Poesías y Leyendas, José Zorrilla y Moral

La obra del poeta vallisoletano José Zorrilla y Moral (1817-1893) se halla dentro de la línea del Romanticismo conservador por su temática y espíritu, y en el polo opuesto por la tendencia moral o revolucionaria.

La leyenda y la historia españolas constituye­ron para él la principal cantera de asuntos. Por eso lo mejor de su producción pertene­ce al campo de la poesía narrativa, más que al de la lírica propiamente dicha. En busca de gloria, el poeta huyó de la casa paterna el año 1836. En el entierro de Larra (Fígaro) se dio a conocer leyendo unos versos, que empiezan: «Ese vago clamor que rasga el viento/es la voz funeral de una campana:/ vano remedo. del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento/que en sucio polvo dormirá mañana…»

Desde entonces escribió en los principales periódicos, formó parte de las tertulias literarias, publicó va­rios tomos de poesías. La poesía lírica de Zo­rrilla se halla incluida en su mayor parte en los tomos publicados de 1837 a 1840. Las primeras que compuso (1836-1837) estaban ajustadas a los moldes que la lírica román­tica había establecido. Unas eran de amor melancólico, como «A una joven» («Yo adoro la hermosura») y «Amor del poeta» («Catalina encantadora»); otras, de asunto caballeresco, como «El trovador» («De un elevado castillo»); otras, orientales («Dueña de la negra toca», «Corriendo van por la vega», «Mañana voy, nazarena», «De la luna a los reflejos»), derivadas de las de Victor Hugo.

Como nota Guillermo Díaz- Plaja, «el orientalismo de Zorrilla es, entre todos, el más libresco, el que tiene menos soporte real, el más huecamente sonoro». En sus primeras composiciones figuran tam­bién las que reivindican a ciertos seres perseguidos por la desgracia o por las in­justicias sociales, como «Ei contrabandista» («Subiendo la negra roca»). Todas ellas re­flejan el tono sentimental y vago caracte­rístico de la lírica romántica de iniciación. Después dio mayor variedad y originalidad a sus poesías. Prefirió, por de pronto, las de cierta tendencia filosófica, con conside­raciones sobre las penas y contrariedades de la vida, la inestabilidad de la gloria humana, la bienandanza de los estados hu­mildes, la sumersión en el mundo de las ilusiones y de los sueños y los consuelos de la poesía.

Tales son las tituladas «El día sin sol» («Hizo al hombre de Dios la pro­pia mano»), «Inconsecuencia» («Tórtola que solitaria»), «Napoleón» («Dos gigantes los siglos nos trajeron»), «La noche y la inspi­ración» («La noche sobre el mundo desplo­mada»), «A una calavera» («Ahí estás tú, secreto de la vida»), «A un águila» («Sube, pájaro audaz, sube sediento»), etc. En sus evocaciones de los tiempos pasados buscó, más que la reconstrucción histórica y ar­queológica, los ecos de su ideal y misteriosa poesía; y así escribió «Toledo» («Negra, rui­nosa, sola y olvidada»), «A un torreón» («Gigante sombrío, baldón de Castilla»), «La torre de Fuensaldaña» («Yo he sentido bra­mar el ronco viento»), etc.

Junto a estas poesías tiene otras religiosas, como: «La «Virgen al pie de la Cruz» («Velaba entonces el cielo»), compuesta en quintillas y en octavillas; «El bautismo de Jesús» («Ante el trono de Dios el cielo abierto»), inspirada en un cuadro de Albano. Más próxima al tono épico (tanto que luego se incorporó a un poema bíblico) es la titulada «Ira de Dios» («En un confín recóndito del cielo»), donde describe lujosamente el portentoso alcázar en que «tiene el Señor las arcas de su enojo» y anuncia el pavor del día de la ira. Descriptivas son, entre otras, «La noche inquieta» («Hay unas horas sin hora»), «Soledad del campo» («Salve, fértil campiña y prado ameno»), «La margen del arroyo» («Qué dulce es ver muellemente»), «Tempestad de verano» («Por entre moradas nubes»), «El crepúsculo de la tarde» («Sen­tado en una peña de este monte»).

