Vida, Vittorio Alfieri

[Vita]. Vittorio Alfieri (1749-1803) la redactó en París en 1790, en muy poco tiempo, e hizo una cuidadosa revisión trece años después, añadiéndole once capítulos, que comprenden los aconte­cimientos de su vida desde 1790 a 1803; esta obra fue publicada póstuma en 1804.

A su concepción no fueron tal vez extrañas las Confesiones (v.) de Rousseau, publicadas en 1781 y 1788; pero si bien Alfieri fue pro­bablemente animado por ellas a hacer de sí mismo y de sus recuerdos más íntimos el objeto de su obra, debió de sentir tam­bién repugnancia por la indiscreta sinceri­dad ostentada por el ginebrino, que parece tomado por blanco en las significativas pala­bras de la «Introducción»: «Si bien yo no tendré tal vez valor o indiscreción para decir de mí toda la verdad, no tendré ciertamente la cobardía de decir cosa que no sea verdadera». Y realmente fue fiel a esta premisa en su narración, en que la crítica histórica no ha conseguido descubrir ninguna auténtica mentira; y por otra parte lleva el sello personal de una aristocrática reserva sobre algunos hechos de la vida del autor, pero mucho más acerca de las perso­nas con quien estuvo relacionado. En rea­lidad, con su narración Alfieri no intentó dar una «confesión», sino una «vida»: un retrato plutarquianamente construido, que, sin ocultar sus faltas, delinease el ideal a que él había tratado de conformarse, y al cual, a pesar de ciertas vacilaciones, erro­res y debilidades, sentía haberse sustan­cialmente conformado.

Y aquella «vida» él la concibió cuando, terminada su obra trágica y fijado su ideal moral, político y literario, se vio inducido a dirigirse hacia su propio pasado, para reconocer cuanto había reali­zado por su parte de aquel ideal del «escritor , libre» por él acariciado y expuesto en sus tres libros Del príncipe y de las letras (v.), entonces ya terminados. En este examen de conciencia, su vida se le mostró como do­minada por su «misión» de «libre escritor»; incierta al principio, cuando aquella voca­ción todavía no se la había presentado clara, pero ya dispuesta para aquella misión por su vigorosa índole, por sus violentas pasio­nes, por el mismo desasosiego que se tras­lucía en sus disipaciones; y toda ella diri­gida luego hacia un fin único, cuando la conciencia de su propia vocación hizo que el escritor enderezase todas sus fuerzas al fin que se había propuesto y se procurase las condiciones necesarias para el libre ejer­cicio de su arte.

Así, en las cuatro «Épocas»: Niñez, Adolescencia, Juventud y Virilidad, se va desplegando, como en un drama, la vida del autor : más diversa, desde luego, y com­pleja en las tres primeras épocas, que tra­tan acerca de su remota vocación, de sus incertidumbres, de las contradicciones del todavía inconsciente poeta; monótona necesariamente en la cuarta, que nos muestra a Alfíeri absorbido totalmente en sus dramas trágicos. Y la coherencia del hombre, que mira con mirada firme y segura a su propio pasado, se refleja en la unidad de su estilo: el característico estilo de Alfieri, que se libe­ra de todo lo académico que aún tenía en sus tratados políticos y reproduce bien la ac­titud del escritor, que va escrutándose y juz­gándose, ora orgulloso de la obra realizada, ora sonriente por sus tolerables debilidades, ora airadamente despreciador de la pusila­nimidad propia o de la de los demás.

