Circe

El episodio de la maga Circe (v.), que el libro X de la Odisea (v.) transforma por arte de encantamiento en animales a los compañeros de Ulises (v.), fue desarrollado en numerosos motivos novelísticos, épicos y hasta morales.

*   Conocida es La Circe, diálogos de Gio­vanni Battista Gelli (1498-1563) publicados en el año 1549; son sus interlocutores Ulises, Circe y once griegos transformados en ani­males. Ulises, antes de volverse a su patria, ha obtenido permiso de la maga para res­tituir a los animales su forma humana, pero todos, menos uno, se niegan a ello, demos­trando cómo la naturaleza es mucho más próvida con los animales que con los hom­bres, y por esto su estado actual es muy pre­ferible al antiguo. Ulises habla primero con un pescador transformado en ostra, que le muestra cómo la naturaleza ha hecho nacer al hombre desnudo, y en cambio ha prote­gido de varias maneras a todos los anima­les. Y no sólo esto: la naturaleza, a algunos de ellos, como a la ostra, da también una morada comodísima, y a los demás ofrece refugios de toda clase. El hombre, en cam­bio, ha de construirse por sí mismo, con fatigas, su casa. El topo, segundo interlocu­tor, añade que todo lo que los hombres desean de la tierra es menester que lo recaben con fatigas y trabajos; a los anima­les en cambio se lo da la naturaleza. La serpiente, que en vida era doctor, compa­dece la debilidad de la constitución física del hombre, y la vanidad del arte de la medicina. La liebre se declara contenta con su estado, mientras que si fuese un hombre, rico o pobre, estaría siempre descontento de serlo: y demuestra por qué. El macho cabrío habla, después, de otras infelicidades hu­manas, como la ansiedad por lo futuro, la continua sospecha, la constricción y el temor a las leyes. Finalmente le toca el turno a una mujer transformada en cierva: elogia todas las buenas cualidades de las mujeres, y considera de qué manera son necesarias a los hombres, los cuales las tienen en muy poca estima, al contrario de lo que sucede en el reino animal.

El león diserta sobre los males del ánimo, más peligrosos todavía para el hombre que los del cuerpo, y causa de todas las discordias y calamidades del mundo: los animales, en cambio, son inmu­nes a ellos, porque no conocen el temor que quita la fortaleza, ni la intemperancia. Los animales, además, dice el perro, tienen in­natas sus virtudes; cumplen las buenas ac­ciones por instinto, a diferencia del hombre, y tienen también innato, añade el ternero, el sentido de la justicia, señora de todas las virtudes. El último diálogo se desarrolla en­tre Ulises y el elefante, el único que acepta recuperar su primera forma; porque él era un filósofo y, único entre todos, conocía la superioridad del hombre sobre los otros seres. El punto fundamental del diálogo ha sido sacado del libro X de la Odisea, pero variado y amplificado bajo el influjo de otras fuentes, como Luciano, Cicerón, Plinio y la tradición platónica florentina. La Circe es la obra maestra de Gelli: la mate­ria filosófica es en ella traspuesta y ame­nizada en un lenguaje dúctil y vivaz, y el elemento fabuloso, encarnándose en la pin­toresca variedad de los animalescos inter­locutores, libra la argumentación de toda pesadez, coloreándola de un sonriente refle­jo de fantasía. Apenas publicada, La Circe obtuvo en seguida gran éxito y difusión, y fue traducida a las principales lenguas de Europa.

E. Allodoli

*         En 1624 Lope Félix de Vega Carpió (1562- 1635) publicó un poema, Circe, también de­rivado de la Odisea, que no suele ser consi­derado entre sus .obras mayores. Dividido en tres cantos, en octavas, va precedido de una dedicatoria y un prólogo en prosa terminado por dos sonetos. Ulises llega a la isla y al palacio de Circe, donde refiere a ésta las vicisitudes de su peregrinación, con particu­lar referencia a las aventuras en los países de los Lestrigones y los Lotófagos. En el se­gundo canto, Ulises prosigue su relación contando los amores de Polifemo y Galatea y todo lo que les ocurrió hasta que partió de la isla. En el tercer canto se despide de Circe y visita la isla Cimeria. Después des­ciende con Palamedes al infierno, donde Tiresias le profetiza todas sus peripecias hasta que llegue a su casa, en ítaca. El juicio de algún crítico (Ticknor), según el cual este poema es una amplificación poco feliz del famoso episodio homérico de la Odisea (v.), es sustancialmente justo: la narración pro­cede monótona y prolija durante más de tres mil versos; la invención es débil, hecha de memoria y de reflejo. Sólo en el aspecto forcios. El hombre decide ir a rescatarlos y la ninfa Penitencia le ofrece las flores de la penitencia, que son espinas. Le tientan entretanto la Culpa y la Lascivia, pero el Hombre destruye sus encantos con el ramo de Penitencia y recobra sus sentidos. Mien­tras el Entendimiento prepara la nave para partir, la Culpa tienta al Hombre; deshoja éste el ramillete y sucumbe a los encantos de aquélla. Entendimiento y Penitencia con­ciertan su salvación y, durante el banquete que le ofrece la Culpa, canta, luchando con los otros cantos de los Vicios: «Acuérdate de la muerte.»

