del Nazareno y su último milagro, al cual han asistido: la resurrección de Lázaro. Y poco después llega este mismo a llamar a María Magdalena de parte del Maestro.
El tercer acto transcurre en casa de José de Arimatea. Jesús ha sido detenido y sus discípulos se dispersan. Quedan sólo María y algunos fieles más. María Magdalena está decidida a libertar a Jesús por la fuerza, pero no encuentra más que almas timoratas que tienen miedo de perder la vida que han recibido de su Maestro. Sólo de Vero espera auxilio, pero el tribuno impone condiciones: libertando a Jesús, él se arriesga al deshonor y al exilio; pero, por su parte, ya ha elegido; que Magdalena elija ahora entre su amor y la muerte de Jesús. Entre la muerte del Hijo de Dios y la pureza que Él ha hecho renacer en su alma, Magdalena no vacila: sorda a los ruegos y a las amenazas, dejará que el sacrificio se cumpla.
Perjudica a este drama el contraste demasiado duro entre el elemento divino y el humano, determinado con excesivo realismo psicológico; contraste que la atmósfera de fatalidad, de angustia y de misterio que envuelve el asunto no llega a atenuar. Pero quedan el encanto del diálogo salpicado de lirismo y la reconstrucción histórica, calculada con sutil diletantismo.
C. Capasso

