Ocho Comedias y Ocho Entremeses Nuevos, Miguel de Cervantes Saavedra

Colección teatral de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), publi­cada en Madrid en 1615. Reúne toda la pro­ducción cervantina de los últimos años, que el autor llama «nueva», para distinguirla de las obras del comienzo, de las que nos quedan sólo El trato de Argel (v.) y la Numanda (v.).

En su prólogo, Cervantes traza una rápida síntesis del teatro español desde su origen hasta los contemporáneos suyos, y se coloca con exacta conciencia crítica des­pués de Lope de Rueda. Se alaba de haber escrito de veinte a treinta comedias todas representadas, haber reducido los actos de cinco a tres, y haber introducido en la comedia las «figuras morales», esto es, las personificaciones alegóricas; después vino el «monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómi­ca»; y también Cervantes, que en la pri­mera parte (1605) del Quijote (v.) se ha­bía burlado, por boca del canónigo de las extravagancias de la comedia en boga («co­sas que no tienen ni pies ni cabeza»), experimenta este influjo, y aunque justi­ficándose cuando se aparta demasiado de la regla clásica, acepta las innovaciones de Lope como éste había antes aceptado su lección y lo imitará todavía en más de un caso.

Sus comedias, que están todas en ver­so, se siguen en este orden: El gallardo español, La casa de los celos y selvas de Ardenia, Los baños de Argel, El rufián dichoso, La gran sultana, El laberinto de amor, La entretenida y Pedro de Urdemalas.

El gallardo español es una comedia caballeresca que reproduce temas cervanti­nos de los más personales y ligados a su condición biográfica: «su afición al am­biente morisco, que volverá a manifestarse en otras comedias, y su predilección por los rasgos épicos». Relacionada con un viaje del autor a Orán en 1581, representa las proezas del soldado español don Fernando de Saavedra, el cual, desafiado por un moro celoso de su fama, abandona, contra el pa­recer de su jefe, la ciudad asediada y pasa al campo enemigo, con nombre fingido.

Allí se le acerca una mujer enamorada que, disfrazada de hombre, lo ha buscado por toda España e Italia, y un hermano de ella que, a su vez, va en busca de una hermana suya. Femando, sin descubrirse a nadie, acompaña al ejército enemigo hasta el pie de la ciudad, pero en el momento del asalto se vuelve contra los infieles y él solo defiende las murallas de la ciudad.

Esta comedia ofrece una solución teatral colorida y bastante ágil, de una materia novelesca que no consiente ninguna acentuación dramática en los personajes, los cuales, fuera de la intriga, no tienen verda­dera consistencia psicológica. La casa de los celos, también de carácter caballeresco, es una comedia de circunstancias de la pri­mera manera despreocupada al ejemplo del Lope más artificioso y espectacular (por ejemplo el de Las pobrezas de Reinaldos), una fantástica novela de caballerías: «tres actos llenos de la beldad fulgurante de Angélica perseguida por Orlando y Rinaldo rivales entre los encantos de Malagigi, a la sombra de la barba florida del Emperador Carlos» (Savj-López).

Extravagante e in­trincada, funde, según la tradición española, el motivo carolingio con la leyenda de Ber­nardo del Carpió (v.). Combates, encanta­mientos, cuchilladas, se suceden como sobre el fondo de una linterna mágica gobernada por una imaginación ariostesca privada de ironía y de vigor, empobrecida por recu­rrir a un juego de símbolos que permanecen como externos y provisionales. Los baños de Argel (v.) es una de las mejores come­dias cervantinas de un género muy per­sonal: la «comedia del cautivo» libre de todo plan y casi sin una ordenada enta­bladura teatral.

Los motivos moriscos ya utilizados en la Vida de Argel, en la novela del «cautivo» inserta en el Don Quijote y en el Amante liberal (v. Novelas ejem­plares), están aquí utilizados de nuevo se­gún una libérrima ley de ritmo, en una serie de escenas que se disponen cómo otros ‘tantos cuadros, sin una verdadera acción que los enlace y domine su aspecto episó­dico. Con todo, el exacto equilibrio de los contrastes y sus dinámicas soluciones alcan­zan una dramaticidad desnuda y poderosa. El rufián dichoso (v.) pertenece al género de los «autos» y ofrece otra de las pruebas más personales de la colección.

Dramatiza la vida de Fray Cristóbal de la Cruz, en el siglo Cristóbal de Lugo, que pasó de la vida picaresca al heroísmo cristiano, con­quistando para Dios a una pecadora impe­nitente al precio de sus méritos. El primer acto, con la gesta de Lugo espadachín y disoluto, las intervenciones del «gracioso» Lagartijo, el ambiente picaresco lleno de movimiento y de humor, crea un cuadro colorido y dramático que recibe mayor re­lieve de su contraste con los rasgos místicos de los otros dos actos, los cuales se des­envuelven en México y representan la peni­tencia y la muerte gloriosa del santo.

