Baladas de Bürger

Las Baladas, pu­blicadas en varias épocas, constituyen la mayor gloria poética de Gottfried August Bürger (1747-1794) y a ellas se refieren de manera especial — además de referirse tam­bién a otras poesías líricas— las palabras de Herder; «La vida de Bürger está en sus poesías; éstas nacen como flores sobre su tumba; él, a quien mientras vivió le nega­ran el pan, no necesita de un monumento de piedra». En las baladas, en efecto, reve­la sus más originales dotes: atrevida fanta­sía, espontánea vivacidad, musicalidad, efi­cacia estilística. A la Leonora (v.) de 1773, que tuvo un extraordinario éxito en toda Europa y que junto con El cazador feroz (v.) inspiró la Carta semiseria de Crisóstomo (v.) de Berchet, manifiesto del Romanti­cismo italiano, siguió toda una serie de ba­ladas, de argumento alegre o triste, algunas de las cuales, a pesar de lá severa e injusta crítica que bajo el anónimo le infligió Schiller, en 1791, han adquirido una gran popularidad. «Las mujeres de Weinsberg» [«Die Weiber von Weinsberg», 1775] es la narración del conocido episodio del sitio de la ciudad sueba de Weinsberg por Conra­do III en 1140. Se cuenta que las mujeres pidieron ser salvadas y que el emperador les concedió salir con lo que más querían; y cada una de ellas se marchó llevándose sobre los hombros a su marido. El empera­dor no quiso faltar a su palabra y admiró la fidelidad de las mujeres. Las estrofas, sextinas de estilo seco y de sabroso humo­rismo, tienen el sincero tono de la balada popular.

La «Canción del buen hombre» [«Das Lied vom braven Mann», 1778] re­presenta la inundación que amenaza des­truir la casita del consumero en el puente. La gente mira miedosa y pasiva, el genero­so conde ofrece dinero a quien salve al hombre y a su familia; crece el agua y el afán; por fin llega tranquilamente un cam­pesino, que al ver el peligro, se precipita a una barca y por tres veces cruza las olas tempestuosas, salvándoles a todos; luego rehúsa el donativo del conde, porque su vida «no se vende a precio de oro», y cede el dinero al desventurado consumero. La balada, llena de dramática eficacia, se pu­blicó en el Almanaque de las Musas de Gottinga (v.) y se podría comparar con «Johanna Sebus» de Goethe. En el mismo año 1778 Bürger empezó a componer El cazador feroz, publicado en 1786 en el Almanaque de las Musas. En el año 1782 compuso otra balada, también muy conocida, sobre un tema frecuente en el «Sturm und Drang» (tratado también por el joven Schiller y por Goethe), el de la infanticida: «La hija del Pastor de Taubenhain» [«Des Pfarrers Tochter von Taubenhain»]. Está inspirada en el drama La infanticida de H. L. Wagner; además en 1781 el poeta había tenido entre manos los papeles de un juicio por infan­ticidio, acontecido en las cercanías. Rosita, hija del pastor de Taubenhain, se deja se­ducir por el joven von Falkenstein. Echada de casa por su padre, huye y se refugia jun­to a su seductor, que burlándose de ella, le declara que no puede casarse con una bur­guesa. Enloquecida por la humillación y el dolor, la muchacha mata con un alfiler a su criatura; vuelta en sí, la sepulta y se entre­ga al tribunal para que la condenen a muerte. Todas las noches su espectro pasa inquieto sobre la pequeña tumba, sobre la cual no crece hierba, pero arde una llamita. Bürger siente una predilección casi morbo­sa por lo macabro, que sabe tratar con trá­gica potencia.

La balada inspiró novelas, dramas e ilustraciones. Arnim y Bertrano acogieron en la colección El cuerno mara­villoso del niño (v.) una canción del mis­mo título. Siempre en el mismo Almanaque de las Musas, apareció en 1785 «El empe­rador y el abad» [«Der Kaiser und der Abt»]. El origen está en las Reliquias de la antigua poesía inglesa (v.) de Percy, don­de una balada sobre el mismo tema lleva por título «El rey Juan y el abad de Canterbury» [«King John and the Abbot of Canterbury»]. Bürger transporta la escena a la Edad Media alemana: un emperador somete a un abad tres enigmas para que los resuel­va en un plazo determinado; si no se pre­senta al castillo con la respuesta a las tres preguntas perderá su abadía. El abad inte­rroga en vano a los doctores de todas las universidades, pero su pastor le propone contestar en su lugar a las preguntas y, vestido de abad, se presenta en la corte del emperador. A la primera pregunta, cuánto vale el emperador, contesta: si Jesús fue vendido por treinta monedas, el emperador valdrá como máximo veintinueve. A la se­gunda, en cuánto tiempo el emperador a ca­ballo daría la vuelta al mundo: si anda con el sol, veinticuatro horas. A la tercera pre­gunta, sobre qué piensa equivocadamente el emperador, responde: piensa que yo soy el abad de Saint Gall, mientras soy su pastor. El emperador, maravillado y divertido, quie­re nombrar abad al pastor, pero éste no sabe ni leer ni escribir y pide como recompensa la gracia para el abad de Saint Gall. El em­perador la concede, con la condición de que el abad mantenga al pastor, sin hacerle tra­bajar, hasta su muerte. La balada-farsa está llena de fresca picardía y de alegre humo­rismo. En el mismo año 1785 y en el mis­mo Almanaque fue publicada «La vaca» [«Die Kuh»] que fue muy apreciada por A. W. Schlegel. Una pobre viuda ha tenido que vender su única vaca; una noche oye un mugido en la cuadra y cree soñar; es en realidad una magnífica vaca, que un anó­nimo bienhechor le ha querido regalar mo­vido por un sentido humanitario. El poeta añade que la historia le fue contada como real por un masón y que él se siente lla­mado por Dios a cantar con sencillez «lo que es bueno y bello». Evidentemente la balada estaba destinada a celebrar la fiesta de una logia masónica. Entre las baladas de Bürger, éstas son, quizás, las más bellas y las más conocidas.

C. Baseggio y E. Rosenfeld