Cuaresmal de Segneri

[Quaresimale]. Es la obra, publicada en 1679, a la que quedó más vinculado el nombre de Paolo Segneri, de la Compañía de Jesús (1624- 1694). En el momento culminante del ama­neramiento seicentista, la posición de Seg­neri es de equilibrio y prudencia, aunque sin dar señales de una verdadera persona­lidad.

Pese a no transigir con la retórica ampulosa que se dispensaba, incluso desde el púlpito, admitía Segneri cierto virtuosis­mo dialéctico, que transformaba el sermón en una especie de discurso. De este modo creía equilibrar la concesión a la moda del conceptismo del siglo XVII, con las más se­rias necesidades de un elevado fervor en una forma de eclecticismo, que da a sus sermones un tono relativamente suave y pulido. Dice en el prólogo: «Me propuse probar cada vez una verdad no solamente cristiana, sino práctica, y probarla efecti­vamente». Por ello el predicador descartó todo argumento de carácter especulativo y teológico. Su prosa quiere ser llana, casi humilde; de todos modos, lo que más le importaba al autor era la forma de la elo­cuencia que debía envolver aquel’ núcleo modesto. Y aquí aparece el compromiso li­terario que es la base de Segneri. No fal­tan momentos incisivos, como éste: «Hay quien dirá que este sermón no es adecuado para él, ya que no profesa enemistades. Está en lo cierto. No las profesa, pues las tiene ocultas» (Ser. III).

Sin embargo, junto a estas formas, la rancia retórica acaba por aflorar nuevamente y en abundancia, con las consabidas e inevitables imitaciones ciceronianas, salidas melodramáticas («Hoy, por vez primera, hay quien osa poner sus manos sobre Cristo… Pero, un momento: ¿No es éste el tan célebre Mesías, al que esperaron durante tantos siglos?… Sí, es él. ¿Y así le trata la tierra, después de haberlo recibido al fin? Ah, desdichadamen­te…» (Ser. XVII), y, en suma, concesiones al verdadero conceptismo del siglo XVII. Curiosas, desde el punto de vista social, y no menos importantes como documentos de la época, son algunas amonestaciones del Sermón XXIII, que manifiesta una ligera condescendencia entre la devoción y la mundanidad, que en el siglo XVII se llamó «laxismo». Después de proponer numerosos ejemplos de mística piedad, Segneri se apresura a declarar: «De todos modos no os asustéis, como si yo quisiera pretender otro tanto de vosotros». Y permite a los caba­lleros que lleven su espada en la iglesia, con tal de que se arrodillen, por lo menos, delante del altar; a las damas, que luzcan sus joyas, con tal de que cubran, por lo menos, sus desnudos hombros «con el pu­dor proporcionado al de tantos ángeles que están aquí», y así sucesivamente. En su úl­timo sermón (XXXVIII) Segneri trata de persuadir que la vida espiritual «no es pe­sada y desagradable, como parece, sino ale­gre y deleitosa…». Este espíritu abierto nos ofrece una visión viva y clara de la vida de la época.

M. Vinciguerra