Un Viaje al País de los Matreros, José S. Álvarez

Narraciones y cuadros del escritor argentino José S. Álvarez (1858-1903), pu­blicados en 1897. El autor, que alcanzó, años después, más extendida popularidad con sus Cuentos porteños, inseparablemente unidos al pseudónimo de «Fray Mocho», y ya conocido por apuntes costumbristas de se­cundaria importancia que formaron las Me­morias de un vigilante, publicadas bajo el pseudónimo de Fabián Carrizo, dio en Un viaje al país de los matreros un libro ameno, recordado entre los iniciadores, a fines del siglo, con pocos ilustres precedentes, de la literatura que introdujo el paisaje nativo en el arte argentino.

Se propuso Álvarez pintar la población heterogénea que vivía perdida entre los bañados y pajonales de las orillas del río Paraná, entrerrianas y santafesinas. En estas tierras bajas, escribía, «habitan los desheredados, los que recién llegan a la tierra de promisión donde no hay piquetes de seguridad ni comisarios, donde a nadie se pregunta su nombré ni la causa que lo trae al desierto ni cómo va a vivir o a morir». Esos son los «matreros», todos con cuentas con la justicia, cuyos torvos semblantes, costumbres, creencias supersticiosas, ocupaciones y hazañas, pinta Álvarez en breves croquis, diálogos y na­rraciones, poniéndolos en el marco de una naturaleza tan bravía como los hombres que la habitan. Su casa y su caballo es la canoa. El rifle, el complemento. El gaucho es allí cazador y pescador. Allí, al margen de toda vida civilizada, comenta el autor, «los derechos individuales concluyen donde a cada uno se le concluyen las garras».

La historia de Juan Yacaré, asesino sin entra­ñas, contada en el capítulo VIII, es típica de ese ambiente. Otra figura impresionante, ésta singular, en cuyos rasgos quizá el autor puso algún elemento de ficción, es Aguará, matrero audaz y temido, escapado a la vida civilizada, pero que vuelve a ella de cuando en cuando a gastarse en Buenos Aires, en parrandas, libros y perfumes, el dinero ga­nado vendiendo Diurnas y cueros (del capí­tulo XI al XVIII).

R. F. Giusti