Política de Dios, Gobierno de Cristo y Tiranía de Satanás, Francisco de Quevedo y Villegas

Obra del autor español Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), libro capital para resu­mir el pensamiento político del autor. Como los sabios de su época, Quevedo busca su fondo en la Escolástica y Patrística y en los clásicos (Séneca y Tácito) y los huma­nistas del Renacimiento.

Consta de dos par­tes: la primera dedicada al Conde-Duque de Olivares, privado del rey Felipe IV, y la segunda al papa Urbano VIII. Como escribe Astraná Marín, es un libro peregrino, ori­ginal, grandioso, de amplias perspectivas. Para Quevedo, la esencia de la institución monárquica consiste en un pacto entre el rey y el pueblo; el monarca no es más que un mandatario del pueblo. Pero el origen del poder radica en Dios, y así dice a Fe­lipe IV: «Los monarcas sois jornaleros: tan­to merecéis como trabajáis». He aquí una alusión directa a la abulia de Felipe IV y al monopolio del poder por el Conde-Duque de Olivares: «Rey que duerme y se echa a dormir descuidado con los que le asisten, es sueño tan malo que la muerte no le quiere por hermano y le niega el parentesco; deuda tiene con la perdición y el infierno.

Reinar es velar, quien duerme no reina. Rey que cierra los ojos da la guar­dia de sus ovejas a los lobos, y el ministro que guarda el sueño del rey y le entierra no lo sirve, le infama, no le descansa… De modorras y letargos de príncipes adorme­cidos adolecieron muchas repúblicas y mo­narquías». Para Quevedo, el monarca que se precie de interesarse por el bienestar del reino y de los súbditos, debe atender pri­mordialmente. a los siguientes aspectos: el buen rey es el que sirve a sus estados y no se aprovecha de ellos, puesto que el oficio de reinar no consiste en un mero entrete­nimiento, sino en una tarea muy delicada y llena de las más pesadas responsabilida­des. Ha de tener siempre presente que «su corona son las necesidades del reino». El rey, si quiere cumplir con sus obligaciones, ha de saber castigar siempre a los minis­tros malos y a todos aquellos servidores que por cualquier circunstancia se demuestre que se han aprovechado de su situación privilegiada para cometer abusos en pro­vecho propio. Debe prestar la máxima aten­ción a la opinión pública, ya que el am­biente general de la misma es un excelente indicio para darse cuenta de la gestión del gobierno.

Debe ser también «tolerante, vigi­lante, alto, infatigable, solícito, puntual, da­divoso y desinteresado». Quevedo se mues­tra refractario al tiranicidio, puesto que, en su opinión, los malos reyes suelen ser el castigo merecido de- los pecados del rei­no. En materia procesal y penal, el autor expone muchas ideas que, una centuria des­pués, desarrollarían a fondo los tratadistas de la Ilustración. Insiste en la tolerancia y en la misericordia para con los delin­cuentes, y sólo admite la pena de muerte en casos muy contados y de extrema gra­vedad. Como escribe Astrana Marín, la Po­lítica de Dios ofrece mil sugerencias impo­sibles de extractar en una breve referencia. «Su estilo y su tono varían a cada instante; unas veces es apacible y sereno, y otras áspero. Hay tiradas que podrían pronun­ciarse ante un tribunal revolucionario y otras de olor apocalíptico. Arrebatado el autor, la sucesión de ideas no siempre es lógica. La armonía surge del contraste y de su propia desarmonía».

J. Regla