Don Gil de las Calzas Verdes, Fray Gabriel Téllez, «Tirso de Molina»

Es la comedia de intriga y enredo más conoci­da del mercedario en tres actos, pu­blicada en 1635, pero compuesta después de 1618. Juana, noble pero pobre doncella de Valladolid, seducida por Martín, a quien su padre induce a pedir la mano de una rica muchacha madrileña, Inés, piensa que «ra­ramente la habilidad no vence a la mala suerte» y va a Madrid disfrazada de hom­bre, con el fiel Quintana, para reconquistar a su amado. Martín se presenta a Inés, pero ésta prefiere al fingido don Gil, que llama, al no conocer su apellido, «de las calzas verdes», es decir Juana; y por Gil desprecia incluso al antiguo pretendiente Juan.

Jua­na, todavía no satisfecha con el primer dis­fraz, se hace conocer también por Inés como mujer, bajo el nombre de Elvira, para tener manera de contarle la infidelidad de Martín en sus relaciones. Quintana hace creer a Martín que Juana ha muerto de parto, de modo que éste acaba creyendo que el misterioso don Gil que le tiende múl­tiples lazos y le disputa con fortuna a Inés, es el espíritu inquieto de la mujer abando­nada. Por fin, cuando las cosas parecen ir a tener consecuencias judiciales, Juana re­vela su juego y reconquista a Martín mien­tras Inés, viendo que el suspirado Gil es una mujer, se contenta con Juan.

Toda la comedia se basa en la tensión creada por el juego de equilibrio de las ficciones de Juana, la cual a cada momento parece ha de caer en el engranaje de sus propias y complicadas mentiras, pero al fin, a través, de los más emocionantes contratiempos (en un momento dado están en escena cuatro don Giles, todos naturalmente falsos, de modo que el mismo astuto Caramanchel, el «gracioso» que hace de criado del supuesto don Gil inicial, llega a temer que se en­cuentra verdaderamente ante un alma del Purgatorio), consigue conquistar a Martín, que le había parecido cierto día «un joven Adonis, que enamoraba a mil Venus y daba celos a mil Martes», pero que en realidad es un joven más bien gris, conciliador y oportunista, que fatalmente ha de ceder a su voluntad.

Con Inés, caprichosa e impul­siva, felicísima en sus rabietas celosas, con­trasta su prima Clara, también enamorada del hermoso don Gil y lo bastante audaz para adelantarse a declarárselo. Esta come­dia, pues, como otras del agudo fraile mer­cedario, es la exaltación de la habilidad, del garbo, de los deliciosos suspiros de las mujeres. Es un arte que capta el instante luminoso. El voluble juego del sentimenta­lismo femenino lo da con rápidas transicio­nes, llenas de sobreentendidos, y subrayado por una sonrisa de indulgente ironía.

F. Meregalli