Risalat Al-Ghufran, Abu-l-Ala al-Macarri

Singular obra de la literatura árabe, debida a Abu-l-cAla al-Macarri (m. en 1057), poeta ciego de Siria, docto filólogo y agudo y amargo pen­sador. Una colección de sus versos (las Luzumiyyat, v.) reveló en él un espíritu cáustico y meditativo que se detiene a re­flexionar acerca de los más importantes problemas de la vida, y se muestra escépti­co en cuanto al valor de las religiones re­veladas, incluso el Islamismo.

Semejante espíritu irónico se revela también en esta obra en prosa, Risalat al-ghufrán (literal­mente «La epístola del perdón»), en que, so pretexto de responder a un amigo que le había planteado algunas cuestiones acerca de ciertos herejes, Abü-l-cAlá imagina que su amigo los ve a éstos, y a otros muchos con ellos, en el otro mundo, después de haber pasado él a mejor vida; y se pone sin rodeos a describir la peregrinación de su corresponsal por el Paraíso y el Infier­no musulmanes, sus encuentros allá con poetas, personajes, insignes y oscuros, los milagros a que asiste, las delicias y los tor­mentos que presencia. El autor utiliza para el fondo, y muchos episodios particulares, los datos escatológicos del Corán, pero coloreándolos y presentándolos de manera que da su caricatura con muchas citas coráni­cas, naturalmente con efectos cómicos o grotescos, y alcanza en algunos casos casi una auténtica e irreverente parodia de la Revelación.

Los episodios dramáticos (que a menudo quedan diluidos o distanciados por largas divagaciones gramaticales, mé­tricas o filológicas, de las que parece des­aparecer toda consciente intención parodística) son siempre interesantes y presen­tan, en deformaciones caricaturescas, a al­gunas de las más conocidas figuras de la literatura, la historia y la ciencia árabes (por ejemplo, los poetas Nábiga y Al-Asha, Zuhayr Alqama, el Profeta y Alí, el he­rético Bashar ibn Burd, etc.), a veces de irresistible efecto cómico, cosa frecuente en la literatura árabe: sus invenciones de tre­tas de diablos, coloquios con genios, meta­morfosis de animales, etc., hacen pensar en las Aventuran del barón de Munchhausen (v.). Es una perpetua oscilación entre la pedantería erudita y la sátira, ora brillante, ora vulgar. Bastan estas sumarísimas indi­caciones para dar a comprender qué dis­tancia enorme, no solamente artística, sino ética, separa la Risalat al-ghufran de la Divina Comedia (v.), a la que, por analo­gía de asunto y también por alguna curiosa coincidencia de pormenores, se ha querido aproximarla. De conocimiento directo e in­fluencias del autor árabe sobre el florentino no hay que hablar siquiera; y el espíritu burlón, cínico a veces y a menudo obtuso y vulgar de aquél es la cosa más ajena que se pueda imaginar a la fe profunda y la altiva seriedad de Dante. Un tenue ele­mento común entre estas dos personalida­des inconmensurables es la mezcla de arte y de ciencia (y tal vez también de mera erudición) propia del intelectualismo me­dieval.

F. Gabrieli