El Yerno del Señor Poirier, Émile Augier

[Le gendre de Monsieur Poirier]. Comedia en cinco actos de Émile Augier (1820-1889) y de Jules Sandeau (1811-1883), estrenada en 1854 en París. Una vez más se pone en escena el viejo tema de la incomprensión y de la rivalidad entre la nobleza arruinada y la burguesía enriquecida, rejuvenecido y renovado con gracia, delicada ironía y ve­lado sentimentalismo.

Poirier, pequeño co­merciante enriquecido, habiendo pagado las deudas de su yerno Gastón de Presles, noble arruinado, se cree con derecho a recabar su apoyo para una candidatura al Senado. Gastón, con la fuerza de una tradición mi­lenaria, se niega, mofándose de él, y sin la generosa intervención de la hija, Antonieta, esposa amante pero no amada, Poirier hu­biera puesto en la calle al inútil y dispen­dioso marqués. Entre tanto, Gastón no ha renunciado a su vida de soltero, y menos a su amante, que es de la nobleza. Por una carta, arbitrariamente abierta por su padre, Antonieta se entera de la traición de su marido, así como de que éste va a ba­tirse por su amiga, y desesperada impone como condición de su perdón que su marido renuncie al duelo; Gastón vacila, pero al fin vence el amor y se arroja a los pies de su mujer.

En este punto la tímida e insig­nificante pequeña burguesa tiene un magní­fico rasgo de nobleza: «Todo está perdonado, todo está olvidado — dice —. ¡Y, ahora, a batirte!». Por suerte, el adversario del mar­qués renuncia al duelo y presenta sus excu­sas; todo queda resuelto. Pero el señor Poi­rier es incorregible; le oímos murmurar: «Diputado por el partido de Presles en 1847, seré senador en 1853 y quizá en el 1860 pueda aspirar a la nobleza». Y en estas pa­labras parece resumirse todo el clima de la comedia, que aún hoy nos muestra, en el conflicto entre nuevos ricos y vieja nobleza, la Francia de 1850.

G. Alloisio

¡Tenemos que ser indignos con nuestros antepasados para que el público del teatro de Comeille, de Raeine, de Moliere, de Regnard y de Beaumarchais haya podido esco­ger un solo momento a Émile Augier como natural sucesor de estos grandes y sober­bios autores! (Barbey d’Aurevilly)