Requiem de Rilke

Título de tres com­posiciones elegiacas del poeta Rainer María Rilke (1875-1926) dedicadas a tres di­funtos: a una amiga, al conde Wolf von Kalckreuth y a un niño.

Tema dominante el de la muerte en la obra de Rilke: desde su juvenil Canción de amor y de muerte del alférez Cristóbal Rilke (v.) a las Ele­gías de Duino (v.), este motivo ha sido reanudado a menudo y desarrollado por medio de variaciones de tal profundidad que no es posible hallarlas semejantes en la poesía moderna. Un «Requiem» cierra el Libro de las imágenes (v.), y leemos otro en el Diario de Worpswede; pero las tres composiciones escritas en 1909 y publicadas juntas tienen dentro de la obra rilkiana un lugar propio, bien definido. Un lenguaje, en medio de su desnudez, de casto e inefable poder; palabras de tanta potencia evocado­ra que, sacrificada toda virtud musical, ex­presan intacto su propio símbolo; un poder de sugestión en el diálogo con el más allá, que inmerge la poesía en una atmósfera casi mediumnímica; por todo esto y por su tema elevadísimo, los tres Requiem tie­nen, en la obra de Rilke, una importancia primordial y son directo preludio de las grandes Elegías.

El primer Requiem está de­dicado a la pintora Paula Modersohn, muer­ta al dar a luz un niño. El poeta siente vagar junto a él el espíritu de su amiga, inquieta como si hubiese olvidado algo so­bre la tierra. ¿Por qué en la muerte no encuentra paz? ¿Qué teme? ¿Qué quiere de él? ¿Desea que vaya a un país que ella no ha podido visitar nunca y que le traiga de allí flores y frutas, aquellas frutas que tanto le agradaba pintar? ¿O bien quiere llevar a cabo su obra interrumpida? Eso es: como un fruto era ella, que lentamente ha­bía de madurar; y como un fruto se había pintado, poniéndose ante el espejo y mirándose con una mirada «tan sumisa, tan llena únicamente / de verdadera pobreza ya que no supo / desear: mirada santa».

Alguien vino que se la llevó, y ella en­tonces tuvo que dedicar toda su energía a la maternidad: y aun sabiendo que nutría y maduraba en sí la propia muerte, ella no vaciló y aceptó su trabajo, y cuando su trabajo quedó terminado, quiso premiarse: ella sola, porque nadie podía conocer el don que merecía. Se sentó en la cama, se vistió y atavió, delante del espejo. «Y así moriste de muerte antigua / y desusa­da, en la casa tibia / moriste la muerte de las mujeres / que quieren cerrarse y no pueden…» «En el fondo de este Requiem hay una idea predilecta del poeta: la oposición entre dos modos de vida, uno todo en profundidad, que es la vida esen­cial y meditativa propia de las mujeres («Sein»), otro exterior y voluntario, que es la vida activa y turbia propia de los hombres («Wollen»). El abandono infinito de la mujer a su destino se encuentra con la voluntad tensa y febril del hombre, y es subyugada o destrozada. Puede morir de esto, pero sin rebelarse, porque sólo ella puede alcanzar aquel desprendimiento ideal tan difícil para el hombre, la verdadera pobreza…» (Geneviéve Bianquis).

El se­gundo Requiem está dedicado al conde Wolf von Kalckreuth, suicida de diecinueve años y poeta. ¿Qué pudo inducirlo a reali­zar aquella horrible acción? La convicción tal vez de que con la muerte obtendría una posesión más firme de la existencia. En cam­bio, ahora está mucho menos cerca de la alegría (de la felicidad que produce el acto de respirar), de lo que estaba sobre la tie­rra. Todo el universo ha quedado trastor­nado por su muerte: y de él quedará un recuerdo no de creador, sino de destruc­tor. Tal vez una mujer joven hubiera po­dido salvarlo, o un hombre hundido en su trabajo, o el ver un taller, o un escarabajo laborioso… pero aquel joven no acertó a comprender estas verdades humildes y sen­cillas, el valor del trabajo. Él percibió sólo el vacío, dentro de su vida, o se lamentó de ello en sus versos. ¡ Oh antigua maldición de los poetas, que siempre se lamentan en vez de decir; que siempre juzgan según su propio sentimiento en lugar de plasmar; en lugar de cambiarse en sus propias palabras, como el cantero de una catedral, que se identifica con la influencia de la piedra! Si Kalckreuth hubiese visto una vez cómo el destino se introduce en los versos transformándose en imagen, y con todo perma­nece siempre tal, hubiera perseverado. ¿Pe­ro se le puede vituperar nada? ¡Todo lo que sucede aquí abajo es tan misterioso! Y, por otra parte, ¿podemos hablar nosotros de victoria? Lo que hay que hacer es so­portar y perseverar.

El tercer Requiem, dedicado a un niño, es tal vez menos im­portante, pero no por ello menos sugestivo que los dos precedentes. Son las impresio­nes, llenas de doloroso estupor, de un niño que, de pronto, se encuentra en una rea­lidad que no es ya la de todos los días: ¿valía la pena, se pregunta, de imprimirse en la mente el propio nombre, distinguir la cebra, la vaca, el elefante? Ahora todo esto está como al otro lado de una pared de agua… Sí, yo era solamente un germen; un germen que se abandona al viento, en la calle. ¿Pero vosotros, personas mayores, qué erais? [Trad. española de Gonzalo To­rrente Ballester (Madrid, 1946), y de José M.a Valverde en Cincuenta poesías (Ma­drid, 1957)].

G. Zampa