La gran sultana (v.) pertenece también al gé­nero del «cautivo», y nos conduce al mis­mo mundo pintoresco y apasionado de los Baños de Argel, pero el juego de las intrigas amorosas, el paralelismo de los mo­tivos patéticos y de los contrapuestos gro­tescos, son llevados hasta un límite que ha hecho ver en esta comedia una intención burlesca. Con todo, el elemento cómico en ella no pasa nunca de las soluciones comu­nes ya propuestas por el teatro de Lope.

El laberinto de amor es una comedia caba­lleresca de las más exteriores y espectacu­lares de la colección. De ambiente italiano, desarrolla el tema de la inocente calum­niada y defendida por un paladín desco­nocido: motivo tradicional en la literatura medieval (v. Lohengrin), pero que Cervantes pudo sacar tal vez del V canto del Orlando furioso (v.).

El acento de esta comedia cae exclusivamente sobre la in­triga que el autor se complace en complicar extremadamente para tomar al es­pectador de sorpresa con el júbilo final de sus escenas efectistas. La entretenida des­envuelve con gran soltura e intuición tea­tral un tema de «comedia del arte». Cárde­nlo, estudiante pobre y apurado, aspira a la mano de la riquísima Marcela, cuyo her­mano está enamorado de otra Marcela cuyo semblante y nombre ve en su hermana, con turbación de ésta. Marcela debe casarse con un primo suyo que está de viaje procedente del Perú, y, por consejo de un criado, Cardenio se presenta con el nombre del pe­ruano y se instala en casa de Marcela con su criado Torrente, en espera de la dispensa papal. Pero en lugar de la dispensa llega el verdadero primo. Cardenio y Torrente son echados de la casa y el autor irónica­mente concluye la comedia sin las bodas en serie del teatro de Lope.

La estructura de la comedia es tradicional y se basa en el clásico paralelismo de los amores de los amos y los criados, pero sus alusiones psi­cológicas conceden a esta comedia un fondo ambiguo e inquietante, engalanado con finas inserciones líricas, entre las cuales es céle­bre la bella endecha: «¡Triste de la moza/ a quien trajo el Cielo/por cosas ajenas/a ser­vir a dueñas…!», mientras las rivalidades de los criados y sus celos son descritos con un humorismo expansivo que recuerda el baile rubensiano de la Ilustre fregona (v.).

Pedro de Urdemalas (v.) es una comedia típicamente cervantina, con sus rasgos pi­carescos y la profundidad de su tema psi­cológico. Un adivino ha pronosticado a Pedro de Urdemalas que un día será papa, empe­rador y rey, y un fermento interior impulsa a Pedro a trasmudarse de mil maneras y vi­vir la vida en la infinita variedad de sus formas: ora consejero de un rústico y gro­tesco alcalde de pueblo, ora gitano por amor de Belisca, ora emisario de las almas del purgatorio para con una viuda demasiado apegada al dinero.

También la gitana Belisca sueña con ser princesa y reina, pero al final descubre ser de estirpe regia y sube las gradas del trono, mientras Pedro hallará la realización de la profecía del adivino en el oficio de actor y será también a lo menos en ilusión, papa, emperador y rey, porque «el oficio de farsante todos los estados abar­ca». Don Quijote, al revés, se adapta a soñar en la vida cuando el Caballero de la Triste Figura podía vivir sólo en el sueño; «tu presunción y la mía — dice Pedro a Belisca —ha llegado a conclusión :/la mía sólo es afición;/la tuya, como debía». Su co­nato de teatro en el teatro y el motivo central de esta comedia, han hecho ver en ella un presentimiento pirandeliano.

Pero esta obra obtiene valor sobre todo por su movimiento y su color, así como por la su­gestiva caracterización de sus personajes y por la riqueza de sus demás elementos poé­ticos. Si no hubiese escrito más que estas ocho comedias no hubiera sido más que un dramaturgo de segundo orden en la época de Lope de Vega.

Pero donde su genio halla la expresión más típica es en los ocho en­tremeses. En estos cuadritos sabrosos por su brío y jocundidad, triunfa su original observación de la vida, su bondadoso humorismo expansivo. Dentro del tipo del «paso» creado por Lope de Rueda (v. Teatro), Cervantes creó un género nuevo de un equi­librio realista que está a la altura de sus mejores novelas. Su orden es el siguiente: El juez de los divorcios, El rufián viudo, La elección de los alcaldes de Daganzo, La guarda cuidadosa, El vizcaíno fingido, El retablo de las maravillas, La cueva de Sa­lamanca y El viejo celoso.

