Por qué Dios se Hizo Hombre, San Anselmo de Aosta

[Cur Deus Homo]. Tratado teológico en forma de diálogo de San Anselmo de Aosta (1033- 1109). En la especulación de San Anselmo es evidente, y él lo confiesa sin ambages, el influjo de San Agustín.

En las relaciones entre la fe y la razón, aun asegurando que la fe ha de admitirse conforme a los principios de la razón y que debe ser ilustrada y defendida por motivos racionales, afirma decididamente la primacía de la fe; ésta es la que da la ciencia y la sabiduría que el hombre necesita para vivir dignamente: «credo ut intelligam». En este sentido se propuso San Anselmo ilustrar o justificar ra­cionalmente los dogmas principales de la fe cristiana: la Santísima Trinidad y la Encar­nación.

El Cur Deus Homo, en efecto, en su primera parte contiene las objeciones pro­puestas por los infieles contra la doctrina cristiana de la Encarnación, las respuestas dadas por San Anselmo y los motivos por los cuales, sin Jesucristo, la salvación es imposible para el hombre; en la segunda parte se demuestra que el hombre, creado de hecho por Dios para gozar de felicidad eterna en/ cuanto al alma y en cuanto al cuerpo, no podría alcanzarla sino por los méritos de un Hombre-Dios, el cual, al morir, pudiera resucitar entre los muertos y ser el primero de los bienaventurados. Este modo de proceder de San Anselmo fue acusado de racionalismo, porque parece que tiende a demostrar con la razón la verdad de los dogmas de la fe.

Pero observándolo bien, las razones dadas por San Anselmo son de conveniencia y no de necesidad; son los motivos por los que la mente hu­mana reconoce la sabiduría divina en las disposiciones tocantes a la redención del hombre; para restituir a Dios el honor debido, que se le negó por el pecado, era necesario ofrecerle una reparación propor­cionada a la dignidad de la persona ofen­dida, una reparación de valor infinito, y ésta sólo podía proporcionarla un Hombre-Dios. Por eso en su diálogo habla San An­selmo de la gravedad de la culpa y de la necesidad de la reparación, de la nobleza del hombre y de la bienaventuranza a que aspira, de la excelencia y sublimidad de la unión hipostática y de la fecundidad de la reparación dada por Jesucristo, y, por fin, del modo por el cual los frutos de la Re­dención se aplican al hombre pecador, para volver a darle la gracia sobrenatural primero y la bienaventuranza eterna después.

C. Cordié