Sirventesios de Bertrán de Born

En la Vulgar elocuencia (v.), Dante distingue tres categorías de poetas vulgares: «poetas de amor», de los cuales el más insigne, dice el poeta, fue en Provenza Arnaut Daniel (v. Canciones de Arnaut Daniel); «poetas de la rectitud» — es decir, moralizadores —, de los cuales el mayor es Giraut de Bornelh (v. Canciones de Giraut de Bornelh); y «poetas de las armas», de los cuales como «exemplar» el Alighieri nos pone a Bertrán de Born (n. entre 1135 y 1140-m. monje en Dalón, como Bernart de Ventadorn, entre 1202 y 1210). «Poeta armorum», el cantor apasionado de la guerra, de la lucha san­grienta e implacable, la representación dan­tesca de Bertrán deriva sin duda del co­nocimiento directo que tuvo el poeta de la obra del trovador; pero quizá también de los juicios e interpretaciones de los antiguos biógrafos y antiguos autores de las «razós», de los comentarios que, en los cancioneros, acompañan a las poesías de Bertrán para facilitar su lectura y comprensión. «Se afanaba — dice el antiguo biógrafo — en mostrar con sus versos que el hombre que­da deshonrado con la paz». Y el mismo bió­grafo cuenta que Bertrán suscitó la guerra entre Enrique II de Inglaterra y su hijo, el joven Rey «que siempre quería que hu­biese guerra entre el padre, el hijo y el hermano, unos contra otros». Es el motivo, como es sabido, que da lugar a la trági­ca representación que de Bertrán, «sem­brador de discordia», hace Dante en el can­to XXVIII del «Infierno»: «lo vidi… un busto sensa capo andar… II capo tronco tenea per le chiome / pésol con mano a guisa di lanterna, / e quei mirava noi e dicea: “O me!”…». Y en boca del conde­nado pone el poeta las amargas y dolorosas palabras: «lo son… quelli / che diedi al re giovane i ma’ conforti. / lo feci il padre e il figlio in sé rebelli…».

Esta representa­ción de Bertrán como causa casi decisiva de las discordias entre los Plantagenet es, en sustancia, una leyenda que nace de una valoración excesiva de algún rasgo ofrecido por las poesías del trovador. Pero es cierto que Bertrán estuvo siempre mezclado en las continuas luchas que agitaron en su época al feudalismo provenzal (rebelde a Enrique, nuevo señor extranjero), así como en las guerras entre el rey de Inglaterra y el de Francia; y en las luchas entre el conde Raimundo V de Tolosa y el rey Alfonso II de Aragón; y en los conflictos entre Enrique II y sus hijos, y entre los hijos entre sí: todas ellas, guerras tan in­trincadas y confusas que parecen, según se ha escrito, «una sola e inmensa guerra sin respiro ni piedad». Y él mismo, el tro­vador, tuvo que sostener duras guerras con sus vecinos y con su mismo hermano Constantino, por el castillo de Autafort, del que tenía el condominio junto con su hermano. «Agitado, pues, en el torbellino de una perpetua guerra», se ha escrito de Bertrán, y en su poesía palpita y hierve el tumulto de esta revuelta y sangrienta historia suya y de su época. Poesía, pues, esencialmente política. Este elemento po­lítico de la poesía bertraniana fue interpretado por la crítica del siglo XIX en el sentido de atribuir al trovador una posi­ción y una función en la vida de su época que en realidad no tuvo y de las que sus poesías no dan testimonio. Existe incluso una leyenda política de Bertrán de Born, lo mismo que existió una leyenda román­tica, expuesta, por ejemplo, en una cono­cida poesía de Uhland. La leyenda política de Bertrán es obra de Thierry, que pre­senta a dicho poeta como un precursor de la moderna idea de la nacionalidad, es decir, como un fautor de la independencia aquitana, que supo defender suscitando guerras y diferencias entre los soberanos de Francia e Inglaterra, los cuales amena­zaban dicha independencia. «Este hombre extraordinario — dice Thierry — parece ha­ber tenido el profundo convencimiento de que su patria, situada entre los estados del rey de Francia y del de Inglaterra, no hu­biera podido escapar a los peligros que siempre la amenazaban por una u otra par­te, sino mediante guerras que mantuviesen la hostilidad entre ambos soberanos.