El juez de los divorcios, en prosa, es una sátira social llena de auténtico humorismo. Ante un juez com­parecen unas parejas mal avenidas: un viejecito que se ha casado con una joven, Ma­riana; una señora, doña Guiomar, y su marido, un soldado holgazán; un cirujano con su mujer Aldonza Minjaca; un faquín que se ha casado, para redimirla, con una mujer de vida airada. Las parejas, después de haberse echado en cara sus recíprocas ofensas, piden una sentencia de divorcio, pero el juez, a pesar de parecer le graves las disensiones de los querellantes, rechaza sus demandas por falta de pruebas. Cuando ellos han salido, entra una compañía de músicos que invita al juez a tomar parte en la fiesta que se celebra por la reconciliación de una pareja, y todos cantan el estribillo que viene a ser la moraleja de la fábula: «más vale el peor concierto/que no el divor­cio mejor».

El rufián viudo está en verso; retrata con cargado realismo y gran deleite verbal las costumbres grotescas y el len­guaje característico de la gente de mala vida: Trampagos, explotador de mujeres, ha perdido a su preciosa compañera y pro­tegida, y enumera grotescamente las virtu­des de la muerta; pero ellos lo consuelan y le invitan a escoger nueva esposa entre las mujeres de mala vida disponibles en la plaza. Las concursantes se ofrecen y arman disputas, pero la elección queda pronto he­cha y el entremés termina en alegres brin­dis. Es un cuadro animado y pintoresco, de realismo desenfrenado y contrahecho por sus tintas exageradas, que el autor parece oponer con una sonrisa a los refinados dis­fraces de la comedia caballeresca.

La elec­ción de los alcaldes de Daganzo, en verso, es una alegre sátira de la magistratura. En Daganzo hay que elegir los alcaldes y ante los magistrados encargados del nombra­miento se presentan cuatro candidatos que encomian sus respectivos méritos: uno de ellos es analfabeto, pero sabe cuatro ora­ciones y las recita cuatro o cinco veces por semana; otro sabe tirar el arco de una ma­nera maravillosa; el tercero, es un insupe­rable conocedor de vinos, y el cuarto tiene una memoria prodigiosa. La presentación inesperada de una cuadrilla de gitanos deja en suspenso la elección: un sacristán pro­testa entonces contra la falta de seriedad de aquella asamblea y ésta castiga la inge­rencia del poder religioso en las cosas pú­blicas mandando mantear al sacristán, como fue manteado Sancho Panza (v.) en la aventura de la venta.

La guarda cuidadosa, en prosa, es otro delicioso cuadro de cos­tumbres. La fregona Cristina es cortejada por un sacristán y por un soldado matasiete y libertino. Éste último, por fanfarronería, monta la guardia a la puerta de los dueños de Cristina y aleja de allí por las buenas o por las malas a todos los visitantes del sexo fuerte, hasta el punto de impedir la entrada al propio dueño de la casa. Llega el sacristán con un colega suyo y se arma en honor de la fregona una tremenda pelea. La intervención de Cristina conduce a buen fin la situación, y la farsa, en la cual Val- buena Prat ve una burlesca disputa  entre las letras y las armas, termina prometiéndose en matrimonio Cristina y el sacristán.

En El vizcaíno fingido, en prosa, Solórzano, con ayuda de dos collares falsos y la com­plicidad de un amigo que se finge vizcaíno, consigue engañar a una cortesana hacién­dose invitar además a una cena. Es un asunto trillado, pero desarrollado con mu­cho brío y deleite verbal.

El retablo de las maravillas, obra maestra de esta colección, se funda en uno de los apólogos (el XXII) de El conde Lucanor (v.) de don Juan Ma­nuel. El dueño del retablo, Chanfalla, y su compañera, Chirinos, han descubierto que con embaucar al prójimo se gana más que presentando fantoches, y en lugar de su acostumbrado espectáculo, representan una escena mágica cuyas figuras sólo son visi­bles para los espectadores que no tengan ascendientes judíos y que sean hijos legí­timos; los espectadores no ven nada en el teatrito, mas para salvar el decoro fingen ver las escenas y las figuras que el charla­tán sugiere: las empresas de Sansón, la fuga de un toro furioso, una invasión de rato­nes, etc. Finalmente el furriel del aloja­miento de un batallón entra en la sala para pedir a las autoridades del pueblo los alo­jamientos para la tropa y, como no está prevenido, no ve nada en el retablo de las maravillas. Todos los circundantes lo miran entonces con gesto de compasión, tomán­dolo por un bastardo o un converso; y se origina una reyerta entre el furriel y los aldeanos. Este entremés, que es una fina sátira contra las convenciones sociales, halla sus efectos más felices en el entusiasmo de los espectadores al querer ver lo que no se ve, en sus comentarios en alta voz a los que se contraponen las dudas formuladas en voz baja. Quiñones de Benavente imitó esta farsa en su homónimo entremés, pero queda muy por debajo de su modelo en cuanto a la riqueza de humorismo, la rea­lidad de los tipos y la sinceridad de la sá­tira.

