[Das Stundebuch]. Colección de poesías líricas dividida en tres partes, del poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875-1926), publicada en 1905: «El libro de la vida monástica» (Vom mónchlichen Leben) fue escrito en veinticinco días, en Berlín — Schenargendorff —, si bien como resultado final de una doble experiencia italiana (1898) y rusa (1899), artística y religiosa, que a pesar de su diversidad se integran felizmente; «El libro de la peregrinación» (Von der Pilgerschaft), escrito en 1901, en Worpswede, y «El libro de la pobreza y de la muerte» (Von der Armut und vom Tode), escrito en Viareggio el año 1903; la última poesía evoca con místicos acentos de una modernidad totalmente rilkiana la figura de San Francisco. Es el libro de la lucha del poeta por la conquista de Dios, exuberante maraña de ritmos en los que la imagen de la divinidad afanosamente presentida no se revela nunca. Por ficción lírica, el poeta vive en la soledad del claustro bajo la tutela de un monje ruso.
Concentra el espíritu sobre la esencia de Dios, que por doquier percibe en torno a sí: «Vuelo en torno a Dios, alrededor de la torre secular y a través de los siglos y no sé todavía si soy un halcón, o una tempestad, o un cántico». Su personalidad mística no logra sosegarse en el pensamiento religioso y le impele a rebuscar, con ardor cada vez más intenso. Quiere conquistar a Dios a toda costa, por todos los medios, y no gozará de tregua hasta que Dios no se le haya revelado. Entonces no lo abandonará más. Este Dios de Rilke no es una potencia exterior que mora en los cielos por encima de la vida, del que se implora el socorro y se espera el -milagro. Es la vida misma intensa en su plenitud, que se eleva crecientemente en la altura. El poeta lo compara con una catedral que la humanidad construyera acumulando piedra sobre piedra con manos temblorosas: «¿Quién podrá nunca terminarte, oh catedral?». Pero Dios es lo inexpresable y, a pesar de toda voluntad humana, «aunque no queramos, Dios se afirma». Y entre mil ansias, el espíritu del poeta ondea, se aleja y torna para reaparecer más alto. Su inquietud se aplaca cuando le parece que el verdadero modo de refugiarse en Dios es la oración. Él se somete a la regla de la vida monástica para estudiar en la soledad las leyes que sirven de base a la vida, y extrayendo de las cosas su aspecto eterno lo revela a través del ritmo de sus cantos.
Después, con el alma cada vez más sedienta de Dios — «tengo necesidad de ti como del pan» —, el monje abandona el claustro y se hace peregrino. Durante su peregrinación conocerá todas las miserias humanas, verá metrópolis donde en pobrísimas moradas los hombres arrastran una vida miserable y las mujeres su maternidad burlada. Y aprende todavía que la mayor parte de la humanidad, que lleva una vida vegetativa e inconsciente, se halla trastornada por la pequeña muerte. La otra muerte, en cambio, la gran muerte, es un don reservado a muy pocos, a aquellos que vivieron en cada momento, teniendo la conciencia de estar destinados a morir. Y sólo cuando reconoce que el individuo se hace tanto más rico, espiritualmente, cuanto más se despoja de los bienes de este mundo, y que la «pobreza es una gran luz del alma», Dios viene finalmente a su encuentro, como al de un niño. Y el poeta implora que a cada uno le sea concedida su muerte, «la muerte que florece de la vida, en que cada cual amó, sintió y sufrió». La música y la alegoría son los dos medios con que Rilke trata de elevarse a lo absoluto. Ambos se entremezclan tumultuosamente sin cerrarse nunca en un significado unitario ni, mucho menos, definirse en un sistema. Si el Libro de horas representa el esfuerzo místico más intenso y ambicioso de Rilke, en él ha podido el poeta abandonarse con la mayor plenitud al sentido de la musicalidad pura. [Trad. parcial, en verso, por Luis Felipe Vivanco (Madrid, 1948)].
O. S. Resnevich

