Obra en cuatro actos y en verso del comediógrafo Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873), representada en Madrid en 1837, publicada el mismo año y, con variantes en su mayoría sugeridas por el cambio de circunstancias políticas, en la colección póstuma de 1883.
Las tropas nacionales atacan a la rebelde Zaragoza; en ellas destaca por su valor y fe en la libertad el joven teniente Pablo Yagüe, enamorado de Jacinta y secretamente admirado por Isabel, hermana de la joven. Matías Calanda está enamorado de Jacinta y aprovecha la marcha de Pablo para asediarla. El comienzo de la comedia, en rápidas escenas, a veces vivísimas, como la de un préstamo hecho a Pablo por el usurero Elías, dibuja la curiosa situación que se desarrollará lentamente (acto I, «La despedida»). Circula la noticia de la heroica muerte de Pablo, que con los suyos ha vencido la revuelta; primero se alude a ella en correspondencias de guerra; luego Matías la difunde con detalles elogiosos para el difunto, y haciéndose pasar por su heredero y valiéndose de una supuesta declaración hecha por el héroe al morir, trata de casarse con Jacinta con la excusa de no dejarla abandonada. Entretanto, Elías se lamenta por la pérdida del dinero prestado, e Isabel se desespera por la supuesta desaparición del héroe (acto II, «La muerte»).
Se preparan las bodas de Jacinta con Matías, entre bailes y fiestas, y al mismo tiempo, a cargo de la afligida Isabel, los funerales de Pablo. La gente comenta la infidelidad de Jacinta, novia del héroe y que tan pronto olvida sus deberes; la botica del barbero delante de la iglesia bulle de chismes y malévolas alusiones, y precisamente a ella llega, sin que nadie le conozca, el mismo Pablo, que al enterarse de la intriga piensa en castigar a los culpables. En el silencio de la iglesia el llanto de Isabel le da a conocer su amor devoto y delicado, y encontrando a Elías, que está muy contento de poder recuperar su dinero, trama con éste una justa burla en perjuicio de los incautos esposos (acto III, «El entierro»). Así, mientras le creen un fantasma envuelto en un sudario, interviene en las bodas de Jacinta y de Matías y, después de haber asustado a los culpables y hacerles las reflexiones más amargas sobre la naturaleza humana, se casa, ante el mismo notario, con la fiel Isabel, que así ve premiado su afecto sincero (acto IV, «La resurrección»).
La comedia, llena de argucias y, de tarde en tarde, de sabrosas bufonadas, conserva su viveza gracias al carácter mismo de la trama; tampoco carece de ciertos pasos francamente sentimentales, como el amor de Isabel, o satíricos, como los del usurero. El argumento, vulgar en sí mismo — del «muerto resucitado» —, está llevado empero con destreza que hace pensar en el entonces reciente estilo de Dumas padre, especialmente, como indicó la crítica, en su Catherine Howard.
C. Cordié