La cueva de Salamanca está también en prosa y por su malicia boccacciana, es uno de los más perfectos entremeses cer­vantinos. Leonarda, esposa de Pancracio, después de haber lamentado con falsos sus­piros la partida de su esposo, da cita a su amante y al de su sirvienta Cristina. A la cuadrilla de los festejantes se junta Carraolano, un estudiante que había pedido asilo por aquella noche. Mientras la comi­tiva está a punto de sentarse a la mesa, Pancracio, por accidente de carruaje, vuel­ve a casa. Los dos galanes se esconden en las cestas que contienen las vituallas, pero Carraolano, fácilmente descubierto y fácil­mente perdonado para permitir comparecer a los dos escondidos, se finge experto en arte mágica, aprendida en la famosa uni­versidad de Salamanca, y como prueba de su habilidad declara que evocará los dia­blos, los cuales asumirán para aquella circunstancia el aspecto del sacristán y el bar­bero del pueblo. Este entremés fue imitado por muchos autores y Calderón sacó de él una comedia.

El viejo celoso, también en prosa, es una réplica de la novela ejemplar El celoso extremeño (v.), traducida en clave boccacciana. El viejo Cañizares está tan gro­tescamente enamorado de su joven esposa Lorenza, que llega a excluir las figuras masculinas de los tapices que adquiere para su casa. Menos grotesco es, en cambio, su temor a las vecinas como instrumento de perdición; en efecto, una de ellas, Hortigosa, se ha empeñado en hacer feliz a un protegido suyo a costa de Cañizares, y por medio de una estratagema bastante atrevida consigue que el galán se encuentre con Lo­renza a pocos pasos de la estancia en que ella está conversando con su marido. Grillparzer consideraba El viejo celoso como una de las farsas más atrevidas de todo el tea­tro; pero en realidad la risa de Cervantes no tiene nada de vulgar y consigue transfi­gurar hasta las situaciones más escabrosas.

Se atribuyen también a Cervantes los entre­meses Los dos habladores, La cárcel de Se­villa, El hospital de los podridos, El entre­més de los romances y otros. De ellos sólo el primero, Los dos habladores, por su brío y soltura podría ser cervantino. Un soldado «pícaro» y charlatán, al saber que un caba­llero ha resarcido con una multa de dos­cientos escudos una cuchillada, le propone que le dé otra a él, por la cuarta parte de aquella cantidad y lo enardece de tal modo con su torrente de palabras que el caballero lo lleva a su casa y lo presenta a su mujer, incorregible charlatana, para que oyendo al otro se cure de su defecto.

El entremés de los romances que, según don Ramón Menéndez Pida!, podría ser la fuente de Don Quijote (v..), no puede ser cervantino por los motivos sagazmente aducidos por el ilus­tre filólogo. Su protagonista es el campe­sino Bartolo que, a fuerza de leer el Ro­mancero (v.), se vuelve loco y se pone a imitar a los personajes de los romances, cometiendo las mismas extravagancias del Caballero de la Mancha. Temperamento, como ha sido ya observado, más apto para crear géneros especiales que para repetir formas en boga, Cervantes despliega sus me­jores cualidades de observador genial y con­sigue una originalidad que recuerda sus mejores novelas.

La antigua farsa de Lope de Rueda pierde peso, cobra más vida y más intensa realidad, los caracteres salen de lo anónimo, están penetrados en su rostro físico y moral por un sentido realista y por un humorismo que, bajo su deformación caricaturesca, deja a veces transparentar un sentimiento de melancólica simpatía, transfigurada en una risa que se eleva a representaciones de equívoca jocosidad.

C. Capasso

Hallamos aquí almas vivas, profundos caracteres cómicos descritos con unos pocos rasgos, escenas de costumbres populares reproducidas con un diálogo maravilloso, fresco y vivo, por un artista que no se asemeja a los antiguos autores de farsas, sino a sí mismo. (Savj-López)

Estos entremeses revelan por sí solos la gran capacidad teatral de Cervantes. En ellos hay una vida auténtica que no enve­jece y que manifiesta el poder de su autor en las formas escénicas. Una sonrisa, muy cervantina, domina la complejidad que ocul­tan los protagonistas de estas farsas amar­gas y perfectas.   (A. Valbuena Prat)