Tal es el pensamiento que parece haber guiado a Bertrán en sus acciones y conductas». Así Bertrán es presentado como un patriota ardiente y un político hábil y sutil; sus poéticas incitaciones a la guerra nacen de un complicado cálculo. Interpretación que no sólo no corresponde de hecho — tal como decíamos — al contenido de la poesía ber­traniana, sino que no posee el menor tes­timonio objetivo; las fuentes de su época ignoraban completamente esta elevadísima función política del señor de Autafort, cuyo papel en la vida de su época fue re­ducido más tarde, por la crítica erudita, a sus verdaderas proporciones. Bertrán can­ta la guerra, no con el sutil, recóndito y noble objetivo político que supone Thierry, sino, por una parte, como lo más conve­niente para un noble caballero, por ser fuente de gloria, de honor e incluso de lu­cro, y por otra parte, situándose no en el punto de vista de la gran política, sino en el más humilde de la pequeña política feudal, limitada a problemas de orden es­trechamente local y, aún mejor, personal. De todos modos, los sirventesios de Ber­trán de Born, en los que se refleja más concretamente la compleja situación polí­tica de la época, son a menudo y casi siem­pre los más alejados de la poesía; son dis­cursos impetuosos y ardientes, incitaciones fogosas y orgullosas condenas, pero «dis­cursos» a pesar de todo. Existe la poesía en aquellos otros sirventesios en que la crónica y la polémica política tienen menor pre­ponderancia, y aún más en los momentos en que los sirventesios quedan independien­tes de las aventuras particulares y concre­tas. Son los momentos en que el poeta anhela la «guerra como espectáculo», tre­menda en grandeza y fuerza humana, pero también en colores, sonidos y movimientos. Yelmos brillantes al sol y escudos de colo­res azules y rojos, despliegue de enseñas y estandartes; multicolores y ricos pabellones repartidos por la llanura; campamentos su­midos en el sueño o despertándose al albo­rear; relinchos de caballos que son más dulces para el poeta que las violas de los juglares; sonidos de trompas y cuernos.

Ésta es la guerra que conmueve la fantasía del poeta; el poeta la siente vivamente y sabe traducirla plenamente con imágenes. Por otra parte, dicha sensibilidad viva por el espectáculo es la nota esencial de la poesía bertraniana, que se revela no sólo en los cantos que retratan escenas guerreras, sino siempre, incluso cuando refleja aspec­tos y momentos varios de la fastuosa vida cortesana y se detiene con especial com­placencia en los aspectos espectaculares de la misma, ya se trate de espléndidos ban­quetes o de agitadas escenas de caza. Hay en la poesía de Bertrán un intenso realismo que no es ciertamente una actitud común a la poesía trovadoresca; hay, en sus sirventesios, bocetos vivos de la realidad que rápida e intensamente retratan figuras y tipos de juglares, caballeros y damas. Anotaciones vivamente realistas se encuen­tran también en un célebre sirventesio so­bre la idea cortesana de la vida: el ideal de la juventud. Es el célebre sirventesio «de velh e novelh», donde el poeta proclama que no es en la primavera — como monóto­namente cantaban sus compañeros de arte — cuando se renueva verdaderamente el mun­do, sino cuando un joven sucede en la se­ñoría a un viejo: «Me gusta cuando veo cambiar la señoría y los viejos dejan a los jóvenes sus cuarteles… Entonces me parece que el mundo se renueva mejor que con las flores y los cantos de los pájaros, y que quien puede cambiar mujer o señora, el viejo por el joven, bien ha de renovarse…». Y en coplas alternas declara el poeta cuáles son los gustos de la mujer y de los hombres viejos y jóvenes, repitiendo los motivos conocidos por la idea cortesana de la vida, pero a menudo con observaciones que derivan de una contemplación curiosa de la realidad. El sentimiento bertraniano de la guerra encuentra su realización plena en un sirventesio que no todos los cancio­neros atribuyeron a nuestro poeta, pero cuya autenticidad es muy difícil negar: el sirventesio «Be’m platz lo gais temps de pascor», donde hay imágenes verdadera­mente intensas y violentas: «Y os digo que no me gusta tanto comer bien y dormir, como oír gritar por ambos lados “¡a ellos!”.

Y correr por la selva los caballos vacíos (es decir, aquellos cuyo caballero ha sido arrojado de la silla) y gritar “¡socorro, socorro!” y ver caer por los fosos a la plebe y a los grandes sobre la hierba, y los muertos que a través del pecho llevan el tronco del asta de la cual cuelga aún el pendón…» Pero la mejor poesía de Bertrán — sobre cuya atribución algunos cancione­ros no . están de acuerdo — es el «planh» por la muerte del joven Rey, «Si tuit li dol», cuyos compases iniciales imitó cierta­mente Dante en el exordio del canto XXVIII del «Infierno», en el cual, como hemos di­cho, domina la figura de nuestro trovador (v. 7-21: «S’el s’aunasse ancor», etc.): «Si todos los lamentos, los llantos, las tristezas, los dolores y los daños y miserias que nun­ca se han oído en este mundo doliente se juntasen, todos parecerían leves frente a la muerte del joven inglés. Por ella queda­ron de luto el Mérito y la Juventud, y el mundo quedó oscuro, sombrío.-y tenebroso, carente de toda alegría,y lleno de tristeza y de ira…»

A. Viscardi