Poesías, Gabriel García Tassara

Poeta román­tico, Gabriel García Tassara (1817-1875), aun a pesar de haberse formado en la es­cuela sevillana, ciudad de la que era oriun­do, y de dejar escuchar a veces en sus ver­sos el patriótico acento del divino Herrera, por el tono general de su poesía se apro­xima a los sentimientos castellanos y hace gala de una mayor sobriedad no desprovista sin embargo de sonoros acentos retóricos.

La «Leyendo a Horacio», poema de juven­tud, ilustra su primera época todavía liga­da, como se dijo, a las tendencias andalu­zas. Por sus características especiales, Gar­cía Tassara es una personalidad definida y solitaria, y en algunos instantes sus poemas recuerdan a Espronceda (sirva de ejemplo «A Laura») y un encendido lirismo imprime entonces a la poesía – el sello de la verda­dera inspiración. Es en ocasiones el hombre desengañado, al bordé de la desesperación, que contempla el mundo con semblante sombrío, y su actitud concentrada se manifiesta en esos momentos extrañamente: «Mi dolor embellece mi idealismo».

Su pesi­mismo revela al pensador que, con aguda sensibilidad, capta la realidad circundante, tamizando las sensaciones con personal cri­terio, y sus temas preferidos, políticos o filosóficos, afloran entonces en su obra, siempre adornados de los más delicados pensamientos y portadores de un hálito de esperanza que suaviza el tono gris y triste de muchos de sus versos; se diría que el paisaje castellano dejó en ellos la huella profunda de su desolación y de su cielo azul e inmenso. Cierto énfasis grandilo­cuente de que adolecen sus composiciones, no llega a empañar el tono vigoroso y po­tente de la mayoría de ellas, y así el poeta sienta plaza en la literatura española como uno de los mejores de su época.

El «Himno al Mesías» es una de sus piezas más carac­terísticas y de las que mejor resumen el carácter de este autor: «Toda la historia humana/¡Señor!, está en tu nombre;/Tú fuiste Dios del hombre;/Dios de la humanidad./Tu sangre soberana/Es su Calvario eterno :/Tu triunfo del infierno/Es su inmor­talidad».

A. Pacheco