Poesías, Dámaso Alonso

La obra del escritor español Dámaso Alonso (n. 1898) ha sido publicada bajo los siguientes títu­los: Poemas puros. Poemillas de la ciudad (Madrid, 1921); Oscura noticia (Madrid, 1944; recoge poemas publicados, desde 1925, en diferentes revistas: «Sí», «Litoral», «La Verdad», etc.); Hijos de la ira (Madrid, 1944; 2.a ed. ampliada, Buenos Aires, 1946); Hombre y Dios (Madrid, 1955); Antología: creación (Madrid, 1956; selección y prólogo de Vicente Gaos); Gozos de la vista (inédi­to; sólo se han publicado algunos poemas aisladamente).

Podemos distinguir, en la poesía de Dámaso Alonso, dos épocas bien definidas, que traducen una actitud opuesta ante el fenómeno poético. Como la mayoría de los autores de su generación, Dámaso Alonso se inició en poesía bajo la influen­cia de Juan Ramón Jiménez. Selecciona cuidadosamente el material poético, busca el momento lírico «puro» (de ahí el título de su primer libro), vigila la arquitectura y la música del poema, evita nexos conjun­tivos y formas verbales, que sustituye por signos de puntuación, y se sirve de frases explicativas intercaladas. «Su lírica es, para nosotros — escribía Ángel Valbuena Prat en 1930 —, la efusión armonizadora de lo arqui­tectónico y lo musical, de la línea y la pasión. Serenamente, sin esfuerzo ni vio­lencia, se realiza esta síntesis.

Perfección sin excesivo pulimento. Mesura, contención, sin ahogamiento de entusiasmo pasional. Podemos advertir, además, en los poemas de este primer período, estilizados y tem­blorosos, el sentido de lo irónico y grotesco propios de la época, una vaguedad muy modernista, un cansancio inconcreto y un dilettantismo tornadizo, muy próximo al «Adelfos» de Manuel Machado (v. Poesías): «Mi alma está de alivio/luto, y tiene una gracia interesante/mientras el aire tibio/la empuja, sin timón, hacia adelante./Y bien vale la pena/de dejarse llevar así, al azar… /Que toda playa es buena/ y, no tengo interés en navegar». Pero en su madurez, Dámaso Alonso desgarra, de un zarpazo, este mundo «puro», sin auténtica dimensión cordial, reducido a su propia jerarquía e intención. El poeta ha dejado de ser un artífice para convertirse en un hombre: un hombre angustiado, trágicamente atormen­tado, que busca el apoyo de una fe y se enfrenta, violentamente, con la miseria de su existir a ciegas y la hostilidad brutal del mundo.

Entonces surge el gran poeta de Hijos de la ira. «La poesía de Hijos de la ira — ha escrito Antonio Vilano va — es un denso océano de sangre colérica, un estallido rugiente de pasión que se amansa y se embravece, fluye y se remansa en ver­sos amplios y majestuosos, desgarrados por el temblor doliente del amor y el odio. Es una iluminación repentina que brota de los más oscuros cauces del espíritu im­pregnada de un hálito tristísimo de angus­tia y melancolía».

El poema — totalmente «impuro», por el impulso confesional que lo provoca — adquiere un contenido que le trasciende. El título de uno de sus últimos libros nos ha de dar la fórmula que defi­na su problemática: Hombre y Dios, más exactamente: el hombre llamado Dámaso Alonso en una situación espiritual límite. Dios y la podredumbre del hombre, la oración y el arrepentimiento desesperado, la miseria y la soledad, el terror y la muerte, el hastío y la angustia, son las coorde­nadas que sitúan, inicialmente, los poemas de la segunda época. Este mundo nos es dado, no podía ser de otra manera, en «bruto».

Nos encontramos ante una poesía funcio­nal, de tipo ‘discursivo, no sometida a nin­gún proceso de depuración. El verso, mejor, el versículo, no es válido como instrumento de lirismo, sino como instrumento de pa­sión y arrebato. Pero ello no quiere decir que el poeta no recurra a técnicas propias de la retórica tradicional, como ha puesto de relieve Carlos Bousoño al señalar, en los poemas de forma más libre, el uso de la correlación. Por otra parte, no olvidemos que una de sus formas predilectas es el soneto. Si en el primer período de su obra, hemos visto que las influencias caían del lado de Juan Ramón Jiménez, las que do­minan en este segundo período provienen de los Salmos, el surrealismo y la actitud espiritual del existencialismo.

Las imágenes y metáforas que, en un principio, se apoya­ban en elementos previamente «selecciona­dos» y de sabor intelectual («Por un Sahara de nieblas,/caravana de la noche,/el viento dice a la noche/tu secreto»), en estos nuevos poemas lo hacen en elementos de un realismo primario e hiriente que adquiere categoría poética al margen de la tradición: «…ahora que subirás al Padre,/silencioso y veloz como el alcohol bermejo en los ter­mómetros». La lengua, de una expresividad extraordinaria, es una mezcla de formas cultas, otras propias de la conversación y el habla más directa y vulgar.

J. Molas