Poesías, Miquel Costa i Llobera.

La obra poética del escritor catalán Miquel Costa i Llobera (1854-1922) fue recogida en los si­guientes libros: Poesies (1885) De l’agre de la térra [Del agro de la tierra], publicado en 1897; Tradicions i fantasies [Tradiciones y fantasías], en 1903; Horadanes [Horacianas] en 1906; Poesies (1907), edición de­finitiva y aumentada de las que publicó en 1885; Visions de la Palestina [Visiones de Palestina] en 1908, y Líricas (1899), su único libro de versos en lengua castellana.

La llamada escuela mallorquína es quizá la única que ha existido desde el siglo XV en las tierras de lengua catalana. La lumi­nosidad del Mediterráneo y el gesto mile­nario de los olivos parece que impongan un tono único al canto de los poetas de las islas. Costa i Llobera es uno de sus repre­sentantes más insignes. Su actitud es, a la vez, ática y romántica. Ligado, desde sus comienzos, con el movimiento de la «Renaixença» catalana, su acción en Mallorca, con respecto a la poesía y a la lengua, fue para­lela a la ejercida por Verdaguer en el Prin­cipado. Ambos rehicieron un idioma que se debatía entre el floralismo histórico y un ingenuo popularismo, transformándolo en un instrumento válido de cultura.

Sus poe­mas juveniles adolecen aún de los defectos del prevaleciente romanticismo histórico. Cantan las montañas, el paisaje, y el tema del mar aparece con insistencia; el libro recoge ya dos de los poemas más famosos de Costa: «El pi de Formentor» y «L’arpa». El primero, de una retórica menos grandi­locuente y más severa y contenida de lo que parece, es un canto fervoroso y apolo­gético a un vetusto pino que «com un vell profeta rep vida i s’alimenta/de les amors del cel». «L’arpa», en el que se adivina un eco becqueriano, es un canto metafórico a la lengua catalana cuya armonía han resu­citado los nuevos escritores de la «Renaixença». Otros poemas van dedicados a J. Rosselló, Verdaguer, Mistral, Llull, Quadrado, etc. En la edición definitiva de sus poesías de juventud Costa añadió algunos poemas de corte clásico, como «Raixa», en los que ha desaparecido el ingenuo sabor romántico.

Los libros De l’agre de la térra y Tradicions i fantasies recogen leyendas y tradiciones de su Mallorca natal. Con es­tilo narrativo glosa poéticamente tradicio­nes leídas, recogidas por él mismo o escu­chadas al gran folklorista Mariá Aguiló. Formalmente usa la «codolada» y la «glo­sa», muy populares en Mallorca. «El pai­saje inmediato, directo, que fue amado por Costa como una proyección del propio espí­ritu» vuelve a aparecer en estos libros. Tradicions i fantasies contiene «La deixa del geni grec», uno de sus poemas más famo­sos. Otros, en forma de idilio o de égloga, traslucen una clara influencia mistraliana. En Visions de la Palestina, fruto de un viaje a Tierra Santa, Costa imita el ver­sículo hebreo, «cuya ley orgánica es el para­lelismo de conceptos».

Sus poesías caste­llanas, quizá demasiado olvidadas, acusan una sabia y segura destreza en el dominio del idioma y una influencia, bien asimi­lada, de José María de Heredia y de Patri­cio de la Escosura. Pero su libro capital son las Horacianes, de las que se publicó una versión castellana en 1928. Leyendo a Car- ducci, Costa i Llobera se dio cuenta de que su musa no había de ser nebulosa y nór­dica, sino hija de Grecia. La lectura de la antigua poesía clásica acabó por decidirle y así «concibió la idea — nos confiesa él mismo — de reproducir su belleza original, tan desconocida por las copias en yeso del pseudoclasicismo académico», movido tam­bién por los afortunados ensayos de Cabanyes, escribió, pues, su primera horaciana: la «Oda a Horaci», auténtico brevia­rio de su poética, donde dice que «ma pàtria filia és de Roma». Las Horacianes son el primer intento importante de incorporar al catalán las antiguas estrofas alcaica, asclepiadeo-glicónica, yámbica y sáfica.

Costa pretende «la introducción de formas nobles y gentiles aquí no usadas» y añade que «hace falta demostrar que nuestra lengua sirve para todo, si la queremos enaltecer como idioma literario». Ese afán de intelectualizar, de dignificar la poesía se debe, en parte, a una reacción. contra un exce­sivo floralismo retórico. Una severidad casi escultórica, un idioma seleccionado que no • olvida su entronque popular, una forma per­fecta y un buen gusto mantenido desde los inicios de su vocación poética, dan un va­lor ascético al verso de las Horaciones. Por­que Costa nunca Olvidó sus lecturas de Lamartine, Leopardi, Vigny y Manzoni su verso no se tornó pétreo, marmóreo, ya que una savia de puro romanticismo, lim­pio de sensiblerías e ingenuismos, vivificó latentemente su poesía, librándola así, como escribe Miquel Batllori en La trayectoria estética de Miquel Costa i Llobera (1955), de un «peligroso academicismo antihumano por excesivamente humanístico».

No fue nunca un formalista, ya que buscó con ahín­co el equilibrio entre la forma y la inspi­ración. Su serenidad clásica hizo que no comprendiera el barroco y que se alejara de la línea de poetas que, con lenguaje actual, llamaríamos «videntes» (Llull, Rimbaud, Maragall). También le disgustaba la incuria formal de los modernistas catala­nes. Con razón pudo escribir Antoni Rubio i Lluch, al hablar del equilibrio de Costa i Llobera, que fue «un romántica del cla­sicismo y un clásico del romanticismo».

A. Manent