La concepción de la Vida no le concede dila­ciones evocadoras ni descriptivas: el re­cuerdo de las tierras visitadas o de los hom­bres conocidos no debe hacer desviarse al escritor del cometido que se ha propuesto, de ofrecer un juicio sobre sí mismo; y Al­fieri, en efecto, no abandona, al hablar de los episodios de su niñez y de los viajes de su adolescencia y de su juventud, el acostumbrado tono de juicio; pero por ello se imponen, mucho más sugestivos, aquellos episodios, aquellas fisonomías de ciu­dades, de países, de individuos, evocadas, por decirlo así, en escorzo, encerradas en pocas líneas, en algún epíteto a veces personalísimo. Bellísimas entre todas (y aquí Alfieri parece concederse una mayor dila­ción por la consonancia entre el paisaje y su ánimo) las páginas sobre su navegación por el Báltico helado, sobre el «vasto in­definible silencio que reina en aquella at­mósfera, donde parecería casi estar fuera del Globo»; y aquellas sobre los vastos «yermos de Aragón» que el escritor cruza­ba a pie junto a su caballo «rumiando en­tre sí, y llorando a veces a lágrima viva sin saber por qué, y riendo del mismo modo»: «dos cosas (comenta él mismo) que, si no van luego seguidas por escrito algu­no, son tenidas por mera locura, y lo son: si producen escritos se llaman poesía, y lo son».

Locura y poesía: son éstos casi los opuestos términos entre los cuales se mueve la vida de Alfieri, que en la poesía nos mues­tra haber hallado, mucho más que una ocu­pación, la salvación, la sublimación de aque­llas pasiones prepotentes que no le daban paz, la revelación de su verdadero y mejor ser. Y las páginas más significativas y fa­mosas de su biografía son aquellas en las cuales se perfila más claramente aquel ín­timo drama del escritor: las páginas sobre las inefables angustias y melancolías de su juventud, sobre sus furibundos ímpetus de ira y sobre su perenne desasosiego, y las que expresan el gozo de haber descubierto su vocación y la voluntad de posesionarse de los medios para actualizarla («Habiéndo­me caído, pues, plenamente de los ojos el velo que hasta aquel punto me los había es­torbado tan fuertemente, hice conmigo un solemne juramento: que no ahorraría en adelante ni fatiga ni incomodidad alguna para ponerme en condición de saber mi lengua como pudiera conocerla otro en Italia… Hecho este juramento, me abismé en el torbellino gramatical, como lo hiciera ya Curzio en el abismo, todo armado y mi­rándolo»). En cambio resultan áridas las páginas que nos alejan de aquel centro vivo del alma de Alfieri: todas aquellas, de modo especial, dedicadas a personas amadas por el poeta, la condesa de Albany, el abate de Caluso, Gori Gandellini que, a pesar de los elogios de Alfieri, quedan en la Vida como meros nombres.

Pero la personali­dad poderosa del escritor, la singular ma­nera de vida por él inaugurada de poeta señor de sí mismo y «superiorem non recognoscens», la concepción de la poesía como razón de vida y sagrada misión, brotan inolvidables de la Vida, y han hecho de ella, desde que apareció, la obra más afortunada y popular de Alfieri, el libro único y ejemplar de los italianos del «Risorgimento». [Trad. de Pedro Pedraza y Páez (Madrid, 1921)].

M. Fubini

Yo por esto confieso francamente, que a escribir mi propia vida me inducía, mez­clado tal vez con otras razones, pero mu­cho más poderosa que todas tas demás, el amor a mí mismo: es decir, aquel don que la naturaleza en mayor o menor cantidad concede a todos los hombres, y en superabundante proporción a los escritores, en mayor grado sobre todo a los poetas, o a los que por tales se tienen… Al estudio… del hombre en general va dirigido el ob­jeto de esta obra. Y en cuanto al estilo, yo me propongo dejar hacer a la pluma, y dejar que se aparte muy poco de aquella tri­vial y espontánea naturalidad con que he escrito esta obra, dictada por el corazón y no por el ingenio. (Alfieri)

¿Hay quizás algo más interesante y más singular que el héroe y el narrador de esta historia? (Manzoni)

Entre las figuras embellecidas y las dis­frazadas de antes y después de la revolu­ción, este conde republicano se nos planta delante monumental, como estatua de arte griega trabajada en los buenos tiempos de Roma. Imagen de tribuno o de sabio anti­guo que pasa rápida y esplendorosamente en derredor, en estos tiempos oscuros y por encima de mortales empequeñecidos. (Carducci)

Escribió como viajaba: corriendo y en lí­nea recta; estaba al principio y su alma se hallaba ya al final, devorando todo el espacio de en medio. (De Sanctis)

La, verdad íntima, que es ciertamente di­versa de la verdad histórica, es el canon de la poética de Alfieri. (L. Russo)