Comedia en tres actos del gran dramaturgo y poeta español Lope de Vega (1562-1635), que fue atribuida al Dr. Mira de Amescua, pues figuraba en la Octava parte… de las comedias de este autor. Pero en 1829 lord Holland publicó el manuscrito autógrafo en Chefs d’œuvres des théâtres étrangers. En este manuscrito aparece la firma de Lope y la fecha (Madrid, 22 de abril de 1624). Fue publicada, además, en 1630 en Zaragoza, en la Parte XXII de las comedias de Lope, texto que siguió Hartzenbusch en su edición. La obra se nos ofrece con unas características especiales dentro del teatro de Lope, por la mezcla de elementos sobrenaturales y personas que vivieron en el tiempo del autor.
El protagonista de la comedia es don Pedro Dávila, marqués de las Navas, de cuyo padre había sido Lope secretario antes de 1588, de lo que se conserva testimonio documental. La obra escenifica un suceso que ocurrió al marqués y que seis años antes de la obra de Lope aparece ya en la Relación segunda de la vida del escudero Marcos de Obregón. El suceso es el siguiente: el marqués habló con un difunto a quien él mismo mató, que volvió para arreglar un negocio muy importante para su alma: le pide que haga en su nombre una restitución y que dote a una hija suya. Espinel dice que lo oyó contar al mismo marqués y a su hermano, y que desde entonces aquél tiene el rostro quebrantado y ha perdido el color. La comedia de Lope se funda en este episodio — que conoció quizá directamente o tomó como fuente a Espinel—. El toledano Leonardo abandona a la dama a quien había dado palabra de matrimonio y va a Madrid a casarse con otra, pero es muerto en una pendencia nocturna por el marqués de las Navas. Después, el difunto Leonardo se aparece al marqués y le pide que remedie a la dama abandonada.
Lope vertió en esta obra, con toda seguridad, recuerdos de su juventud. Está llena de escenas de juegos, que la convierte en un delicioso cuadro de costumbres del tiempo. A Menéndez Pelayo, a pesar de reconocer la excelencia de su estilo, no le gustó la obra: «la endeblez de los principales caracteres, tan opacos e insignificantes, que no merecen que las leyes de la naturaleza se quebranten por causa suya, viniendo los muertos a conversar con los vivos sólo para que se logre una vulgar restitución testamentaria. Lo sobrenatural, empleado en esta forma, con excesiva familiaridad y fútiles motivos, se degrada y empequeñece y pierde toda su virtud y eficacia poética». El juicio de Menéndez Pelayo es exagerado, especialmente cuando advertimos que la razón fundamental de su crítica es el hecho de que Leonardo sea un pobre diablo, y le molestan las palabras: «Si antes de casar me corren, / ¿qué harán después que me case?»