los años, Zorrilla imaginó una nueva clase de composiciones poéticas cifradas especial­mente en el corte rítmico y musical en que jugueteaba con el metro y con la rima. Como creyó que ese artificio poético podía de algún modo recordar la cadencia o el senti­miento de la poesía árabe, llamó a estas composiciones serenatas moriscas, canciones moriscas, kasidas y alguna vez alboradas monorrítmicas. Insertó la primera en su poema Granada (1852). Otras son: «A S. M. I. Eugenia, Emperatriz de los franceses» («Yo adoro, bardo errante, la gloria y la hermosura»), «Las rosas mexicanas» («De las flores preciosas»), «A la marquesa de La Habana» («Tres años ha que un día de tu isla encantadora»), «A Ana» («Niña her­mosa, me preguntas»), «A Rosa» («Oh Rosa, flor temprana riquísima de aroma») y otras insertas en algunas de sus leyendas.

En otras de sus poesías, como las tituladas «A Dios» («Señor, bendito seas, bendito cuanto sale»), «La siesta» («Son las tres de la tarde, julio, Castilla») y «Recuerdo del tiempo viejo» («Yo soy viejo y ya no valgo») emplea esos mismos recursos de musi­calidad. Sus contemporáneos dieron a su obra una entusiástica y apoteósica aproba­ción. Zorrilla fue coronado con un laurel de oro en Granada. En cambio la reacción antirromántica ha sido singularmente dura con el poeta. En los Recuerdos del tiempo viejo (v.) hay una frase suya singularmente sincera: «He aprendido desde muy joven una cosa muy difícil de poner en práctica: el arte de hablar mucho sin decir nada, que es en lo que consiste generalmente mi poesía lírica».

Agradeciendo la concesión de la Cruz de Carlos III, escribía Zorrilla al ministro Cristino Martos: «Mis obras, excelentísimo señor, son muy numerosas, pero son las más incorrectas de las producidas por los poetas de nuestro siglo; me com­place y me duele hallarme en esta ocasión de declararlo espontáneamente. Deben mis obras su fama a la época innovadora en que las empecé a publicar, a los alardes de religión y de españolismo de que están salpicadas, a los asuntos populares que tra­tan, a mi larga ausencia de mi país, a lo novelesca que supone el vulgo mi vida en regiones remotas, y más que todo esto, a la fortuna que mi ignara osadía acompaña desde mi juventud». Zorrilla careció de verdaderas dotes líricas. La esencia misma de su poesía, como nota acertadamente José M.a de Cossío, es la sonoridad.

Donde ver­daderamente se distingue Zorrilla es en las leyendas. «La sorpresa de Zahara y Boabdil el Chico» se basa en la historia. «A buen juez, mejor testigo» se funda en una tradi­ción popular toledana en torno al milagro del Cristo de la Vega, que baja su brazo para dar fe de un juramento amoroso pro­nunciado ante él. Otra tradición popular madrileña le inspiró la leyenda «Para verdades el tiempo, y para justicias, Dios». «Las dos rosas» repite la tradición medieval del caballero que se casa con el demonio en figura de mujer. En el libro Soledades de la vida (v.) (1658), de Cristóbal Lozano, se encuentra la leyenda del estudiante Lisar- do, base de «El capitán Montoya», como de El estudiante de Salamanca (v.) de Espronceda. En la versión de Zorrilla, el capitán don César Montoya ayuda en trance apu­rado a don Fadrique de Toledo, y éste le concede la mano de su hija.

Apenas han firmado los capítulos matrimoniales, Mon­toya se dirige a un convento, de donde ha de raptar a doña Inés de Alvarado. Al en­trar en la iglesia se encuentra con un en­tierro; pregunta y le contestan que el muer­to es el capitán Montoya. Impresionado, se retira al claustro, sin que don Fadrique logre saber la causa hasta que aquél se ve en trance de muerte. «El escultor y el Duque» se funda en un episodio biográfico de Pedro Torrigiano con el duque de Arcos. Las leyendas de Zorrilla se vieron aumen­tadas con la aparición de los Cantos del Trovador (1840-41), en los que — según Díaz-Plaja — «se muestra como un autén­tico genre trobadour, revividor de una Edad Media manierista y altisonante». «La prin­cesa y doña Luz» se funda en la historia fabulosa del infante don Pelayo que deriva de la Crónica de don Rodrigo, de Corral.

