Primavera Olímpica, Karl Spitteler

[Olympischer Frühling]. Poema en cinco partes y treinta y tres cantos, en su redacción definitiva, del suizo Karl Spitteler (1845-1924), obra de plena madurez y que debe colocarse junto a sus dos redacciones del Prometeo (v.) para encuadrar completamente la figura del artista.

Se publicó, en primera edición, en cuatro volúmenes, entre 1900 y 1906; su redacción definitiva es de 1910. Los dioses griegos son vistos con total libertad de interpretación y de figuración, para dar vida – en modernidad de espíritus y actitudes — a una especie de nueva Teogonia (v.) en la que se narran las aventuras de los dioses que habitaron un tiempo en el ma­jestuoso Olimpo. En la primera parte, Hades, rey de Erebo, despierta del sueño eterno a la nueva familia de los dioses que está destinada a suceder a la dominada por Cronos. El rey de las tinieblas infernales conduce personalmente a salvo de los di­versos monstruos, a los dioses novicios, hasta el umbral del mundo solar.

Después de un viaje son hospedados durante algún tiempo por Urano, rey del cielo. En esta parte, que tiene momentos y episodios de feliz realización, no se puede menos de pensar — a pesar de los frecuentes matices modernos humoristicorrealistas — en las más famosas descripciones del Infierno, especial­mente en las de más rico simbolismo, de Milton y Dante. En el segundo libro, los dioses, en cuanto han llegado al Olimpo, se empeñan en diversas competiciones por la conquista de la mano de Hera, reina de las amazonas y divinidad soberana. Sólo los «elegidos»- entre los dioses se ponen a prue­ba en el canto, en las carreras, en la inter­pretación de los sueños y en la profecía: Júpiter, Neptuno, Mercurio, Apolo y Eros. La palma final de todas las competiciones, hubiera tocado a Apolo, y por lo tanto, la mano de Hera, y en consecuencia el poder supremo.

Pero de otro modo lo dispone Ananké — figuración helénica a la que Spitteler atribuye el sexo masculino —, el cual con sus dos hijas Moira y Gorgona rige los destinos del universo. Júpiter el violento es el escogido, y después que se apodera del manto y del trono real, poco puede contra él Apolo. Mientras Hera, que lo ha odiado siempre, parece aceptar aparente­mente la decisión, Apolo es mantenido en estado de inercia durante la noche por el sueño, y la reina de las amazonas, después de haberse humillado por vez primera en su vida ante el supremo Júpiter, huye, aban­donando para siempre al bellísimo dios so­lar. Las bodas se celebran con una fiesta de paz, en la que son llamados a participar también los mortales; Artemis, Venus y Pa­las, sin embargo, exigen de la nueva reina un sacrificio durísimo, para reconocerle su nuevo grado y piden que todas las fero­ces amazonas, hasta la última de ellas, sean muertas.

Hera se ve obligada a someterse a la imposición, y una sombra trágica se abate sobre la fiesta. Pero hay otro gran ausente: Apolo; y es Júpiter en persona quien consigue al fin persuadirle a la paz, mostrándole cómo el sumo poder significa también suma inquietud, eterno trabajo. Así, como conclusión de la segunda parte, es proclamada la paz entre «el que domina el mundo» y «el que lo embellece», con un principio que se presta a inagotables varia­ciones simbólicas — contraste entre realidad y sueño, política y poesía, verdad y belle­za — que fácilmente se adivinan. En la ter­cera parte se narran, ya sin una trama com­pletamente coherente, algunas «aventuras» de la vida de los dioses o de su protegidos, en que figuran personajes de primera fila como Mercurio, Palas, Apolo, Hefesto, Dionisos; otros personajes también tomados del mundo helénico como Ayax, Acteón, Bóreas, y aun otros creados por la fantasía del autor como el viejo Pelargos, a quien su hija Hagia mantiene en vida, alimentándo­lo con sangre de muchachas inmoladas si­lenciosamente.

Los episodios se suceden con gran variedad de color, en tonos una vez idílicos, otra heroicos, y no raramente satíricos; y por otra parte, no es siempre fácil discriminar exactamente en qué punto dentro del tronco total de la mitología griega han sido injertados otros elementos derivados de leyendas orientales, germáni­cas, medievales y modernas. En la cuarta parte — la más breve — se sigue únicamente la aventura de Afrodita que, al llegar al mundo de los hombres y viéndolos a todos rendidos ante su belleza, se propone dar en el Olimpo un espectáculo en que todos los mortales sean puestos en ridículo. Al llegar a este punto Ananké se decide a obrar, y con el fin de castigarla, mientras Afrodita se dispone a arrastrar tras sí a los hombres hechizados, la cubre de lluvia, granizo y nieve de suerte que regresa a su techo olímpico humillada y resfriada.

