Últimas Cartas de Jacopo Ortis, Ugo Foscolo

[Ultime lettere di Jacopo Ortis], Novela de Ugo Foscolo (1778-1827), publicada en 1802 y, con importantes correcciones y añadi­duras, en 1816 y 1817; anteriormente a la edición completa de 1802, Foscolo había iniciado, en 1799, la publicación de una distinta redacción de su novela, que quedó interrumpida por las vicisitudes de aquellos años y que terminó indignamente un tal Sassoli con el título de Verdadera historia de dos amantes infelices. Pero ya en 1796 Foscolo había concebido y redactado su obra, con el título Laura, cartas; y de esa primera redacción quedaron bastantes pá­ginas en la definitiva.

Su primer modelo fue la Nueva Eloísa (v.) de Rousseau (el nombre del ginebrino pasará al protago­nista, Jacopo, cuyo apellido deriva del de un estudiante de Padua, Gerolamo Ortis, muerto suicida); más tarde las Cuitas del joven Werther (v.), que conoció antes de empezar la segunda redacción, le sugirieron una distinta organización de su obra, y la idea, entre otras, de enviar las cartas del protagonista a un único destinatario, el amigo del angustiado joven. De todos mo­dos, más que este o aquel detalle, las últi­mas cartas se afilian a la literatura del prerromanticismo y del romanticismo (de la que es uno de los más altos ejemplos) por la intención del autor de ofrecer a sus lectores, bajo forma de novela, la más ín­tima experiencia propia; el carácter auto­biográfico parece evidente en la obra de Foscolo, que, compuesta en distintos tiem­pos e inspirada por distintas circunstancias, refleja los azares de la vida y del espíritu del poeta desde 1796 a 1816.

De este modo el protagonista llega a ser casi el «alter ego» del autor, y en sus casos y sus senti­mientos vemos los del mismo Foscolo, los primeros contratiempos amorosos del ena­morado de Isabella Teotochi y las preocupaciones políticas del joven enemigo de la aristocracia (1796), su infeliz pasión por la mujer de Vincenzo Monti, Teresa (1798), y la trágica desilusión de Campoformio (1797), el contrariado amor hacia la joven- cita florentina Isabella Roncioni, prometida a otro (1801), sus peregrinaciones por la Italia disputada y traicionada por los extranjeros (1797-1801), y por fin su nuevo destierro de 1815 tras la caída del reino itálico. Jacopo Ortis (v.) vive lejos de las condiciones de la vida normal; fugitivo de Venecia después de Campoformio, para es­capar a las persecuciones de los nuevos dominadores, no quiere seguir en el des­tierro a sus compañeros de fe, que de la República traicionada se encaminan hacia la Cisalpina, y se retira a la «soledad anti­gua» de su tierra, las Colinas Eugáneas, como superviviente de sí mismo, después de perder, con su ciudad, la fe en la liber­tad, la patria y los hombres.

De su impo­tente desesperación le levanta la visión de la «muchacha divina», Teresa, aunque desde el primer momento presiente que su pa­sión le resultará fatal, ya que, aparte de estar Teresa prometida a Odoardo, ¿cómo podría él, un fugitivo, unir su vida a la de ella? El interés de la novela (en la que, por otro lado, no encajan bien páginas de un sentimentalismo enclenque y casi idíli­co) estriba en los desahogos de Jacopo con su amigo; vemos una vida que se agota en vibrantes ímpetus de rebelión contra los italianos y los traidores extranjeros, contra la misma naturaleza, que por algún secreto fin parece querer que siempre hayan en este mundo oprimidos y opresores, o bien se exalta en violentos propósitos o en éxtasis amorosos, para caer luego en un sopor muy parecido a la muerte; desde el principio comprendemos que no puede aca­bar más que con el suicidio, el único acto permitido a Jacopo, al igual que a los héroes de su Alfieri.

Antes de realizarlo, sin embargo, tratará, alejándose de Teresa, no tanto de ahogar su pasión, cuanto de ahorrar mayores dolores a su amada, que corresponde a su amor y, sin embargo, debe por cariño filial casarse con Odoardo; la visión de Italia, que él recorre, fugitivo sin meta ni fin, de Ferrara a Bolonia, de Flo­rencia a Milán, de Génova a Ventimiglia, y que le ofrece siempre el mismo espectáculo de dominación extranjera y de desgracia de sus conciudadanos, no puede más que exasperar su pesimismo y madurar su trá­gica resolución. No le aplaca la visión de las bellas tierras de Italia, la Toscana y la Liguria, que, sin embargo, alegran por breves instantes su alma, ni la meditación sobre las tumbas de los grandes en Santa Croce; las palabras de Parini, que encuentra en Milán y que quisiera oponer a sus ardores unas máximas de desolada sabiduría, no hacen más que exacerbar sus llagas. Echa a andar hacia Francia, adonde fueron ya tantos desterrados, pero en Ventimiglia re­nueva su recusación del mundo y regresa precipitadamente a su tierra, para acabar con su vida cerca de Teresa (ahora ya esposa de Odoardo) y encontrar por fin la paz cerca de sus muertos.

En una novela como ésta, la trama puede tener tan sólo una relativa importancia; el interés estriba en la personalidad, que se pone de manifiesto en unas páginas que son casi un diario, con rápidas notas de estados de ánimo, con fuertes impresiones de espectáculos natura­les, con motivos de reflexiones; todos los temas de la poesía y del pensamiento de Foscolo se encuentran en su novela, aunque, respecto de los Sepulcros (v.) y de las Gra­cias (v.), en una forma provisional y apro­ximada y por ello mismo más asequible a un amplio círculo de lectores. Documento y a la vez aliciente de la nueva sensibili­dad, que se llamará romántica, hubo quien la calificó de perniciosa; sin embargo, el pesimismo de la obra supone una ansia viva de ideal, y el suicidio de Jacopo, que no puede vivir porque no tiene patria, si pudo perturbar a unas almas débiles, fue para los mejores una amonestación y un es­tímulo para que lucharan y consiguieran que la patria italiana no fuese tan sólo un vano nombre, sino una realidad.

M. Fubini

Conozco una pesada imitación de Las cui­tas del joven Werther, titulada últimas cartas de Jacopo Ortis. (Stendhal)