En el Hombre se desarrolla la lucha interior en la que acabará la Culpa por ser vencida. Al banquete profano se contrapone, como es característico de los autos sacramentales, el banquete eucarístico. En él los sentidos ven solamente pan, ex­cepto el oído, el cual por la fe aprendida («auditu solo tuto creditur») cree que es carne. La nave del Hombre pasa, por su parte, a ser símbolo de la Iglesia. Como fuentes de este auto, Valbuena propone las siguientes: 1) Remotas: La Odisea (v.) y Las Metamorfosis (v.), de Ovidio; 2) In­mediatas: La Circe, de Lope; Polifemo, de Góngora; Polifemo y Circe, de Amescua, Montalbán y Calderón; Polifemo, de Montalbán; La navegación de Ulises, de Juan Ruiz Alceo, y Tratado de los dioses de la gentilidad, de Fray Baltasar de Vitoria (quien halla alusiones al sentido simbólico del mito ya en San Agustín). El tema de Ulises era ya un tópico en el Renacimiento, y la riqueza de este mito pudo sugerir a Calderón una interpretación teológica, como en nuestros días ha ofrecido a Joyce una interpretación psicoanalítica.

A. Comas

*   El mismo tema fue tratado de nuevo por don Pedro Calderón de la Barca y Henao (1600-1681) en la comedia El mayor encan­to, amor (1649), comedia correspondiente al auto sacramental Los encantos de la culpa. El primer acto tiene lugar en la costa. La nave de Ulises, arrastrada por la tempestad, llega a una tierra desconocida. Ulises y Clarín se adentran en el bosque y se en­cuentran con unas fieras que en lugar de atacarles les piden con signos que vuelvan a la playa. Ulises les hace caso y convoca a sus hombres para hacerse de nuevo a la mar. Llega en este momento Antístenes y cuenta a Ulises que él y los otros compa­ñeros llegaron hasta un misterioso palacio, el de la maga Circe, que los convirtió a todos en animales, excepto a él, Antistenes, que ha logrado huir. Ante este nue­vo peligro, Ulises invoca a Juno, y ésta le envía a su mensajera, la ninfa Ión, la cual le entrega un ramo que será la triaca contra los venenos y deshará los encantos de Circe, pero con el consejo de que no se rinda a su amor. De pronto hace su apa­rición el palacio de Circe. La maga invita a Ulises a beber, pero el héroe mete el ramillete en el vaso y el licor se incendia. Ulises quiere matar a Circe, pero la perdona a condición de que vuelva a sus compañeros a sus antiguas formas de hombre. Narra Ulises a Circe sus aventuras y ella a él su afición a la magia. Circe, ya que no ha ven­cido a Ulises con sus conjuros, se propone vencerle con su amor. El segundo acto tiene lugar en el palacio de Circe. Ulises ha cedido a la vida fácil y muelle y a la hermosura de la maga. Ella, enamorada de Ulises, or­dena a Flérida que finja amarle. Este se­gundo acto está lleno de situaciones fan­tásticas, con intervención de seres maravi­llosos (enanos, gigantes, fieras, etc.), escenas de amor y de celos, peleas, etc., que culmi­nan con la bellísima declaración de amor que Ulises hace a Circe. El tercer acto se desarrolla en la playa.

Los hombres de Uli­ses quieren abandonar la isla y mueven guerra a Circe. Pero a Ulises no le hace reaccionar sino la aparición de Aquiles, que viene a reclamar sus armas (v. Ayax), pues ya no son dignas de un griego que las ha olvidado y ha cedido a los encantos del amor. Aquiles le ordena que las vaya a colgar a su sepulcro, o si no un rayo las destruirá. Ello hace despertar a Ulises de su encantamiento y abandona a Circe, que queda en su tierra lamentándose de su pér­dida. Finaliza la obra con la aparición de Galatea, a quien Ulises vengó al matar a Polifemo. La significación y símbolo de la obra están implícitos en su desarrollo y la clave nos la da el auto sacramental Los encantos de la culpa, en que Ulises significa al Hombre y Circe al Pecado. También en la comedia es necesaria una fuerza sobre­natural para librar a Ulises: la aparición de Ión y la de Aquiles, y tanto el ramillete como las armas de Aquiles, deben ser en­tendidos como auxilios sobrenaturales. Es interesante en la obra la introducción de Clarín, el personaje cómico, y para el estu­dio de los caracteres femeninos, la expli­cación que hace Circe de sus estudios de magia, en la que quizá Calderón pretendió representar a la mujer intelectual.

*   Un drama Circe escribió también William Davenant (1606-1668), musicado por John Barnistet (1630-1679) y Henry Purcell (1658?- 1695).

*   Entre las demás obras musicales recor­damos la Circe, tragedia musical, de Marc- Antoine Charpentier (1634-1704), con texto de Thomas Corneille, representada en París, en 1675, con imponente aparato escénico; la Circe de Henry Desmarets (1662-1741), estrenada en París en 1694; las de Peter von Winter (1754-1825), de Reinhardt Keiser (1674-1739), Hamburgo, 1734, de Giuseppe Cazzaniga (1743-1818), Venecia, 1786; de Ferdinando Paer (1771-1839), su primera obra (Venecia, 1791); de Ruperto Clapé y Lorente (1851-1900); de Lucien Hillemacher (1860- 1909), París, 1907; de Eduard Kunnecke (1885) y de Edvard Moritz (1891).

*   Son numerosas las reproducciones en los vasos inspiradas en el mito de Circe. Entre las varias obras pictóricas modernas la más famosa es la Circe, de Dosso Dossi (v. tam­bién Ulises).