Fi­nalmente Ananké, atento ya al cometido confiado a los dioses del Olimpo, viendo a Júpiter demasiado sosegado por el amor que tiene a Hera, insinúa entre los dos es­posos los celos y la envidia. Júpiter, enton­ces, se acuerda de su misión regia, y llama a los dioses a consejo, dispuesto a hacer de supremo juez. Todavía está incierta en su mente toda decisión sobre el destino de los mortales. Pero cuando se decide enviar al mundo un mono vestido con sus insig­nias reales, con el fin de probar su juicio y ve cómo le adoran, le asalta una gran ira y le impulsa a decretar su fin. En vano Hera y Palas imploran piedad. Con todo, la misma noche de la ejecución de la senten­cia, un sueño le muestra que toda la natu­raleza no puede prescindir del hombre, y finalmente incluso Gorgona le implora que no cumpla aquella destrucción.

Júpiter cede, pero quiere tener un consuelo: el de hallar sobre la tierra un alma «en la cual su mi­rada puede reposar y complacerse». Y la encuentra en Hércules (v.), el héroe también predilecto de Goethe; a pesar del odio de Juno, que es enemiga del héroe, no por los motivos tradicionales, esto es, por su origen, sino porque estando ella también destinada a morir, goza sádicamente en abatir a quien del estado mortal es destinado a elevarse a divinidad. Con el descendimiento de Hér­cules a la tierra, en la cual el héroe, acom­pañado de la maldición de Hera, amargado, pero no domado, dirige su último saludo a Júpiter, no padre ahora, sino benigno pro­tector, termina el poema. Es una conclusión no definitiva, pero, como hubo de advertirlo justamente el autor, muchos poemas épicos se concluyen más según un sentido de inte­rior armonía que de lógica estructural.

Sin embargo, parece innegable que el ritmo de los acontecimientos se sostiene mucho mejor en las dos primeras partes de la obra que en las otras; y hasta la circunstancia de que el autor sintiera la necesidad de reno­var precisamente estas últimas en su segunda redacción, demuestra que tampoco él estaba convencido de su absoluta e intrínseca «ne­cesidad» poética. Los elementos que se ha­llan mezclados en este grandioso fresco poético hacen pensar en una moderna orien­tación neoclásica, y ya por razones de tiem­po, ya de espíritu, ocurre a menudo que el poema no deja de recordarnos la pintura de Boecklin. Aquel Olimpo, a cuya nueva primavera Spitteler nos hace asistir, ha con­seguido tomar consistencia en colores y en líneas de una de las cimas de los Alpes suizos. Y si paisajes y personajes pueden tal vez demostrar de manera clara que el autor se ha creado una Grecia con elementos na­turales y nacionales que tenía alrededor de sí mismo, la sonrisa del humorista — ple­namente consciente de la situación — resta­blece pronto el equilibrio.

En cambio, no resulta siempre feliz la transposición de sentimientos modernos en espíritus que de­berían estar más profundamente penetrados de helenización; y ciertos pormenores — como el de Júpiter que se pone a mirar la tierra con un catalejo — pueden incluso pa­recer de invención demasiado fácil. En com­pensación, la fantasía poética de Spitteler ha creado verdaderamente un mundo en que, junto a algunos fantasmas algo ambi­guos, se reconocen figuras vivas y humanas. Nos hallamos ante la obra de un poeta que, lejos de los caminos trillados, ha buscado su inspiración en un mundo de alta, com­pleja y reflexiva espiritualidad, y ha creado para aquella inspiración su lenguaje y su estilo. Tampoco podemos menos de admi­rar que una obra tan rara en los tiempos modernos, como un poema épico, ha resul­tado ser, a pesar de todos sus defectos y compromisos, una auténtica obra de poesía. También el verso que Spitteler ha creado para este poema se adapta a él magnífica­mente; una especie de trímetro yámbico, con los versos rimados dos a dos, de su paternidad absoluta; es un verso que se adapta perfectamente a su tono poético, y tanto es así, que lo usó también en su última obra Prometeo el paciente (v. Pro­meteo).

R. Paoli