Rosalía de Castro (1837- 1885). Publicó su primer libro de poesías, titulado «La Flor», en 1857. Aparte otras obras menores («A mí madre», «Ruinas», «Cinco poesías»), son tres las colecciones poéticas fundamentales de Rosalía de Castro: En las orillas del Sar (v.), en lengua castellana; «Cantares gallegos» y «Follas novas», en lengua gallega. Pero la expresión lírica de Rosalía es una sola.
Desvinculada de casi toda influencia literaria, encerrada en su dolor de siempre, busca la poetisa incesantemente el marchito rostro de su nostalgia. Por ello está en la poesía, y no en la novela su voz más genuina, y sobre todo en la -lírica intimista, de un «egocentrismo» que identifica el «yo» con el «Weltschmerz» romántico. En las orillas del Sar recuerda un tanto el sonambulismo de las Rimas (v.) de Bécquer, lo cual demuestra tan sólo una «común inactitud» vital, por cuanto el libro de Rosalía de Castro, si no publicado, fue escrito antes que el de Bécquer. La obra gallega, escrita en la lengua que Emilio Castelar juzgaba muy influida por el sentimiento de los antiguos invasores suevos, posee también la fluidez lírica de la moderna poesía de Suabia.
Entre «Cantares gallegos» y «Follas novas»’ media el paso de una juventud melancólica, pero esperanzada, a una madurez solitaria y llena de congojas. Pues la poetisa se resiente no sólo de su personal tragedia, sino del dolor que enluta al universo («El rincón gallego»). «Follas novas» («que melle se dirían vellas…») representa la culminación de todos los temas y acentos de la poetisa, resumidos a uno solo. Comprende cinco libros: «Vaguedás», «D’o íntimo», «Varia», «D’a Terra», «As viudas d’os vivos e as viudas d’os motos». Títulos tan descriptivos como los de los mismos poemas «N’a Catedral», «Olvide-mol-os-mortos», «Pra Habana», «N’a tomba d’o xeneral ingles Sir John Moore» (emplazada en el evocador jardín coruñés).
«Padrón, Padrón…», meditación quizás la más biográfica de la herida del tiempo, comienza con unas estrofas de corte manriqueño («Aquelas risas sin fin, aquel brincar sin dolor, aquela louca alegría… Por qué acaban?») seguramente imitadas con pléna intención «n’o deserto de Castilla» donde se escribió el poema. Rosalía de Castro, inclinada por su temperamento («miña natural disposición a sentir como propias as penas alleas») y por sus desgracias familiares a ver en todo el inevitable dolor, debió encontrar serias dificultades en la vía religiosa. Contra una precipitada calificación de agnosticismo, abogan empero su «Oración a Santa Escolástica» («¡Hay arte! ¡Hay poesía! ¡Debe haber cielo! ¡Hay Dios!») o su doliente poesía postrera: «Tan sólo dudas y dolores siento, divino Cristo, si de ti me aparto, mas cuando hacia la Cruz vuelvo los ojos, me resigno a vivir con mi calvario».
R. Jordana