En la «Historia de un español y dos fran­cesas» repite la leyenda del conde García Fernández, «el de las manos blancas», to­mada del David perseguido (v.), de C. Lo­zano. La leyenda de «Margarita la tornera» trata del tema de la monja pecadora que vuelve al convento. A Menéndez Pelayo no le gustaba tanto como otras de Zorrilla, por la ejecución desigual, a veces prosaica, y por las adiciones inadecuadas. La leyenda de gran fama se salva por «la maravillosa espontaneidad de la dicción poética». Es importuno realmente -el «Fin de la historia de don Juan y Sirena la bailarina», apén­dice de «Margarita la tornera». Según N. Alonso Cortés, «La Pasionaria» es «una de las que exhalan aromas de mayor delicadeza y poesía». La desamorada Aurora logra por favor sobrenatural, bajo la forma de pasio­naria, arraigar en las paredes del castillo donde vive feliz su amado con otra mujer. Es un cuento fantástico a la manera de los de Hoffmann, ya conocido entonces en Es­paña.

Las «Apuntaciones para un sermón de los Novísimos» está basada en la tradición de Valladolid sobre el alcalde Ronquillo, cuyo cadáver arrebataron los diablos. «Las píldo­ras de Salomón» se refieren al judío errante. En 1849 aparecieron las Vigilias del estío, que contienen tres leyendas: «El talismán», variante de la tradición sobre el origen de la calle de la Cabeza; «El montero de Es­pinosa» (asunto de su drama Sancho Gar­cía, v.) y «Dos hombres generosos», que compiten en nobleza, llegando uno de ellos a declararse culpable de un delito que no ha cometido, por salvar al otro. En 1844 publica otro volumen: Recuerdos y fanta­sías, con la famosa introducción en la que dice: «Yo entiendo de las aves/los cánticos distintos,/al saludar el alba/o huir la tem­pestad,/buscando de las selvas/los cóncavos recintos, / en donde alegres gozan / salvaje libertad…» El asunto lo inspiró el David perseguido, de Cristóbal Lozano. En 1845 publicó «La azucena silvestre», dedicada al Duque de Rivas, sobre la tradición de fray Garín y la fundación de Montserrat.

«El desafío del diablo» se basa en un hecho real acaecido en Segovia (un mozo que mata al hermano de su prometida porque la obligaba a hacerse monja) combinado con una tradición que tiene algo de «A buen juez, mejor testigo» y de «Margarita la tor­nera» (la monja, al escapar del convento, va antes a despedirse del Cristo, éste des­prende una mano de la cruz y la sujeta del pelo). «El testigo de bronce» se refiere a una tradición de Valladolid, donde, se­gún N. Alonso Cortés, Zorrilla retrató a su padre en «Don Miguel Osorio, que anda a estocadas en pro de la ley, y por quien el Cristo de bronce baja de su cruz para ates­tiguar en pro de su ideal terrenal de la justicia». A los treinta y cinco años publica — en París, 1852 — el poema oriental Gra­nada, precedido de «La leyenda de Al- Hamar».

Su asunto es la conquista de Gra­nada por los Reyes Católicos. Es un exten­sísimo poema inacabado, en el que se nos ofrece una visión coloreada del mundo mu­sulmán español. «La leyenda de Al-Hamar» se refiere al primer rey de la dinastía de los nazaríes. Tras este poema parece ago­tarse la inspiración del poeta. La leyenda del Cid (1882) viene a ser como «un ro­mancero moderno del héroe castellano». Resulta muy inferior a Granada. Zorrilla es muy hábil como poeta narrativo.

Sus musicales versos saben evocar un ambiente sugestivo y darnos un vivo y animado relato de una escena dramática. La sorpresa, el misterio, la intriga, lo escenográfico, son sus mejores armas. Es un gran conocedor de la técnica de la narración legendaria, de forma que es el valor dramático lo que diferencia sus leyendas de los romances del Duque de Rivas, que sobresalen por su riqueza cromática. Como observa Menéndez Pidal, aunque Zorrilla aprovechó a veces las leyendas épicas medievales, prefirió siempre lo novelesco privado a lo heroico, y la época de los Austrias a la Edad Media. Como hemos dicho, lo mejor de la produc­ción de Zorrilla pertenece al campo de la poesía narrativa más que al de la lírica propiamente dicha. Su obra está inspirada en nuestra tradición. Zorrilla significa el momento de nacionalización de los elemen­tos importados.

J. M.a Pandolfi

Su vida fue la de un trovador anacrónico y rezagado que tardó siglos en nacer. (Valera)

Vemos en Zorrilla un liquidador general de los tópicos románticos. (Díaz-Plaja)