Sinfonía N.° 6 (Patética) en «si menor», op. 74, de Chaikovsky.

Es la últi­ma de las seis sinfonías escritas por el músico ruso Peter Ilich Chaikovsky (1840- 1893) . Fue estrenada en San Petersburgo en 1893, bajo la dirección de su autor, pocos días antes que muriese del cólera: y desde entonces se quiere interpretar su «Final» — que es, contrariamente a la costumbre sinfónica, un movimiento lento: «Adagio lamentoso» — como la expresión de un tris­te presentimiento que Chaikovsky debió tener de su próximo fin. El primer tiempo tiene por introducción un «Adagio» cuyo tema está repetido y desarrollado en el «Allegro non troppo», el cual (por  el pre­dominio de actitudes cargadas de elocuente dolorosa musicalidad que culminan en una trágica peroración de los instrumentos de metal antes de la conclusión) establece el tono «patético» que quedará como caracte­rística saliente de la sinfonía. El segundo tiempo, «Allegro con grazia», corre sobre un típico ritmo ruso 5/4, y el siguiente, «Allegro molto vivace», es una especie de movimiento de marcha brioso y pintoresco.

En el último tiempo, «Adagio lamentoso», vuelve a caer sobre la orquesta la atmósfe­ra sombría y dolorida que había abierto la sinfonía y que había quedado como olvi­dada en el paréntesis de los dos «Allegros» serenos y desenvueltos, apenas rozados aquí y allá por acentos de una amable melanco­lía. La Patética, también por estos eficaces contrastes y conciliaciones, es una de las obras más representativas de Chaikovsky. El arte de Liszt, Berlioz y Schumann — que es el fundamento de las creaciones de este músico ruso — aquí se aleja gracias a una genuina y férvida inspiración que sabe hallar el camino de la originalidad en el tercero y especialmente en el segundo tiempo, una de las expresiones más puras y más frescas que haya podido elevar el tem­peramento sentimental y el gusto por el color instrumental del músico. Y si bien en el último tiempo las intenciones de una oratoria demasiado conmovida se hacen evi­dentes en el melodismo lacrimoso e insis­tente de los instrumentos de cuerda, hay, en el conjunto de esta sinfonía, una vita­lidad de sentimiento muy cálida y espon­tánea, especialmente en los dos «Allegros», un sentido de la forma tan fino y equili­brado que hacen de esta obra una de las mejores páginas sinfónicas del siglo XIX musical ruso.

G. Graziosi

No fue un gran sinfonista como Brahms; no tuvo el sentido de la belleza formal, y prefirió trabajar dentro de los moldes fá­ciles y sueltos de la obertura-fantasía… pero supo acabar, expandir, variar y des­arrollar sus ideas de modo maravilloso; y si su forma es a menudo imperfecta, su ornamentación es siempre suntuosa… Él fue ante todo y sobre todo un poeta dramático. Supo describir el alma humana en las con­vulsiones del amor, del odio, de la ale­gría, y del miedo; es un maestro único de ritmos y de ese dinamismo torrencial que expresa las pasiones primitivas en toda la fuerza de su irrupción. (Huneker)