Poesías, Josep María López-Picó

La obra poética del escritor catalán Josep María López-Picó (1886-1959) está contenida en más de cien libros — el poeta los llama opus —, que en una tercera parte permanecen inéditos. Los más importantes son: Tunment froment [Tormento-frumento, 1910]; Amor, Senyor [Amor, Señor, 1912]-; U o frena [La ofrenda, 1912]; El retom [El retomo, 1915]; La nova ofrena [La nueva ofrenda, 1922]; Elegía [Elegía, 1925]; Invocado secular [Invocación secular, 1926]; Epitalami [Epitalamio, 1931]; Les ales deis dies [Las alas de los días, 1948]; Via crucis [Vía crucis, 1948]; Réquiem [Réquiem, 1948]; Pax [Pax, 1948].

Entre los inéditos cabe destacar: Oda a l’Assumpció [Oda a la Asunción], El cavaller de Crist [El caballero de Cristo], Oda a Roma [Oda a Roma] y El poeta al llindar de la vellesa [El poeta en el umbral de la vejez]. En 1931 apareció una Antología lírica, selección de sus anteriores libros, realizada por Agustí Esclasans y con pró­logo de Caries Riba. Y en 1948, el primer volumen de sus Obres completes, con un extenso estudio crítico y apologético de Octavi Saltor y que compendia sus sesenta primeros libros de poemas. J. M. López- Picó parte en sus inicios de Carner y de la rica tradición medieval (Ausiás March, Róis de Corella, Jordi de Sant Jordi), in­corporándose luego al Noucentisme catalán (sus prosas de Moralitats i pretextos seña­lan una clara influencia orsiana).

En una obra tan extensa es difícil desentrañar el mensaje del poeta, aunque ya en sus pri­meros libros López-Picó suscitó los temas líricos que luego iría glosando a través de su vastísima producción. El canto amo­roso es sublimado en los bellos endecasí­labos de corte ausiasmarquiano de Amor, Senyor. El tema vuelve a aparecer como central en El retom, Epitalami, etc. Dios y la muerte cristiana son el meollo de varios libros del poeta: L’ofrena, Elegia, La nova ofrena. La lucha de su espíritu se debate entre el hambre insaciable de absoluto y la propia desnudez ante Dios (soneto XXVI de L’ofrena).

Pero la muerte cristiana es para el poeta prenda de resu­rrección (en uno de sus mejores poemas habla de la lluvia que fecunda los huesos de los difuntos y éstos se remueven «con prisa de simiente que sube» para resuci­tar). Y tiene la sensación de la propia ca­ducidad en medio del tiempo que nos llena («del temps ja due l’ànima plena»), y canta entonces : «Sento el meu pois tan frágil i menut/que em fa pensar :/Si ara finís, la pau/no alteraría d’aquesta hora amable./ Tot fóra igual de ciar i d’immutable:/ l’amor i el goig i el pas del temps suau /i nua sense mi la solitud». También en los poemas epigramáticos del Llibre deis bons auguris, Poemes del port y Epigramata, ha expresado López-Picó bellos pen­samientos e imágenes de gran precisión poética.

Basta recordar el famoso «Xiprer», sobre el cual basó Ortega toda una teoría de la metáfora en el prólogo a El pasajero de José Moreno Villa: «Ta vida es un desig d’agilitat; / voldria ser gentil i és massa forta./Ta vida és un desig llarg i callat;/ és com l’espectre d’una flama morta». Pero la obra fundamental de López-Picó, no superada quizá ni en sus recientes poemas teológicos, es la Invocado secular, donde canta el tema de la creación : «L’alè de Déu la nuditat perfila/com la ventada aus­tera del cel cast./Salut Adam, salut, grapat d’argila,/repòs de Déu, content del seu abast». El poeta ve a Adán batido por la luz . cuando despierta a la vida de las cosas y les da nombres propios e intuye el do­lor y duerme sin que el rocío estelar dañe su intacta y pura desnudez. Y el poeta ima­gina el primer diálogo de amor con un lenguaje recién inventado.

En estos últimos veinte años López-Picó ha abordado poé­ticamente los grandes temas del Cristianis­mo: la Redención, la Comunión de los Santos, la Resurrección, etc. Inspirándose en la Biblia, en la Patrología, en las devo­ciones populares, en el Santoral y en la Liturgia, ha escrito los ya citados Via Cru­cis, Rèquiem, Pax, Oda a Roma, Oda a l’Assumpció, etc. Los grandes poetas que llegan a su otoño físico acostumbran simplificar su lenguaje, a buscar la expresión sencilla y la concentración. Pero López-Picó, al­canzada su madurez, ha cargado su mundo de una mayor complejidad, ha alejado su lenguaje de la simplicidad y lo ha enrique­cido con neologismos y con un sobreabun­dante bagaje de ideas.

Sin embargo, esta aparente contradicción con los poetas de su edad obedece a que la obra vastísima de López-Picó, una de las más ambiciosas de cuantas se han intentado en Cataluña modernamente, no se realizará en plenitud mientras otras generaciones no recojan su herencia y la desarrollen hasta sus últimas consecuencias. No obstante, no olvidemos que las Estances de Riba (v. Poesías) posi­blemente no se explicarían sin la obra lopezpiconiana, que sus últimos poemas teoló­gicos han influido en varios sacerdotes-poe­tas y que a través de «La Revista», de la que fue fundador, López-Picó tuvo un influjo decisivo en la cultura del país. Toda poesía tiene su problemática. En Carner es el pudor de sus propios sentimientos, que vela a menudo con el juego de la ironía. En Maragall radica en la preocupación de que sus vivencias se encaucen a través de la palabra viva. Y en López-Picó se resu­me en la expresión.

El poeta parte de una idea—al revés de Carner, que generalmente parte de una palabra, un verso y se deja llevar por su regio don —, de una idea que cree poética y al comunicarle una carga de pasión la hace llameante, surgiendo en­tonces la «pasión metafísica» que Unamuno atribuye a Maragall. El gran combate de la poesía lopezpiconiana consiste en intentar fundir tres elementos: idea, pasión y ex­presión. Para López-Picó escribir versos es una ética; ha hecho de su poesía una forma de vida y una vocación. De aquí que cual­quier juicio sobre su obra no podrá des­conocer esta pura y admirable actitud in­telectual.

A. Manent

Los de López-Picó son versos hechos por un deber sagrado, ineludible, pero’ con la frialdad relativa con que se cumple un deber. (Carles Riba)