[L’exégése des lieux communs]. Esta obra, publicada en dos series, en 1902 y 1913, es, sin duda alguna, una de las menos comprendidas de este autor. Ninguno de sus libros ha conocido una tan amplia aceptación, pero cabe preguntarse si ello no será debido a un serio malentendido. Los dos volúmenes se presentan bajo la forma de trescientos párrafos brevísimos, estando cada uno de ellos dedicado al comentario burlesco de un «lugar común».
Es, a primera vista, una colección de chistes, o algo parecido al famoso diccionario de las ideas recibidas que esbozó Flaubert. Simplemente al repasar el índice de materias, puede tenerse la impresión de escuchar las divagaciones cotidianas de un burgués cualquiera del siglo XIX, es decir, escribe Bloy, de un hombre «que no hace ningún uso de la facultad de pensar», y que no habiendo sentido jamás la necesidad de preguntarse qué es lo que son las cosas, se conforma con un repertorio de fórmulas prefabricadas. Su enumeración pone de relieve las preocupaciones nacidas a causa del dinero: «Los negocios son los negocios; todo el mundo no puede ser rico; no se puede vivir sin dinero; es preciso que todo el mundo viva; quien paga sus deudas se enriquece; cuentas claras hacen buenos amigos; yo no escupo sobre el dinero; nadie al morir se lleva consigo la fortuna, etc.».
Otras expresan sobre todo el estado de la conciencia tranquila y la seguridad de que no es preciso ser ni un héroe ni un santo para merecer la consideración: «Nadie se hace a sí mismo; ser como se debe; el exceso es siempre un defecto; yo no puedo hacerme mejor de lo que soy, etc.» Bloy se apodera de uno u otro de estos lugares comunes, y poniendo en su punto su lógica interna, deduce magistralmente la imbecilidad o perversidad que tras ellos se esconde. El juego desemboca en una especie de comedia burguesa, y es precisamente en este aspecto en el que el público se ha detenido. Pero esto no es más que el artificio, el método de que Bloy se ha valido, con su habitual gracejo, para demostrar que por encima de todas estas palabras muertas subsiste la virtud inamovible de la Palabra sagrada. La palabra «exégesis» debe entenderse aquí en su sentido preciso: Léon Bloy intenta arrancar del absurdo mismo, o de la torpeza humana, lo que todavía puede disimularse allí que pertenece a la revelación de Dios a los hombres. Toda palabra, según este visionario, es «ciertamente hurtada al Todopoderoso creador», si bien «los más vacíos burgueses son, sin saberlo, los horrorosos profetas». Ellos «no pueden abrir su boca sin conmover a las estrellas» y «los abismos de la Luz son inmediatamente invocados por el remolino de su Torpeza». Explicando por ejemplo el conocido: «si la juventud supiera… si la vejez pudiera…»
Bloy escribe; «¿Adonde llegarían…? Si la juventud supiera, realizaría tales porquerías que ni la vejez misma tiene idea de su existencia, y si la vejez pudiera —la vejez de los burgueses, se entiende…— ¡practicaría la virtud! y cambiaría la faz del mundo». Todos los lugares comunes sobre el dinero son igualmente trastornados. Bloy los interpreta a la luz de la Escritura donde, según una idea que le fue particularmente querida (La sangre del pobre), el dinero es en cierto sentido símbolo de la sangre de Cristo. A partir de este punto, el sentido más misterioso emerge sobre las mayores tonterías, y el genio contemplativo de Bloy, unido a su extraordinario genio verbal, logra, sin cesar, arrancar del más pobre lenguaje el solemne testimonio del misterio de nuestra naturaleza humana. La broma está puesta aquí al servicio de la misión que se impuso el «Peregrino de lo Absoluto», y que no varía de uno a otro de sus libros, por muy diferentes que puedan ser.

